Facebook al abordaje: manos arriba…

   Siempre sospeche que algún día comenzarían a pasar cosas así. Que una vez todos enganchados al Messenger, a Yahoo o a Windows Live recibiríamos un día un mensaje diciendo que el servicio dejaba de ser gratuito, y que por tal o cual sistema de pronto habría que empezar a pagar por él. Y sabía que no era ninguna ida de olla extraña de mi creciente paranoia porque a menudo oía en tertulias y conferencias, o leía en artículos especializados, que tal o cual asociación de empresas de servicios de internet estudiaba empezar a cobrar por volumen de correo o por espacio usado, como cuando adquieres un dominio y alojamiento propios. Es decir, además de por el ancho de banda y la conexión, como hasta ahora, temía que empezaran a cobrarnos también por el uso propiamente dicho de internet…

   Pero no, han sido más sutiles (es un decir), como se puede leer en , una vez mas, aquí.

   A raíz de esto he cursado a mis contactos en Facebook, mediante el propio sistema de mensajes, el siguiente aviso:

   Hola a todos.

   Una vez leído el enlace de Sergio y vistos los cambios en las condiciones de uso de Facebook por los que se apodera de los derechos de todo lo que se coloque en su red social, he decidido sacar los enlaces de mi blog que aparecían en mi perfil y limitar al máximo mis aportaciones a su Red.

   Algunos de vosotros habéis subido a Facebook -o hubierais podido hacerlo en el futuro- fotos mías o fotos en las que yo estaba incluido. Agradecería que fueran borradas, o en su defecto -si esto ocasionara algún engorro por aparecer en ellas otras personas-, que aquellas en las que yo salga sean modificadas antes de subirlas para suprimir mi imagen. Si alguien tuviera algún problema al respecto agradecería que se pusiera en contacto conmigo, y en caso de que las fotos no pudieran ser retiradas que al menos no se me etiquetara sin ser consultado.

   Evidentemente no se trata de que yo mismo me considere importante o del uso comercial que pueda tener mi imagen o imágenes, sino de una cuestión de derechos tomados al asalto y por las bravas. Probablemente mi imagen y mis palabras no valgan más que un pimiento, pero el pimiento es mío.

   Podéis difundir o repetir este mensaje, si os apetece, cuando y dónde consideréis necesario. Muchas gracias.

   Y así están las cosas. No dudo que tendrán copia de seguridad de todo lo ya insertado, añadido o subido a su sistema, y por tanto que posean ya una inmensa cantidad de textos y fotos nuestros que consideran, sin medias tintas, suyos. Solo puedo decir que pocas veces había contemplado una maniobra de codicia tan torpe y hambrienta como esta. Como decía Norman Mailer, el capitalismo carece hasta tal punto de sentido de la medida que, si se le dejara, terminaría devorándose a sí mismo.

   Vuestro, afectuosamente 

El Invierno del Ronin.

   Corría el año 1701, y los señores Tokugawa gobernaban un Japón adormecido, puño de acero envuelto en seda, cuando el Emperador envió a tres de sus embajadores para presentar los saludos del Año Nuevo.
   La etiqueta exigía ceremonias elaboradas y rituales exquisitos. El shogún Tokugawa Tsunayoshi encargó a uno de sus daimyo, el noble Asano Takumi No Kami Naganori, que se hiciera cargo de las ceremonias. Este sabía que el honor concedido era enorme, pero también conocía sus propias limitaciones, pues procedía de la pequeña ciudad de Ako, y no estaba familiarizado con las normas cortesanas de Edo. Un alto funcionario de la corte, Kira Kozukenosuke Yoshinaka, debía ayudarle en sus obligaciones. Sin embargo Kira era un hombre materialista, que había ascendido en la escala social mediante el soborno y el mercadeo, y que consideraba el dinero el origen y el fin de todas las cosas. El funcionario esperaba que Asano le recompensara económicamente por hacer su trabajo, mientras que el noble de Ako, de una ancestral familia samurai, creía que Kira debía cumplir con sus obligaciones sencillamente porque ése era su deber.
   El noble Asano envió a Kira los regalos que la cortesía dictaba en gratitud por su ayuda, pero Kira Yoshinaka consideró los presentes escasos e indignos de su persona, aunque no dijo nada. Por el contrario, fingió estar dispuesto a prestar toda su ayuda a Asano, aunque en realidad le ignoraba cuando le convenía y otras veces le aconsejaba todo lo contrario de lo adecuado para cada ocasión. Así, le indicaba que debía acudir vestido de corto a las ceremonias de rigurosa etiqueta, o por el contrario, aparecer con elaborada vestimenta en encuentros informales. Finalmente, en la ceremonia de despedida, Asano se vio profundamente abochornado al colocarse, por consejo de Kira, en un lugar impropio, siendo corregido en público.
   La paciencia de Asano había llegado a su fin. En plena corte del shogún, Asano respondió al último insulto -una insinuación de Kira hacia su esposa- abriéndole un corte en la frente con su wakizashi. Antes de que pudiera matarle, los presentes lo inmovilizaron y lo sacaron de los salones públicos, evitando que sus hombres pudieran ayudarle. Asano quedó así a merced de la justicia de Tokugawa.

