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	<title>La Alucinación de Gylfi</title>
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	<pubDate>Thu, 28 Jan 2010 18:46:06 +0000</pubDate>
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		<title>Compartiendo Impresiones: Un Rumor de Guerra.</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Jan 2010 18:41:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Skalagrim</dc:creator>
		
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   [&#8230;] La gente no quería saber nada de la confusión que reinaba en el espíritu de los combatientes, ni oír los aullidos que les llegaban desde el corazón mismo de las tinieblas, ahí, en el vientre de la Bestia. Y los dos bandos que alimentaban el debate que existía en Estados Unidos en torno [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em></p>
<p style="text-align: center"><img src="http://skalagrim.com/Contenidos/2010/Caputo/Portada01.jpg" /></p>
<p><em>   [&#8230;] La gente no quería saber nada de la confusión que reinaba en el espíritu de los combatientes, ni oír los aullidos que les llegaban desde el corazón mismo de las tinieblas, ahí, en el vientre de la Bestia. Y los dos bandos que alimentaban el debate que existía en Estados Unidos en torno al Vietnam compartían la misma sospecha, en ocasiones incluso con un trasfondo de desdén, hacia los veteranos de guerra. Según parecía, los que luchaban en la guerra eran muchachos procedentes de los suburbios o hijos de granjeros, mecánicos o albañiles, mientras el debate se libraba entre los hijos de las élites. <strong>Resultaba evidente que la clase dominante, la que nos había metido en Vietnam, no mandaba a sus hijos e hijas allí, y de hecho, sus hijos e hijas eran precisamente los principales abanderados del movimiento antibelicista</strong>.<br />
   Cuando en 1975 cayó Saigón, muchos &#8220;halcones&#8221; tenían una visión casi caricaturesca de los veteranos de Vietnam a los que veían como rebeldes, perdedores y desgraciados drogadictos, la prototípica imagen del culpable de la derrota americana. Y también la izquierda proyectaba la misma distorsionada imagen del veterano como un ser que, en el mejor de los casos, era un pobre analfabeto cabeza hueca con un arma en las manos, y en el peor de los casos, un psicópata vestido de uniforme. [&#8230;]</em></p>
<p></em></p>
<p align="right"><em><strong>UN RUMOR DE GUERRA</strong></em><br />
<em>Nota Final</em><br />
<em>Philip Caputo</em></p>
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		<title>Conceptos, escritores y una pequeña historia.</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Dec 2009 02:26:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Skalagrim</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[   A veces escribo. Llevo haciéndolo toda la vida, de hecho. No mucho -va por temporadas, por diversas razones- pero escribo. Nunca he dejado de escribir, como me recriminan a veces en las convenciones y quedadas aquellos que son lo suficientemente veteranos -que no es lo mismo que viejos- como para recordar los fanzines y antologías donde de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>   A veces escribo. Llevo haciéndolo toda la vida, de hecho. No mucho -va por temporadas, por diversas razones- pero escribo. Nunca he dejado de escribir, como me recriminan a veces en las convenciones y quedadas aquellos que son lo suficientemente veteranos -que no es lo mismo que viejos- como para recordar los fanzines y antologías donde de vez en cuando se dejaba caer un cuento mío, o incluso algún ensayo. Nunca he dejado de escribir, repito. Probablemente no podría.</p>
<p>   No tengo, en cambio, esa fiebre -que siempre ha existido, pero que últimamente se ha convertido en obsesión, diría yo- por publicar. Siempre he pensado que las cosas llevan su tiempo, que tengo aún mucho que vivir, leer y experimentar (cuanto más de las tres cosas, mejor) y que de momento, mientras el cuerpo aguante, esas tareas ocupan eficazmente una cantidad excesiva de mi energía y de mi tiempo. Creo, además, que esa vida atesorada es indispensable para llegar a tener algo verdaderamente importante que contar, y que también ayuda a saber cómo hacerlo del modo más eficaz llegado el momento. Por supuesto, no pienso que este modo de actuar sea una verdad universal acerca de cómo llegar a la literatura, pero a mí me funciona, y me gusta lo que el tiempo y la experiencia hacen con las ideas que rondan y se empujan desde hace años en mi cabeza.</p>
<p>   Quizá por eso precisamente me pasma esa especie de obsesión compulsiva de la gente por <em>ser escritor</em>. No por <em>escribir</em>, sino por <em>ser </em>(tal vez también sería de uso adecuado aquí el término <strong>figurar</strong>). Una vez más, lo que importa, aparentemente, es <em>llegar</em>, y no cómo se llega, ni que se va a hacer cuando se esté allí. Curiosamente, sospecho que el cine y la televisión tienen buena parte de la culpa, al hacer válidos y creíbles en la mente de los espectadores modelos idealizados que la gente cree que son reales sobre la supuesta vida de los escritores. De hecho, creo que tiene mucho que ver que la obsesión por &#8220;ser escritor&#8221; haya alcanzado cotas tan altas entre generaciones que leen muy poco, y que consumen en cambio vorazmente horas y horas de cine y televisión. Ahondar en el tema sería interesante, y a lo mejor alguien lo propone como mesa redonda o tema para una charla abierta en alguna parte. </p>