   Y el shogún estaba furioso. Sólo ya esgrimir un arma en la corte constituía una grave ofensa. Atentar contra la vida de otro en su presencia era impensable. El noble Asano no intentó defenderse en la investigación oficial, y el shogún dictó una condena de muerte, ordenándole que realizara la ceremonia del seppuku.
   Asano afirmó no guardar rencor alguno por lo que consideraba una sentencia justa, pero lamentó profundamente no haber matado a Kira. Cuando un samurai de su escolta acudió a recoger su mensaje final, Asano le dijo “Oishi sabrá qué hacer”. Luego escribió su poema de despedida y se suicidó ritualmente.

   Entre los hombres que servían al noble Asano se encontraba Oishi Kuranosuke Yoshio, un samurai que comandaba a sus hombres y vivía según los estrictos principios de honor, lealtad y pureza del antiguo Bushido, invocados después del periodo de las Guerras Civiles por el influyente pensador Yamaga Soko.
   Cuando los hombres de Asano se reunieron en el castillo de Ako para decidir qué hacer, las opiniones estaban divididas. Muchos de ellos pretendían defender el castillo contra las tropas del shogún y seguir a su señor en la muerte en una última batalla. Otros lo daban ya todo por perdido, y se habían resignado a convertirse en ronin, samurais sin señor y sin trabajo. Oishi recomendó calma. Muerto su señor, debían intentar proteger al menos los intereses de su viuda y de su hija pequeña. Los convocó a todos nuevamente en el castillo el día siguiente para redactar una apelación que enviarían al shogún.
   De los 300 samurais del señor Asano solo 62 acudieron al día siguiente. Entonces Oishi expuso su plan. Les propuso formular un juramento secreto, defender los intereses de la familia Asano y hacer todo lo necesario para lograr vengar a su señor. Entre tanto, entregarían las propiedades sin lucha y se dispersarían, disimulando sus intenciones. Y los 62 samurais presentes aceptaron el juramento.
   El honor de un hombre es en el honor de su familia y de su clan. La justicia del shogún debía constituir un ejemplo y una advertencia para todos. El hermano de Asano, Daigaku, fue puesto bajo arresto, y las propiedades de la familia en Ako fueron confiscadas. Su esposa permanecería en el exilio. Su hija pequeña fue escondida por Oishi en la mansión de una familia de nobles, donde estaría a salvo. Y así los hombres juramentados abandonaron sus hogares, y, de acuerdo con su plan, se dispersaron.

   El shogún no podía consentir que su sentencia quedara en entredicho. Si alguien lograba vengar la muerte de Asano matando a Kira, su autoridad se vería comprometida, y con ella su capacidad de mantener a los belicosos daimyo a raya. Para impedirlo ordenó a uno de los más poderosos clanes, los Uesugi, que protegiera a Kira Yoshinaka con los medios que fueran necesarios. Al mismo tiempo, intrincadas redes de espias e infiltrados comenzaron a seguir a los hombres de Asano, particularmente a Oishi Yoshio, para ganarse su confianza, descubrir sus verdaderas intenciones y prevenir cualquier ataque vengativo.
   Durante dos años, los ronin fingieron llevar vidas deshonrosas, entregados a las mujeres y a la bebida. Otros se empeñaron en trabajos de baja estima, como si la miseria los hubiera abatido hasta hacerles olvidar su condición. Uno de ellos incluso llegó a casarse con la hija del constructor de la casa de Kira Yoshinaka para tener acceso a su distribución y otros detalles. Y lentamente, entre trabajo y trabajo, se fueron acercando a Edo, donde residía su enemigo.
   El propio Oishi, férreamente vigilado, se convirtió en un ejemplo de decadencia y sordidez. Le entregó a su esposa una carta de separación para mantenerla a salvo, la mandó lejos con sus hijos y adquirió una joven y bella concubina. Pasaba su tiempo entre borracheras y fiestas, y en una ocasión cayó dormido en la calle, tan bebido que un samurai de Sutsima que pasaba por allí le pateó la cara con desprecio. Y sin embargo, en secreto, los ronin se habían fabricado armaduras nuevas, como símbolo de pureza y para demostrar que iban al combate por lealtad y no por necesidad.
   Los espías se cansaron, los rumores se convirtieron en certezas. Incluso algunos de los ronin juramentados llegaron a creer las historias de deshonor y vergüenza, y abandonaron toda lealtad al juramento.

   Pero 47 de los samurais del noble Asano no habían olvidado. Llegó el invierno, más intenso y más madrugador que nunca, cuando aún no habían transcurrido dos años desde el la visita de los embajadores imperiales. Los campos se cubrieron de nieve. El hielo llenó los tejados, la tormenta de copos blancos cegó a los guardianes. Y el catorce de diciembre del año 1702, vestidos con sus nuevas armaduras y resueltos a cumplir con su señor, los hombres de Oishi Yoshio asaltaron la fortaleza en la que se protegía el antiguo enemigo, derrotaron a sus guardianes, llegaron al corazón del castillo y sacaron a Kira Yoshinaka de su escondite para ofrecerle la posibilidad de que pusiera fin a su vida con un último acto honorable, suicidándose.
   Kira no respondió y blandió sus armas, pero el cortesano no era rival para un samurai experimentado. Oishi le cortó la cabeza con la misma arma que su señor había utilizado en su seppuku. Luego, envolviéndola en un paño blanco, con un mensaje que reclamaba la autoría de su muerte, depositó la cabeza de su enemigo sobre la tumba de Asano en Sengakuji.

   Uno de los ronin partió como emisario para comunicar lo ocurrido al shogún. Otro llevó la noticia a Ako. La viuda de Asano y su hermano Daigaku también fueron informados. A los emisarios se les permitió volver junto a sus compañeros, que aguardaban su destino velando la tumba de su señor. Cuando las tropas enviadas por el shogún llegaron para detenerlos, los ronin se entregaron sin lucha.
   Un clamor popular de emocionado orgullo recorrió Japón. Toda la nación se manifestó a su favor, y la historia comenzó a adquirir tintes de leyenda. Sin embargo, tanto los ronin como el señor Tokugawa sabían que sólo había una salida posible. Sin embargo, esta podía ser honorable.
   Los ronin fueron condenados a muerte, pero en lugar de ser ejecutados como criminales se les permitió realizar un seppuku con todos los honores. Habían sido distribuidos en grupos de cuatro entre los señoríos de Japón, y a medida que iban completando sus ceremonias volvían a unirse en la muerte para descansar en un último lugar: el mismo templo donde aún hoy yacen juntos, escoltando a su señor.
   Con el tiempo, la historia de los 47 samurais fue recogida en obras de teatro y novelas. Cuando el viejo Japón entró en la Era Meiji y abordó la industrialización y la modernidad, el afán de conservar su identidad y sus orígenes hizo que la gente se volviera hacia las viejas historias, y pocas eran tan reverenciadas como la suya. Aún hoy los japoneses depositan flores en el templo de Sengakuji. Allí, una estatua de Oishi y los nombres de los 47 guerreros ronin recuerdan al visitante que la vida del hombre, como un cerezo, florece para marchitarse.
   Pero no dejes que eso te entristezca. Pues el honor, como la memoria, permanece.

   Recibí esta historia siendo aún un adolescente, en esa frontera de edad indeterminada en la que el niño es aún impresionable y el joven es tan engreído como inconsciente. Ignoro si su efecto dejó alguna huella definida en mí. Sólo sé que me ha gustado contarla.

   Vuestro, afectuosamente.

Cosas Vikingas

   Últimamente he estado un poco liado (siempre que toca temporada de impuestos alcanzo una clara y súbita comprensión de por qué demonios cayó el Imperio Romano) pero no puedo dejar pasar más tiempo sin comentar –y mostrar orgulloso- mi último regalo del Amigo Invisible, recibido el cinco de enero de este año en una nueva edición de lo que ya es un acto clásico entre la gente de Avalon.

   Como se puede ver, es una figura de un guerrero nórdico, probablemente danés, caminando sobre un suelo de escarcha hacia ninguna parte en compañía de su perro.
   Hay algo triste, otoñal en la figura. Me gusta. Aprecio, además,  el cuidado de los detalles –el scramasax de empuñadura de cuerno que lleva al cinto, los motivos dorados que adornan el hacha al final del mango, los pantalones ceñidos con correas para el combate…- y hasta me emociona la casualidad de que tengo, precisamente, dos hachas como esa.

   Pero, sobre todo, agradezco el regalo auténtico: el tiempo. Y es que regalar no es, o no debería de ser, tanto un acto económico como un acto de aprecio, algo que te hace recorrer tiendas y bazares, devanarte los sesos y dudar hasta encontrar esa cosa adecuada para quien esté destinada. O, en este caso, tomar tú mismo los pinceles y pasarte un buen montón de horas que nadie te devolverá jamás pintando una figura hasta dejar una parte de ti en ella.

   Qué menos, pues, que mostrarla aquí.

   Vuestro, afectuosamente

   Postdata: conste que no me quejo, pero sigo preguntándome qué impulsa a la gente a regalarme cosas medievales, preferentemente vikingas…

El día de la Mujer de Alabama.

    Hoy, supongo, habrá una gran fiesta en Washington. Una de esas fiestas a las que se supone “asiste todo el mundo”, y en la que, sin embargo, habrá una ausencia. Alguien no podrá asistir por poco. Exactamente por tres años, dos meses y veintisiete días. Los que median entra la muerte de una mujer llamada Rosa Parks y la proclamación de Barack Hussein Obama como cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América.
   La verdad, sin embargo, es que sufría demencia senil desde 2002, y probablemente no se hubiera enterado. Lo cual habría sido una lástima, pues pocas personas vivas o en el mundo habrían detentado jamás de un modo tan claro el derecho a estar presentes en una ceremonia como la de hoy.