<p>   Sospecho, además, que esta incomprensión &#8221;conceptual&#8221; por mi parte es en cierto modo un problema generacional. Los escritores de género de mi quinta -es un decir- se desarrollaron lenta y dificultosamente con algo parecido a lo que los romanos llamaban el <strong>cursus honorum</strong>, la carrera pública que se realizaba empezando por lo más bajo del escalafón, y a la que todo joven prometedor debía entregarse para alcanzar un día los más altos honores de la república. Este &#8220;cursus honorum&#8221; de la literatura de género pasaba por ser aceptado en los fanzines de la época -auténtico filtro de calidad al que se llegaba a través del correo postal y las largas esperas-, y una vez pasado este examen, que podía durar años (en equivalente literario apenas un puñado de cuentos, dada la periodicidad de la mayoría de ellos) se ascendían los escalones siguientes hasta alcanzar las revistas, las antologías o la excepcional publicación de alguna novela. El proceso exigía, además, un interés claro por la literatura en general -y no sólo de género, como a menudo ocurre ahora- y una adquisición de las herramientas básicas necesarias a través del conocimiento de al menos una parte del Canon de la Cultura Occidental. Todo ello implicaba, por supuesto, muchas horas de lectura, de cine, de cómic, de revistas difíciles de conseguir y de títulos de los que uno había oído hablar, y se sazonaba además a lo largo de los años con tertulias tormentosas, largas discusiones, tardes enteras buscando por las librerías (insisto, no había internet) o incluso viajando a Madrid y Barcelona en busca de nuevos libros y nuevas opiniones que a menudo era imposible encontrar en el entorno inmediato.</p>
<p>   De algún modo tengo la sensación, desde hace tiempo, de que todo ese lento proceso de filtrado y aprendizaje, de búsqueda de la &#8220;excelencia&#8221;, que diría el Señor Burns, casi ha desaparecido. Las consecuencias darían para un texto mucho más largo y una buena serie de carcajadas, pero creo que con estas pocas líneas ya he conseguido parecer lo suficientemente viejuno, taciturno y cascarrabias como para no tener que esforzarme más.</p>
<p>   Dejo, en fin, como compensación, un testimonio adecuado para ser convenientemente acuchillado por quienes se hayan indignado al leer mis anteriores líneas. Se trata de un enlace a un cuento propio que <a target="_blank" href="http://www.humoyespejos.com/2009/12/14/tres-versiones/"><strong>El resto es silencio</strong></a> ha tenido la amabilidad de publicar. El cuento es inédito. Se escribió hace algunos años, en un mundo diferente. No es un relato de género, no figuró en ninguna antología, no fué editado por ningún fanzine y tuvo el extraño destino de acabar convertido en guión de un corto rodado en asturiano. Incluso hice un pequeño papel. Como nunca he tenido intención de llegar a <em>ser escritor</em>, me alegra decir que escribirlo me procuró numerosas satisfacciones -me hizo vivir y sentir un buen montón de experiencias- y que algún día, de algún modo, el trocito de vida que le debo a esa historia formará a su vez parte de algo que escriba y que espero que sea además un poco mejor.  Y mientras tanto lo someto, amable lector, a tu inapelable juicio.</p>
<p>Vuestro, afectuosamente</p>
<p>Skalagrim.</p>
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		<title>La Sabiduría del Recuerdo: la UE, el Muro, la SGAE y Dalton Trumbo.</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Nov 2009 14:47:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Skalagrim</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[   Hace tan sólo unos días -tú también lo habrás leído en la prensa, estimado y abandonado lector- el parlamento de la Unión Europea aprobaba el marco legal que permitirá a los gobiernos que lo deseen autorizar el corte de la conexión a internet de aquellos usuarios que usen dicha conexión para enviar o recibir [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>   Hace tan sólo unos días -tú también lo habrás leído en la prensa, estimado y abandonado lector- el parlamento de la Unión Europea aprobaba el marco legal que permitirá a los gobiernos que lo deseen autorizar el corte de la conexión a internet de aquellos usuarios que usen dicha conexión para enviar o recibir “contenidos protegidos”. Sin necesidad de orden judicial, aunque “mediante procedimientos justos y equitativos” que el parlamento, por cierto, se guardó mucho de detallar.</p>
<p style="text-align: center"><img src="http://www.skalagrim.com/Contenidos/2009/Trumbo/Diasoscuros01.jpg" /></p>
<p>   Probablemente los lectores inteligentes de este blog no necesiten que yo les explique qué oscuras puertas y que aterradoras posibilidades se abren para los ciudadanos de la Unión con esta “inocente” medida. Probablemente los intelectuales y artistas -y las asociaciones que en su nombre se han atribuido la gestión de esos derechos- que hoy respaldan y aplauden con entusiasmo esa posibilidad normativa, provocada, buscada y forzada por ellos, no sean conscientes de la Caja de Pandora que han abierto, y que probablemente termine por devorarles algún día. Dudo que, al retintín del dinero cayendo en sus bolsillos, se hayan parado a pensar en las implicaciones y posibilidades de esa herramienta de censura y control que acaban de crear, y me pregunto si alguno de ellos ha oído hablar de cierta historia que comenzaba con unos derechos y un plato de lentejas (probablemente no).</p>
<p>   Casualmente, hace sólo unos días se celebraba también, siempre con el correspondiente boato y alegría, el aniversario de la Caída del Muro de Berlín. Las cosas que hemos podido oír y ver estos días han sido cuando menos curiosas. Ha habido documentales, entrevistas, tertulias y comentarios a porrillo. Se han podido oír y ver cosas hilarantes (las tertulias de <em>&#8220;expertos en todo&#8221;</em> de este país parecen un permanente Festival del Humor),  aterradoras por la ignorancia subyacente o directamente hirientes. Desde una celebración casi obscena del triunfo del capitalismo, donde se decía a las claras que ya no hacía falta mantener a los trabajadores medio contentos a causa de la <em><strong>Tentación del Este</strong></em>, hasta un lamento por la desaparición de la estabilidad que había significado la <strong>Guerra Fría</strong>.</p>
<p style="text-align: center"><img src="http://www.skalagrim.com/Contenidos/2009/Trumbo/Diasoscuros02.jpg" style="width: 499px; height: 332px" height="332" width="499" /></p>
<p>   Al parecer, que las mejoras sociales en el oeste mientras existía el <strong>Telón de Acero</strong> fueran obtenidas al precio de la desesperanza y la pérdida de libertad en la otra mitad de Europa no parecían un precio excesivamente alto para algunos comentaristas “ de izquierdas” del mundo occidental, que atribuían la desaparición de los trabajos sindicados y las mejoras salariales continuas en USA y en algunos países occidentales a la desaparición de la amenaza comunista. Casi en la misma onda, aunque esta vez desde una perspectiva de satisfacción imposible de disimular, algunos comentaristas del nuevo <em>conservadurismo duro</em> celebraban la posibilidad de acabar con tantas contemplaciones sociales y la posibilidad de volver a la senda del capitalismo manchesteriano, convertido en Vía Única e Incontestable una vez demostrada la “imposibilidad de los modelos socialistas”. La satisfacción desbocada de algunos de estos comentarios les hacía olvidar, por un  momento, la que está cayendo sobre el mundo en estos momentos, precisamente a causa de las recetas liberales sin control de las que se mostraban tan satisfechos. Que esa prosperidad se levante con mano de obra infantil y en condiciones que rozan la esclavitud extrema en algunos países de las llamadas <em>Economías Emergentes</em> tampoco parecía preocuparles demasiado. Lo cierto es que, si nunca les ha preocupado en absoluto, menos lo va a hacer precisamente cuando están de fiesta.<br />
   Y sin embargo hubo gente al otro lado de ese Telón de Acero que resistió. Si no en la calle, sí en su mente. Sí en pequeños actos. Sí en ideas transmitidas a pesar del miedo, de las perseciones, de la desconfianza y de la delación. Lo que nadie dice, lo que nadie recuerda, lo que nadie destaca, es que no fueron los ciudadanos de la parte occidental quienes lo derribaron, sino aquellos a los que el muro encerraba. Lo que nadie destaca, a pesar de que las imágenes son claras, es que hubo gente al otro lado del Muro que nunca se rindió. Y que fueron ellos quienes lo derribaron.</p>
<p>   Curiosamente, hace tan solo unas horas saltaba a los medios la polémica despertada por la supresión en Youtube del canal de la revista satírica <strong>El Jueves</strong>. Un equipo de abogados especializado en tales lides, contratado por autoproclamado aunque indefinido artista <strong>Ramoncín</strong> (pocas veces ha sido tan dignamente usado un diminutivo) se encargaba de dicha supresión. Al parecer, las plataformas de contenidos de internet son de una endeblez pasmosa, y basta con hacer un <em>¡¡Bhuu!!</em> Para que supriman de inmediato el contenido que sea, sin entrar en averiguaciones de si tal contenido merece ser suprimido o no. Es una circunstancia que vemos a diario en otros entornos, como <strong>Facebook</strong>, y que parece responden a la política del pragmatismo sin disimulos de <em>“no te comprometas, no te busques líos, no te impliques, lo que sobran son usuarios, si quieren derechos que se compren un poste…”</em>. La red se está convirtiendo, tanto en el aspecto comercial como en el del uso, en un gigantesco monumento a la expresión <em>“Es lo que hay”</em>. Vamos, que si no te gusta, te jodes.<br />
   Todo esto resulta preocupante por varias razones. Algunas tienen que ver con la naturaleza de la red, contradictoria y extraña donde las haya, en ciertos aspectos una amenaza creciente para el capitalismo clásico y en otros uno de los campos libres de normativa donde éste puede desarrollarse como en los viejos buenos tiempos de la desregulación total. Por otra parte, el intento regulativo, en lugar de luchar por frenar estos excesos que atentan contra los intereses de los ciudadanos (consumidores) y sus libertades básicas –expresión, información, asociación, etc- lo que intenta desesperadamente es asegurarles a los propietarios su dinero –y el que no es suyo- por encima de todo, aplicando la máxima de prohibir y cobrar primero y preguntar y averiguar después. <em><strong>El Artista Anterior y Justamente Llamado Ramoncín</strong></em> es uno de los representantes menos afortunados de una entidad privada que gestiona derechos a troche y moche, sean suyos o no (en Asturias está intentando cobrar a los ayuntamientos por las interpretaciones tradicionales de los pasacalles, y la SGAE anima a artistas y compositores a hacer pequeñas variaciones sobre esas composiciones tradicionales para así poder registrarlas como propias y que ella pueda cobrar derechos por la música tradicional). Para lograrlo, estos antiguos representantes de la progresía y la transgresión recurren a cualquier recurso, incluidos la intimidación y el espionaje, y los sucesivos gobiernos de este país, lejos de frenarles, han apoyado con la carga legislativa que fuera necesaria lo que no deja de ser una intervención descarada en lo público de un grupo privado que defiende los intereses de apenas un 1,5% de la población. Es de suponer que a los gobiernos tal conducta les está resultando rentable, como mínimo en cómplices silencios, y de lo que caben pocas dudas es de que a los responsables de la SGAE, antiguos artistas con una trayectoria como mínimo breve y poco lucida, también.</p>