   Rosa Parks se ganó ese derecho el 1 de diciembre de 1955 al subir al autobús -concebido según las leyes John Crow de segregación- que la llevaba de vuelta a casa desde su trabajo en Montgomery, Alabama. Según esas leyes, Rosa debía subir al vehículo por la puerta delantera para pagar su billete al conductor, volver a bajar para no pasar por el pasillo de la parte delantera (reservada a los blancos), entrar por la puerta de atrás y sentarse en los asientos reservados a la gente de color. Las cuatro primeras filas de asientos estaban destinadas a los viajeros blancos, y las diez últimas a los usuarios negros que, curiosamente, eran quienes sostenían con su uso masivo el transporte público. Los asientos intermedios podían ser ocupados por los negros si ningún blanco los ocupaba, pero debían ser cedidos por sus ocupantes -toda la línea- si un solo viajero blanco deseaba sentarse. Rosa estaba en esa simbólica frontera de la segregación cuando el conductor pidió a los ocupantes de su alineación que se levantaran para cederla a un único viajero blanco que ni siquiera lo había pedido.
   Según escribió más tarde en un libro que contaba su vida, aquél día había dejado pasar un autobús anterior porque estaba demasiado lleno. Tenía 42 años, y en sus palabras, no estaba demasiado cansada.
   Solo estaba cansada de ceder.
   Cuando el conductor amenazó con hacerla detener, Rosa le dio una respuesta extraña: “¿Por qué todos ustedes están empujándonos por todos lados?”. El conductor probablemente no supo qué decir a eso, y decidió llamar a la policía.

    Por supuesto, ninguno de ellos –Rosa, el conductor, el pasajero blanco que no había dicho nada, la propia policia- era consciente de lo que se estaba iniciando. Y sin embargo, estaba en marcha desde el mismo instante en que algo estalló en el interior de la mujer y dijo “no”. Rosa pasó la noche en el calabozo y pagó una multa de catorce dólares para volver a casa. Un joven pastor bautista de Alabama llamado Martin Luther King inició entonces una serie de actos y protestas, convocando reuniones y comités y extendiendo la indignación a toda la nación. Los negros dejaron de utilizar los autobuses públicos durante más de un año, llevando a la compañía a la bancarrota. Y cuando el Caso Parks llegó al Tribunal Supremo de los Estados Unidos, el principio establecido en una antigua Declaración, más antigua que la propia nación (un texto escrito por el dueño de una plantación de esclavos de Virginia) hizo que el Tribunal se pronunciara en la única dirección posible, estableciendo claramente la inconstitucionalidad de la segregación, y haciendo que el gobierno la prohibiera en todos los lugares públicos de la nación. Y ya nada pudo detener el proceso que, en cierto modo, culmina hoy.

    ¿Y a que viene todo esto, se preguntará alguno?
   Aunque nunca he compartido ese sentimiento de antiamericanismo militante que tan popular se hizo en los setenta y que aún hoy resulta imprescindible para que te den el carnet de Auténtico Progre Presentable en Sociedad (APPS), los norteamericanos a menudo me crispan, lo reconozco. Tienen un montón de cosas que me sacan de quicio, algunas de las cuales son en buena medida fruto de su propio empeño en ser como son, y otras que nacen, me temo, como consecuencia de aquellos rasgos de su carácter que también los constituyen en sus virtudes.
   Por otra parte, supongo que a menudo los contemplo, como muchos de los europeos que se consideran poseedores de cierta culturilla, con una mal disimulada suficiencia, con esa extraña condescendencia que otorga ser y saberse parte de un algo más reposado y antiguo, como si el hecho de pertenecer a una nación de más de 500 años de historia proporcionara automáticamente a sus habitantes la clase y distinción que la realidad nos niega en cuanto nos damos una vuelta por un centro comercial o encendemos la televisión. Y supongo que aún así sigo convencido de que somos distintos, un poco más sofisticados, un poco más pacientes, con un poco más de estilo, menos prepotentes y un tanto más concienciados. Un poquito más cerca, sólo un poquito, de un supuesto punto de equilibrio social deseable al que aspiran los pueblos civilizados.
   Y si lo pensamos, hasta es posible que alguna vez hayamos hablado en público -y nos hayamos comportado- como si de verdad pudiéramos mirar a toda una nación -un nación enorme en todos los sentidos- un poquito por encima del hombro.
   Pero hoy no. Hoy creo que no.
   Hoy, 233 años después de que el hombre de Monticello que tenía una esclava negra llamada Sally Hemmings escribiera “que todos los hombres son creados iguales, y que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables”; 144 años después de la Decimotercera Enmienda; 54 años después de que Rosa Parks se negara a levantarse de su asiento en el autobús… las cosas han cambiado un poco.

   Hoy, la verdad, no me siento con narices para mirar por encima del hombro a un país que hace apenas ocho años era atacada en su corazón por hombres procedentes de una cultura y una religión características y fácilmente identificables, y que sin embargo es capaz de elegir como su presidente a un hombre que se llama Barack Hussein. Para ser una nación supuestamente llena de prejuicios, no puedo por menos que admirar su capacidad de ver más allá y desprenderse de ellos en extraños instantes de grandeza. Son la misma nación protagonista de las abominaciones de Abu Ghraib y Guantánamo, me recuerdo a mí mismo. Y de la más feroz oposición a ambas monstruosidades, me digo a continuación. Y entonces me asombran aún más.
   Porque tengo que confesar que, muy a mi pesar (y probablemente muchos APPS habrán pensado lo mismo alguna vez, aunque se hayan guardado muy mucho de decirlo) a veces me alucinan. Sobre todo cuando te plantan delante de la cara, de un modo casi ofensivo, la evidencia de que su viejo ideario, ése que dice que la vida allí no será fácil, ni justa, ni cómoda, ni segura, pero que tendrás una oportunidad, se cumple de forma tan evidente.