<p style="text-align: center"><img src="http://www.skalagrim.com/Contenidos/2009/Trumbo/Diasoscuros05.jpg" /></p>
<p>   ¿Y como ha sido posible esto, en una sociedad libre y supuestamente democrática? Pues es bastante sencillo. Con dinero. Con poder. Con la capacidad de convocar a los medios y hacerte oír (esta misma mañana <strong><em>El Artista Anterior y Justamente Llamado Ramoncín</em></strong> estaba invitado en un programa de máxima audiencia de una de las grandes cadenas de televisión nacionales, recurso al que <strong>El Jueves</strong>, a pesar de ser una revista de tirada nacional, no tiene acceso para explicarse en igualdad de condiciones, por ejemplo). Y porque si eres un particular y te resistes, los abogados de la SGAE se echarán sobre ti, patrullando los juzgados y llevando a pequeños bares y comercios a gastos legales de defensa que no pueden asumir. Si eres un pequeño ayuntamiento, estarás en lo mismo. Y si eres un artista que no está de acuerdo y está empezando, o alguien que no genera grandes taquillas ni tiene una gran fama… Bueno, la SGAE ha sido dotada de la facultad legal de intervenir, por ejemplo, en la confección y legalización de las entradas en cualquier evento del país, de modo que si se te ocurre protestar, o manifestarte en contra de su política, igual te encuentras con que no puedes actuar. No puedes dar conciertos. No obtienes los permisos correspondientes. Se fijarán en ti.<br />
   Y puede que te cierren un canal en Youtube. O que te apunten en una lista.</p>
<p>   Hace algún tiempo me vi en la extraña tesitura de tener que explicarle a un grupo de gente más joven e inteligente que yo (si, ya sé, lo tanto lo primero como lo segundo son circunstancias cada vez más comunes) en qué había consistido la Guerra Fría. Empezando por la caída del Muro de Berlín tuve que retroceder hasta la crisis de Cuba, Vietnam, Corea, La II Guerra Mundial… cuando me di cuenta, estaba en el Tratado de Versalles. Supongo que me enrollo, me lio, me pierdo y me explico muy mal.<br />
   Creo que me encontraría en una tesitura muy parecida si tuviera que explicarle a alguien qué es una lista negra. Que fue la Lista Negra. Como funcionaba, a quien afectó, como modificó la vida de mucha gente, y la cultura, la historia, las costumbres y los sueños de buena parte del mundo occidental. Sus consecuencias, de hecho, se arrastran hasta hoy. Y supongo que en buena medida pueden repetirse, en menor o mayor grado.</p>
<p style="text-align: center"><img src="http://www.skalagrim.com/Contenidos/2009/Trumbo/Diasoscuros04.jpg" style="width: 499px; height: 723px" height="723" width="499" /></p>
<p>   Por suerte la casualidad acudió en mi ayuda, y hace unos días tuve ocasión de ver en Canal + un magnífico documental sobre Dalton Trumbo y la Lista Negra. Cualquier cosa que yo pudiera decir respecto al hilo de esta entrada sobre las relaciones Este-Oeste, el mundo que se fue con el Muro, la libertad de expresión y pensamiento, las maniobras de los poderes fácticos para intentar privar al hombre de esas libertades, la importancia de conocer la historia para verlos venir e impedir que esas maniobras se repitan tan fácilmente&#8230; se queda corta ante el documental, que es magnífico, y las circunstancias que en él se relatan superan con mucho la breve e imperfecta exposición que yo pudiera hacer aquí. Y está, además, lleno de textos que Trumbo escribió en esas circunstancias, tanto pequeñas piceladas de guión como sus menos conocidas Cartas, y de los que dejo un pequeño ejemplo a continuación:</p>
<p><em> </em><em>   [&#8230;] He repartido periódicos, vendido verduras, he sido dependiente, camarero, he lavado coches, he recogido fruta, he remojado cadáveres infectados, he apaleado remolacha, cargado de hielo camiones, he tendido raíles de ferrocarril, he sido reportero en periódicos, he trabajado ocho años en el turno de noche de una gran fábrica.<br />
   He mirado a muchos rostros estadounidenses. Los he visto mientras el fuego antiaéreo estallaba en torno a ellos a 9.000 pies sobre Japón, en una trinchera de Okinawa observando el cielo nocturno para ver dónde caería la próxima bomba, en una lancha de desembarco mientras avanzaban hacia una playa que se sacudía más violentamente que las aguas por las que navegaban.<br />
   He aconsejado a una prostituta en libertad provisional cómo podía escapar de un policía que la había trincado y le estaba robando la mitad de sus ganancias y la enviaba a sus amigos con tarjetas de cortesía que les daban derecho a acostarse con ella gratis.<br />
   Luis B. Meyer me ha preguntado que por qué no tengo religión, y un alto cargo del Departamento de Estado cómo es que trabajaba con “esos judios de Hollywood”.<br />
   He visto rostros estadounidenses en una iglesia congregacionista de New Hampshire, donde un colega y yo viajamos con una escolta de estudiantes. He visto sus caras en un sindicato de mineros de Duluth una noche en la que el viento que venía del lago traía la nieve de una forma tan furiosa y en tal cantidad que los coches no se podían usar. Todos fueron andando a la reunión.<br />
   He visto sus caras en el salón de banquetes de un hotel de Nueva York cuando la Asociación de Libreros Estadounidenses me dio el Premio Nacional del Libro. Y he vuelto a verlos en el jurado cuando todos decían “culpable”, mientras una de ellas lloraba al decirlo.<br />
   Los estadounidenses me han desnudado, y he desfilado desnudo con ellos, y ante ellos me he inclinado al mandarme mostrar el ano para que me registraran por si llevaba contrabando. He vivido, y he confiado en ellos, y ellos en mí, con ladrones de coches, abortistas, contrabandistas de alcohol, malversadores y rateros, Testigos de Jehová y cuáqueros.<br />
   He estado en un día gris en el cementerio de Iwo Jima de la Quinta División de Marina y he visto las tumbas de 2.198 estadounidenses. Y en el centro de las sepulturas, en un delgado mástil blanco sobre un pedestal de cemento, ondeaba la bandera de los Estados Unidos. Y juro que no era la bandera de los delatores. [&#8230;]</em></p>
<p>   Cualquier persona interesada en temas como la libertad de expresión, la dignidad personal y la capacidad de resistir a las peores presiones en tiempos oscuros encontrará este <a target="_blank" href="http://documentalesatonline.blogspot.com/2009/04/trumbo-y-la-lista-negra2007-documental.html">documental</a> -sí, es un enlace claramente perseguible- de su interés. No tiene desperdicio. Disfrutadlo. Y si es posible, si es humanamente posible resistir, y al parecer así es, no os rindais.</p>
<p>   Vuestro, afectuosamente.</p>
<p>   Skalagrim <br />
 </p>
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		<title>Facebook al abordaje: manos arriba&#8230;</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Feb 2009 02:11:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Skalagrim</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[   Siempre sospeche que algún día comenzarían a pasar cosas así. Que una vez todos enganchados al Messenger, a Yahoo o a Windows Live recibiríamos un día un mensaje diciendo que el servicio dejaba de ser gratuito, y que por tal o cual sistema de pronto habría que empezar a pagar por él. Y sabía que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>   Siempre sospeche que algún día comenzarían a pasar cosas así. Que una vez todos enganchados al Messenger, a Yahoo o a Windows Live recibiríamos un día un mensaje diciendo que el servicio dejaba de ser gratuito, y que por tal o cual sistema de pronto habría que empezar a pagar por él. Y sabía que no era ninguna ida de olla extraña de mi creciente paranoia porque a menudo oía en tertulias y conferencias, o leía en artículos especializados, que tal o cual asociación de empresas de servicios de internet estudiaba empezar a cobrar por volumen de correo o por espacio usado, como cuando adquieres un dominio y alojamiento propios. Es decir, además de por el ancho de banda y la conexión, como hasta ahora, temía que empezaran a cobrarnos <em>también</em> por el uso propiamente dicho de internet&#8230;</p>
<p>   Pero no, han sido más sutiles (es un decir), como se puede leer en , una vez mas, <a target="_blank" href="http://www.materiaoscura.com">aquí</a>.</p>
<p>   A raíz de esto he cursado a mis contactos en Facebook, mediante el propio sistema de mensajes, el siguiente aviso:</p>
<p><span style="font-style: italic" class="Apple-style-span">   Hola a todos.</span></p>
<p><span style="font-style: italic" class="Apple-style-span"></span><span style="font-style: italic" class="Apple-style-span"></span><span style="font-style: italic" class="Apple-style-span">   Una vez leído el enlace de Sergio y vistos los cambios en las condiciones de uso de Facebook por los que se apodera de los derechos de todo lo que se coloque en su red social, he decidido sacar los enlaces de mi blog que aparecían en mi perfil y limitar al máximo mis aportaciones a su Red.</span></p>
<p><span style="font-style: italic" class="Apple-style-span"></span><span style="font-style: italic" class="Apple-style-span">   Algunos de vosotros habéis subido a Facebook -o hubierais podido hacerlo en el futuro- fotos mías o fotos en las que yo estaba incluido. Agradecería que fueran borradas, o en su defecto -si esto ocasionara algún engorro por aparecer en ellas otras personas-, que aquellas en las que yo salga sean modificadas antes de subirlas para suprimir mi imagen. Si alguien tuviera algún problema al respecto agradecería que se pusiera en contacto conmigo, y en caso de que las fotos no pudieran ser retiradas que al menos no se me etiquetara sin ser consultado.</span></p>
<p><span style="font-style: italic" class="Apple-style-span"></span><span style="font-style: italic" class="Apple-style-span">   Evidentemente no se trata de que yo mismo me considere importante o del uso comercial que pueda tener mi imagen o imágenes, sino de una cuestión de derechos tomados al asalto y por las bravas. Probablemente mi imagen y mis palabras no valgan más que un pimiento, pero el pimiento es mío.</span></p>
<p><span style="font-style: italic" class="Apple-style-span"></span><span style="font-style: italic" class="Apple-style-span">   Podéis difundir o repetir este mensaje, si os apetece, cuando y dónde consideréis necesario. Muchas gracias.</span></p>
<p><span style="font-style: italic" class="Apple-style-span"></span><span style="font-style: italic" class="Apple-style-span"></span>   Y así están las cosas. No dudo que tendrán copia de seguridad de todo lo ya insertado, añadido o subido a su sistema, y por tanto que posean ya una inmensa cantidad de textos y fotos nuestros que consideran, sin medias tintas, suyos. Solo puedo decir que pocas veces había contemplado una maniobra de codicia tan torpe y hambrienta como esta. Como decía Norman Mailer, el capitalismo carece hasta tal punto de sentido de la medida que, si se le dejara, terminaría devorándose a sí mismo.</p>
<p>   Vuestro, afectuosamente </p>
]]></content:encoded>
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		<title>El Invierno del Ronin.</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Feb 2009 14:48:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Skalagrim</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[
   Corría el año 1701, y los señores Tokugawa gobernaban un Japón adormecido, puño de acero envuelto en seda, cuando el Emperador envió a tres de sus embajadores para presentar los saludos del Año Nuevo.