    De modo que así están las cosas. Puede que algún día veamos a un gitano en la Moncloa o al hijo de un inmigrante argelino en el Elíseo, pero de momento me parece difícil. Entre tanto, me temo, tendremos que buscarnos otra excusa más convincente para considerarnos estupendos, y hallar en alguna parte el consuelo que nos permita pasar cuanto antes esta amarga pildorilla de humildad.
   Pero que nadie se preocupe. Somos demasiado europeos para que el efecto nos dure mucho.

   Vuestro, afectuosamente.

Y con ustedes, Charles Dickens.

   “He intentado en este librito fantasmal, levantar una idea fantasmal, que no les quitará a los lectores de su estado mental, del trato el uno con el otro o de las fiestas navideñas…” escribía Charles Dickens en diciembre de 1843 como preámbulo a su A Christmas Carol, a veces traducido como Cuento de Navidad y otras como Canción de Navidad al castellano.

 

   Tengo que reconocer que, de un modo casi automático, todos los años por estas fechas le echo un vistazo al relato, y casi siempre acabo leyéndolo entero de nuevo, a pesar de que la historia ha sido llevada al cine, a la televisión, al cómic e incluso reescrita tantas veces (recomiendo la versión “políticamente correcta” de James Finn Garner) que dudo que haya nadie, aún entre aquellos que en su vida hayan oído hablar de un tal Charles Dickens, que no la conozcan. La historia de los tres espíritus, precedidos del espectro de su socio, que se le aparecen al viejo Scrooge y acaban por hacerle recapacitar acerca de su vida miserable se ha incorporado, como tantas otras, al imaginario popular de la cultura occidental, y probablemente también al de unas cuantas buenas antiguas culturas ajenas debidamente colonizadas. ¿Por qué? No tengo ni idea en el caso de los demás habitantes del planeta, pero sí puedo, humildemente, intentar desentrañar por qué yo mismo vuelvo, cada Navidad, a perderme gustoso en los avatares de Scrooge.

   Para empezar, creo que en buena medida lo hago como pequeña revancha, ya que el texto es al fin y al cabo un buen ejemplo de literatura fantástica. No creo que pueda definirse como una historia aterradora -aunque algunas de las imágenes que evoca sin duda pudieron poner los pelos de punta a algún lector de su tiempo- pero desde luego el elemento fantástico es fundamental, con aparecidos pululando por casas oscuras y silenciosas, espíritus llevándose al pobre Scrooge entre vientos helados para atisbar por las ventanas las vidas de otros seres más felices, visiones de los tiempos pasados y futuros…
   De modo que tal vez sea éste detalle -el hecho de que el elemento fantástico sea predominante y natural en una de las obras literarias más conocidas de todos los tiempos, creada por la mano de uno de los grandes autores de la literatura universal- lo que provoca en mí una sonrisa de satisfacción. Satisfacción retorcida y espíritu vengativo hacia esa corriente de pensamiento realista, tan despectiva con el fantástico, que ha dominado y domina hoy todavía a la literatura española, y que la ha convertido en un banco de tres patas. Y así, mientras en nuestro país crítica y entendidos contemplan con desprecio o como un “ejercicio menor” cualquier intento de aproximación al fantástico por parte de autores pasados o presentes, la literatura de nuestros vecinos, y sobre todo la anglosajona, sigue recurriendo a su rica tradición fantástica en busca de ideas y argumentos con los que construir nuevas obras, y también adaptando a otros medios las antiguas basadas en sus cuentos y leyendas.
   Sospecho que ésta es, más allá de problemas industriales, de marketing o de potencia cultural aplicada a los medios, una de las razones por las que su  cultura se impone a nivel de masas sin grandes problemas en países en los que la cultura popular no encuentra reflejadas esas mismas raíces fantásticas o míticas –que posee, pero que sus directores y  escritores ignoran sistemáticamente con cierto desdén- alejando a la gente de sus obras. Y si esto ha venido ocurriendo sistemáticamente en la literatura, el fenómeno es ya imparable y mayoritario cuando acudimos al cine, a la televisión, al cómic o a la cada vez más poderosa y sorprendente Red de Redes. Dicho lo cual, y si tenemos en cuenta que los gustos adquiridos en la infancia suelen acompañarnos durante toda nuestra vida, y que es mucho más lógico que a un niño le resulten más interesantes las aventuras de Merlín el Mago o Peter Pan que los avatares marujiles de una película de Almodovar, a nadie debería extrañarle que ese público, una vez adulto, rechace el hiperrealismo mal contado de nuestra literatura y nuestro cine “de calidad” -que aburre a las piedras- y busque en estanterías y salas, bajo nombres extranjeros, lo que su propia tradición cultural es incapaz de ofrecerle al haber sido mutilada a hace siglos por sus propios intelectuales (la otra opción es entregarse en cuerpo y alma a las viviencias de Chonis y Churris en Aída y a algunas, pocas excepciones interesantes de nuestro cine costumbrista de toda la vida).
   Y esto, que me viene a la cabeza el resto del año cada vez que leo la Iliada o Hamlet, me lo recuerda en Navidad el cuento de Dickens.