   La etiqueta exigía ceremonias elaboradas y rituales exquisitos. El shogún Tokugawa Tsunayoshi encargó a uno de sus daimyo, el noble Asano Takumi [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img width="500" src="http://www.skalagrim.com/Contenidos/2009/Ronin/Ronin01.jpg" height="335" style="width: 500px; height: 335px" /></p>
<p>   Corría el año 1701, y los señores <strong>Tokugawa</strong> gobernaban un Japón adormecido, puño de acero envuelto en seda, cuando el Emperador envió a tres de sus embajadores para presentar los saludos del Año Nuevo.<br />
   La etiqueta exigía ceremonias elaboradas y rituales exquisitos. El <em>shogún</em> <strong>Tokugawa Tsunayoshi</strong> encargó a uno de sus <span style="font-style: italic" class="Apple-style-span">daimyo</span>, el noble <strong>Asano Takumi No Kami Naganori</strong>, que se hiciera cargo de las ceremonias. Este sabía que el honor concedido era enorme, pero también conocía sus propias limitaciones, pues procedía de la pequeña ciudad de <strong>Ako</strong>, y no estaba familiarizado con las normas cortesanas de <strong>Edo</strong>. Un alto funcionario de la corte, <strong>Kira Kozukenosuke Yoshinaka</strong>, debía ayudarle en sus obligaciones. Sin embargo Kira era un hombre materialista, que había ascendido en la escala social mediante el soborno y el mercadeo, y que consideraba el dinero el origen y el fin de todas las cosas. El funcionario esperaba que Asano le recompensara económicamente por hacer su trabajo, mientras que el noble de Ako, de una ancestral familia <em>samurai</em>, creía que Kira debía cumplir con sus obligaciones sencillamente porque ése era su deber.<br />
   El noble Asano envió a Kira los regalos que la cortesía dictaba en gratitud por su ayuda, pero Kira Yoshinaka consideró los presentes escasos e indignos de su persona, aunque no dijo nada. Por el contrario, fingió estar dispuesto a prestar toda su ayuda a Asano, aunque en realidad le ignoraba cuando le convenía y otras veces le aconsejaba todo lo contrario de lo adecuado para cada ocasión. Así, le indicaba que debía acudir vestido de corto a las ceremonias de rigurosa etiqueta, o por el contrario, aparecer con elaborada vestimenta en encuentros informales. Finalmente, en la ceremonia de despedida, Asano se vio profundamente abochornado al colocarse, por consejo de Kira, en un lugar impropio, siendo corregido en público.<br />
   La paciencia de Asano había llegado a su fin. En plena corte del <em>shogún</em>, Asano respondió al último insulto -una insinuación de Kira hacia su esposa- abriéndole un corte en la frente con su <em>wakizashi</em>. Antes de que pudiera matarle, los presentes lo inmovilizaron y lo sacaron de los salones públicos, evitando que sus hombres pudieran ayudarle. Asano quedó así a merced de la justicia de Tokugawa.</p>
<p style="text-align: center"><img width="500" src="http://www.skalagrim.com/Contenidos/2009/Ronin/Ronin02.jpg" height="227" style="width: 500px; height: 227px" /></p>
<p>   Y el <em>shogún</em> estaba furioso. Sólo ya esgrimir un arma en la corte constituía una grave ofensa. Atentar contra la vida de otro en su presencia era impensable. El noble Asano no intentó defenderse en la investigación oficial, y el <em>shogún</em> dictó una condena de muerte, ordenándole que realizara la ceremonia del <em>seppuku</em>.<br />
   Asano afirmó no guardar rencor alguno por lo que consideraba una sentencia justa, pero lamentó profundamente no haber matado a Kira. Cuando un <span style="font-style: italic" class="Apple-style-span">samurai</span> de su escolta acudió a recoger su mensaje final, Asano le dijo <em>“Oishi sabrá qué hacer”.</em> Luego escribió su poema de despedida y se suicidó ritualmente.</p>
<p>   Entre los hombres que servían al noble Asano se encontraba <strong>Oishi Kuranosuke Yoshio</strong>, un <em>samurai</em> que comandaba a sus hombres y vivía según los estrictos principios de honor, lealtad y pureza del antiguo <em>Bushido</em>, invocados después del periodo de las Guerras Civiles por el influyente pensador <strong>Yamaga Soko</strong>.<br />
   Cuando los hombres de Asano se reunieron en el castillo de Ako para decidir qué hacer, las opiniones estaban divididas. Muchos de ellos pretendían defender el castillo contra las tropas del <em>shogún</em> y seguir a su señor en la muerte en una última batalla. Otros lo daban ya todo por perdido, y se habían resignado a convertirse en <em>ronin</em>, <em>samurais</em> sin señor y sin trabajo. Oishi recomendó calma. Muerto su señor, debían intentar proteger al menos los intereses de su viuda y de su hija pequeña. Los convocó a todos nuevamente en el castillo el día siguiente para redactar una apelación que enviarían al <em>shogún</em>.<br />
   De los 300 samurais del señor Asano solo 62 acudieron al día siguiente. Entonces Oishi expuso su plan. Les propuso formular un juramento secreto, defender los intereses de la familia Asano y hacer todo lo necesario para lograr vengar a su señor. Entre tanto, entregarían las propiedades sin lucha y se dispersarían, disimulando sus intenciones. Y los 62 <em>samurais</em> presentes aceptaron el juramento.<br />
   El honor de un hombre es en el honor de su familia y de su clan. La justicia del shogún debía constituir un ejemplo y una advertencia para todos. El hermano de Asano, <strong>Daigaku</strong>, fue puesto bajo arresto, y las propiedades de la familia en Ako fueron confiscadas. Su esposa permanecería en el exilio. Su hija pequeña fue escondida por Oishi en la mansión de una familia de nobles, donde estaría a salvo. Y así los hombres juramentados abandonaron sus hogares, y, de acuerdo con su plan, se dispersaron.</p>
<p>   El <em>shogún</em> no podía consentir que su sentencia quedara en entredicho. Si alguien lograba vengar la muerte de Asano matando a Kira, su autoridad se vería comprometida, y con ella su capacidad de mantener a los belicosos <em>daimyo</em> a raya. Para impedirlo ordenó a uno de los más poderosos clanes, los <strong>Uesugi</strong>, que protegiera a Kira Yoshinaka con los medios que fueran necesarios. Al mismo tiempo, intrincadas redes de espias e infiltrados comenzaron a seguir a los hombres de Asano, particularmente a Oishi Yoshio, para ganarse su confianza, descubrir sus verdaderas intenciones y prevenir cualquier ataque vengativo.<br />
   Durante dos años, los <span style="font-style: italic" class="Apple-style-span">ronin</span> fingieron llevar vidas deshonrosas, entregados a las mujeres y a la bebida. Otros se empeñaron en trabajos de baja estima, como si la miseria los hubiera abatido hasta hacerles olvidar su condición. Uno de ellos incluso llegó a casarse con la hija del constructor de la casa de Kira Yoshinaka para tener acceso a su distribución y otros detalles. Y lentamente, entre trabajo y trabajo, se fueron acercando a Edo, donde residía su enemigo.<br />
   El propio Oishi, férreamente vigilado, se convirtió en un ejemplo de decadencia y sordidez. Le entregó a su esposa una carta de separación para mantenerla a salvo, la mandó lejos con sus hijos y adquirió una joven y bella concubina. Pasaba su tiempo entre borracheras y fiestas, y en una ocasión cayó dormido en la calle, tan bebido que un <em>samurai</em> de <strong>Sutsima</strong> que pasaba por allí le pateó la cara con desprecio. Y sin embargo, en secreto, los <em>ronin</em> se habían fabricado armaduras nuevas, como símbolo de pureza y para demostrar que iban al combate por lealtad y no por necesidad.<br />
   Los espías se cansaron, los rumores se convirtieron en certezas. Incluso algunos de los <em>ronin</em> juramentados llegaron a creer las historias de deshonor y vergüenza, y abandonaron toda lealtad al juramento.</p>
<p style="text-align: center"><img width="500" src="http://www.skalagrim.com/Contenidos/2009/Ronin/Ronin03.jpg" height="328" style="width: 500px; height: 328px" /></p>
<p>   Pero 47 de los <span style="font-style: italic" class="Apple-style-span">samurais</span> del noble Asano no habían olvidado. Llegó el invierno, más intenso y más madrugador que nunca, cuando aún no habían transcurrido dos años desde el la visita de los embajadores imperiales. Los campos se cubrieron de nieve. El hielo llenó los tejados, la tormenta de copos blancos cegó a los guardianes. Y el catorce de diciembre del año 1702, vestidos con sus nuevas armaduras y resueltos a cumplir con su señor, los hombres de Oishi Yoshio asaltaron la fortaleza en la que se protegía el antiguo enemigo, derrotaron a sus guardianes, llegaron al corazón del castillo y sacaron a Kira Yoshinaka de su escondite para ofrecerle la posibilidad de que pusiera fin a su vida con un último acto honorable, suicidándose.<br />
   Kira no respondió y blandió sus armas, pero el cortesano no era rival para un samurai experimentado. Oishi le cortó la cabeza con la misma arma que su señor había utilizado en su <em>seppuku</em>. Luego, envolviéndola en un paño blanco, con un mensaje que reclamaba la autoría de su muerte, depositó la cabeza de su enemigo sobre la tumba de Asano en <strong>Sengakuji</strong>.</p>
<p>   Uno de los <em>ronin</em> partió como emisario para comunicar lo ocurrido al <em>shogún</em>. Otro llevó la noticia a Ako. La viuda de Asano y su hermano Daigaku también fueron informados. A los emisarios se les permitió volver junto a sus compañeros, que aguardaban su destino velando la tumba de su señor. Cuando las tropas enviadas por el <em>shogún</em> llegaron para detenerlos, los <em>ronin</em> se entregaron sin lucha.<br />