 

   En segundo lugar, hay en la novelita de Dickens un montón de complejidades sociales, históricas y hasta climatológicas detrás de la historia que resultan sumamente interesantes, y que han acabado por colarse en nuestra memoria y nuestros gustos sin que nunca hayan sido debidamente explicadas. Por ejemplo, la imagen de unas Navidades Blancas, de frío extremo, que a pesar de ser reiteradamente mostradas en cine y televisión como una realidad universal e indiscutible, pocas veces tiene que ver con la realidad. Son una convención estética que en buena medida debemos a Dickens y a las representaciones y adaptaciones visuales de su relato que nos han acompañado desde entonces puntualmente en estas fechas.
   La explicación es sencilla. Dickens firma su prefacio en 1843, durante los últimos coletazos de lo que los meteorólogos llaman la Pequeña Edad Glaciar, un paréntesis de temperaturas extremadamente bajas que se inició en 1350 y duró hasta finales del siglo XIX. Esta perturbación climática probablemente acabó -por ejemplo- con las colonias escandinavas de Groenlandia, y tuvo algunos otros efectos importantes en la historia. Lo cierto es que modificó las costumbres y hábitos de poblaciones enteras -para los londinenses era habitual en los siglos XVI y XVII patinar en el Támesis helado- e hizo de los inviernos un trago verdaderamente crudo para los habitantes de la europa occidental de entonces.
   De modo que el frío descrito en la obra:

    “Más niebla aún y más frío. Frío agudo, penetrante, mordiente. Sí el buen San Dunstan hubiera sólo rasguñado la nariz del espíritu maligno con un tiempo como aquél, en vez de usar sus armas habituales, en verdad que el diablo habría rugido.”

   Junto con la niebla helada, la nieve y el cielo oscurecido por las nubes que sumen a Londres en la penumbra, el frío no es sólo un efecto de ambientación recurrente a lo largo del relato, sino que es al mismo tiempo la plasmación de una realidad diaria que intenta comunicar algunas cosas que, para nosotros, habitantes de la cultura de la electricidad y la calefacción central, han perdido su significado: la reconfortante sensación del fuego del hogar, la relación casi mágica entre luz y calor. Hay muchas otras imágenes de increíble fuerza en el relato, como las pesadas cadenas arrastradas por el espectro de Marley, las calles iluminadas por farolas de gas, los hogares de carbón y sus ascuas entrevistas a través de las rejillas de hierro, las chimeneas lanzando su hollín a los cielos de Londres… Uno tiene la sensación de que, con esta historia, Dickens enlaza de alguna manera la literatura gótica con nuevas imágenes y tópicos, los de la avalancha cultural de la Era Victoriana, que nos ha dejado marcados con su herencia, y cuyos iconos forman parte, desde entonces, de nuestras propias vidas.

 

   Hay, sin embargo, una tercera razón por la que considero especial la historia de Dickens. Es la razón más poderosa de todas, y probablemente también la más personal.
   Tengo un amigo que afirma categóricamente que prefiere, con mucho, al Ebenezer Scrooge del principio del relato - el Ebenizer insensible para el que todo son patrañas y paparruchas - que al llorica quejumbroso que acompaña a los espíritus en su difícil periplo.
   En cierto modo le entiendo porque a mí me pasa lo mismo. Uno de mis personajes favoritos del cine de los últimos años es el Eduardo I de “Braveheart”, un auténtico cabrón que no cree necesario tener que pedir perdón por su hijoputez intrínseca, y que acaba haciéndosele a uno simpático… siempre y cuando se le contemple en una pantalla, desde una cómoda butaca y a ocho siglos de distancia.
   Por desgracia no todo el mundo tiene la misma suerte, y es fácil confratenirzar con los cabrones cuando se los tiene lejos y convenientemente limitados a la literatura o al cine que disfrutamos en nuestro ocio. Supongo que debe ser muy distinto cuando no has tenido suerte y no has nacido en el siglo XX y formas parte de ese restringido 15% de habitantes del planeta que tiene una vida relativamente decente. Incluso aunque trabajes para una moderna y renovada versión de Scrooge, las condiciones habrán cambiado ligeramente desde el siglo XIX (insisto: siempre y cuando seas uno de los afortunados por nacimiento y no parte del 80% restante que aún siguen en las minas del Imperio Romano…).
   Hay quien opina que todo esto no es más que sentimentalismo, y que Dickens es precisamente uno de sus representantes más significativos, con sus intentos de conmover al lector y hacerle sentirse más humano “en lugar de hacer sencillamente literatura” (me pregunto, entonces, en qué coño consiste la literatura) como afirmaban Henry James o Virginia Wolf. Con el progresivo endurecimiento del modelo de pensamiento social en occidente (pues, a diferencia de los viejos victorianos, cada vez somos más blandos, cobardes, egositas y mindundis en nuestros actos, mientras nos imaginamos a nosotros mismos férreos, duros e inconmovibles en nuestros pensamientos), mucha gente ha llegado a señalar a Dickens como el representante de una cierta ñoñería social, un ideólogo ingenuo e incapaz de asimilar y aceptar que la vida es como es, que cada uno se labra su destino, que siempre hay oportunidades y la gente no sabe aprovecharlas, etc, etc. De hecho, nos hallamos al fin y al cabo en plena era de los tiburones del darwinismo social, fielmente representado por el Fraser Institute, una entidad ideológica con sede en Canadá y en los Estados Unidos que considera que el trabajo infantil en el tercer mundo es una cosa estupenda (al fin y al cabo es lo único que tienen para ofrecer, dice su director), que las ayudas sociales son un impedimento para el progreso de los más aptos y que ayudar a los demás cuando tienen dificultades no hace más que empeorar el curso natural de la evolución de las sociedades.
   Quienes sostienen estas ideas a menudo olvidan –o dejan discretamente a un lado, más bien, porque no son gente precisamente olvidadiza- que han disfrutado de ciertas ventajas en las posiciones de salida de la carrera de la vida sin las cuales tal vez no tuvieran las ideas tan claras o fueran tan radicales en sus afirmaciones. De hecho, algo me dice que si los patrocinadores del Frasier Institute, se hubieran encontrado entre los revolucionarios rusos de 1917, hambrientos y a veinte grados bajo cero en las calles de San Petersburgo, no sólo hubieran asaltado los primeros el Palacio de Invierno, sino que se habrían comido vivos a los guardias con bayoneta y todo.
   Puede que Dickens sea ñoño, no lo sé. Puede que se ganara a pulso el derecho a serlo en aquella fabrica de betún para calzado en la que ingresó siendo un niño, trabajando doce horas diarias por un miserable salario de seis chelines semanales mientras el resto de su familia vivía en la cárcel de Marshalea, donde su padre cumplía condena por impago de deudas. Y puede que se ganara el derecho a contarlo como le viniera en gana siendo un niño sin escolarizar que tuvo que adquirir su cultura -después de esas jornadas de trabajo maratonianas- en un mundo en el que una novela costaba el salario mensual completo de un trabajador de clase media y en el que casi no había bibliotecas. No esta nada mal para alguien a quien Chesterton calificó como “uno de los más grandes, si no el que más, en el dominio de la lengua inglesa”. Hay por ahí mucha gente implacable que, a pesar de sus muchas ventajas de partida, no se han acercado ni de lejos a la altura de Dickens.
   Sea como fuere, a mí me basta. Leo las vivencias de Scrooge y su noche aterradora y veo en ellas, como en casi toda la obra de Dickens, pero de un modo concentrado y claro, a dónde nos pueden llevar ciertas corrientes si nos dejamos convencer, y qué cosas deberíamos apreciar y conservar a pesar de los reiterados intentos de los sucesores de Scrooge de enfriar nuestras almas hasta congelarlas. Como afirma el segundo espíritu:

   “En esta tierra tuya hay algunos”, replicó el espíritu; “que pretenden conocernos y que cometen sus actos de pasión, orgullo, mala voluntad, odio, envidia, beatería y egoísmo en nuestro nombre; pero son tan ajenos a nosotros y nuestro género como si nunca hubieran vivido.”

   Porque el texto está lleno de frases memorables, premonitorias, aplicables de un modo casi increíble a nuestro propio tiempo y que son en realidad, un rosario de advertencias a las que no deberíamos ser sordos ni ciegos por nuestra propia conveniencia. Como -por ejemplo- que si nuestros hijos no están en las minas o en las fábricas por un salario de miseria no es porque no haya quien desearía que las cosas volvieran a ser así, como de hecho son en la mayor parte del planeta para nuestra eterna vergüenza; o que, si tenemos calefacción, sanidad, agua caliente y un poco de comodidad es sólo porque nuestros abuelos fueron capaces de arrancarla con sangre de las manos de los de siempre, que siguen ahí, pendientes de la más minima oportunidad de arrebatarnos lo poco que tenemos, enfermos de un ansia insaciable; y que los amigos, la gente que nos quiere, el trato de los seres humanos con otros seres humanos no debería ser sustituido, ni postpuesto, ni relegado a un segundo plano como si careciera de importancia, porque ese calor y esos recuerdos son lo único de valor que nos llevaremos de este mundo, si es que hemos de llevarnos algo, cuando llegue la hora.
   Pero hay un párrafo, sobre todo, que literalmente me apabulla cada Navidad, cuando releo el cuento.

   - “Espíritu”, dijo Scrooge con un interés que nunca antes había sentido, “dime si Tiny Tim vivirá.”
   - “Veo un sitio vacante”, contestó el fantasma, “en ese pobre rincón de la chimenea, y una muleta sin dueño amorosamente conservada. Si esas sombras permanecen sin cambios en el futuro, el niño morirá”.
   - “No, no”, dijo Scrooge. “¡Oh, no, amable espíritu! Dime que se salvará!”.
   - “Si esas sombras permanecen inalteradas por el futuro, ningún otro de mi especie”, replicó el fantasma, “le encontrara aquí. ¿Y qué más da? Si se tiene que morir, lo mejor es que así lo haga y disminuya el exceso de población”.
   Scrooge hundió su cabeza al oír al espíritu citar sus propias palabras, y se sintió brumado por el arrepentimiento y la pena.
   “Hombre”, dijo el fantasma, “si tienes corazón humano, no de piedra dura, olvida esa malvada jerga hasta que hayas descubierto qué es el exceso y dónde está el exceso. ¿Quién eres tú para decidir qué hombres deben morir y qué hombres deben vivir? Es posible que a los ojos del cielo tú seas menos valioso y menos merecedor de vivir que millones, como el hijo de ese pobre hombre. ¡Oh Dios, tener que escuchar al insecto en la hoja disertando sobre lo demasiado que viven sus hambrientos hermanos en el suelo!

   Cada vez que oigo a un hombre poderoso –un Botín, un Bush, un gobernador de algún importante Banco Central o algún consejero de alguna autonomía- hablar de flexibilizar las condiciones laborales, de condicionar y cortar ayudas, de “mantener los valores”, de abaratar los despidos, de privatizar para “mejorar la gestión”… ése párrafo vuelve a mi cabeza, y la imagen del insecto en la hoja se convierte en una visión tan clara, tan capaz de definir la situacióna la perfección, que tengo que llegar forzosamente a la conclusión de que ninguna de esas importantísimas y formadísimas personas ha tenido nunca libre la apenas media hora necesaria para leer y recordar la novelita de Dickens.
   Recomiendo encarecidamente a todo el mundo que no cometa el mismo error, y que deje, en palabras de su autor, “…qué el relato frecuente sus casas con alegría y que nadie lo exorcice…”

   Feliz Solsticio.

   Vuestro, afectuosamente.

 

 

   Postdata: escribí este texto, con algunos cambios, hace tres años. En su momento no fui capaz de terminarlo antes de la fecha correcta, es decir, para subirlo en Navidad.
   El año pasado Rudy se me adelantó con una entrada sobre Scrooge, y puesto que inevitablemente compartimos lectores de blog, consideré que era demasiado Dickens para un solo año, y que tendría que esperar.
   Curiosamente, los acontecimientos han puesto en su lugar, de nuevo, a la obra de Dickens.

   Por una parte, nuestros políticos nos han hecho volver a ella con la estupenda propuesta de las 65 horas semanales, idea magistral con la que los encantadores ministros de trabajo de la Unión Europea intentaban llevarnos de nuevo al siglo XIX y poner a la chusma trabajadora que les paga el sueldo donde de verdad les corresponde, es decir, en la piel del Cratchit de Canción de Navidad, que apenas se atreve a pedir a su jefe que le deje libre el día 25 de diciembre, y que calienta sus dedos helados en la llama de la vela a cuya luz trabaja sin atreverse a levantar la cabeza de sus cuentas.

   Por otra, Scrooge se ha asomado de nuevo a nuestras vidas con la recurrente crisis que ha hecho que nuestros banqueros se conviertan en pedigueños a cargo del estado, y que de pronto ha llenado la boca de empresarios y representantes de la patronal de palabras hasta hace poco malditas como “intervención del estado”, “subvención”, “vivienda protegida” y “crecimiento del sector público”, olvidando lo mucho que simpatizaban hasta agosto de este año con las ideas del Fraser Institute y el intervencionismo cero que hasta entonces defendían. Y he de decir al respecto que estos últimos meses, pensando en la cuestión, yo también he echado mucho, muchísimo de menos al Ebenizer Scrooge del principio del cuento, el Scrooge implacable, frio, individualista y defensor a ultranza de que cada uno se las arregle como pueda, y con él a todos esos viejos capitalistas manchesterianos, viejos bribones avaros, partidarios del darwinismo social y económico que,  ahora (supongo), se irían, en coherencia con sus sólidos principios, en silencio y con dignidad, a morirse de hambre en una esquina.
   Sí, añoro al Viejo Scrooge. Veo a todos estos Príncipes del Morro que se han llenado los bolsillos durante las últimas décadas lloriqueando por las esquinas y pidiendo un plan de rescate para los usuarios de jets privados y siento literalmente ganas de vomitar. Escucho a los banqueros que se están metiendo en el bolsillo los miles de millones de ayudas públicas después de décadas de crecimiento escandaloso de los beneficios mientras exigen además que no se sepa a quién y cuanto dinero se le entrega y me apetece empezar a mezclar glicerina y lejía en mi viejo Quimicefa. Siempre me habían parecido sanguijuelas despreciables, pero en comparación con ellos la de Dickens era una sanguijuela despreciable con cierta dignidad, y la transformación posterior tenía al menos una cierta justificiación moral y estética.
   La realidad, una vez más, ha superado a la literatura. Y eso que se trataba de un cuento de fantasmas…