   Un clamor popular de emocionado orgullo recorrió Japón. Toda la nación se manifestó a su favor, y la historia comenzó a adquirir tintes de leyenda. Sin embargo, tanto los <em>ronin</em> como el señor Tokugawa sabían que sólo había una salida posible. Sin embargo, esta podía ser honorable.<br />
   Los <span style="font-style: italic" class="Apple-style-span">ronin</span> fueron condenados a muerte, pero en lugar de ser ejecutados como criminales se les permitió realizar un <em>seppuku</em> con todos los honores. Habían sido distribuidos en grupos de cuatro entre los señoríos de Japón, y a medida que iban completando sus ceremonias volvían a unirse en la muerte para descansar en un último lugar: el mismo templo donde aún hoy yacen juntos, escoltando a su señor.<br />
   Con el tiempo, la historia de los <strong>47 samurais</strong> fue recogida en obras de teatro y novelas. Cuando el viejo Japón entró en la <strong>Era Meiji</strong> y abordó la industrialización y la modernidad, el afán de conservar su identidad y sus orígenes hizo que la gente se volviera hacia las viejas historias, y pocas eran tan reverenciadas como la suya. Aún hoy los japoneses depositan flores en el templo de Sengakuji. Allí, una estatua de Oishi y los nombres de los 47 guerreros ronin recuerdan al visitante que la vida del hombre, como un cerezo, florece para marchitarse.<br />
   Pero no dejes que eso te entristezca. Pues el honor, como la memoria, permanece.</p>
<p style="text-align: center"><img width="500" src="http://www.skalagrim.com/Contenidos/2009/Ronin/Ronin05.jpg" height="375" style="width: 500px; height: 375px" /></p>
<p>   Recibí esta historia siendo aún un adolescente, en esa frontera de edad indeterminada en la que el niño es aún impresionable y el joven es tan engreído como inconsciente. Ignoro si su efecto dejó alguna huella definida en mí. Sólo sé que me ha gustado contarla.</p>
<p>   Vuestro, afectuosamente.</p>
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		<title>Cosas Vikingas</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Jan 2009 11:12:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Skalagrim</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[   Últimamente he estado un poco liado (siempre que toca temporada de impuestos alcanzo una clara y súbita comprensión de por qué demonios cayó el Imperio Romano) pero no puedo dejar pasar más tiempo sin comentar –y mostrar orgulloso- mi último regalo del Amigo Invisible, recibido el cinco de enero de este año en una [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>   Últimamente he estado un poco liado (siempre que toca temporada de impuestos alcanzo una clara y súbita comprensión de <em>por qué demonios cayó el <strong>Imperio Romano</strong></em>) pero no puedo dejar pasar más tiempo sin comentar –y mostrar orgulloso- mi último regalo del <strong>Amigo Invisible</strong>, recibido el cinco de enero de este año en una nueva edición de lo que ya es un acto clásico entre la gente de <strong>Avalon</strong>.</p>
<p style="text-align: center"><img src="http://www.skalagrim.com/Contenidos/2009/Cosasvik/Figura01.JPG" /></p>
<p>   Como se puede ver, es una figura de un guerrero nórdico, probablemente danés, caminando sobre un suelo de escarcha hacia ninguna parte en compañía de su perro.<br />
   Hay algo triste, otoñal en la figura. Me gusta. Aprecio, además,  el cuidado de los detalles –el scramasax de empuñadura de cuerno que lleva al cinto, los motivos dorados que adornan el hacha al final del mango, los pantalones ceñidos con correas para el combate…- y hasta me emociona la casualidad de que tengo, precisamente, dos hachas como esa.</p>
<p style="text-align: center"><img width="500" src="http://www.skalagrim.com/Contenidos/2009/Cosasvik/Figura02.JPG" height="375" style="width: 500px; height: 375px" /></p>
<p>   Pero, sobre todo, agradezco el regalo auténtico: el tiempo. Y es que regalar no es, o no debería de ser, tanto un acto económico como un acto de aprecio, algo que te hace recorrer tiendas y bazares, devanarte los sesos y dudar hasta encontrar esa cosa adecuada para quien esté destinada. O, en este caso, tomar tú mismo los pinceles y pasarte un buen montón de horas que nadie te devolverá jamás pintando una figura hasta dejar una parte de ti en ella.</p>
<p>   Qué menos, pues, que mostrarla aquí.</p>
<p>   Vuestro, afectuosamente</p>
<p>   Postdata: conste que no me quejo, pero sigo preguntándome qué impulsa a la gente a regalarme cosas medievales, preferentemente vikingas…</p>
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		<title>El día de la Mujer de Alabama.</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Jan 2009 22:50:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Skalagrim</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[
    Hoy, supongo, habrá una gran fiesta en Washington. Una de esas fiestas a las que se supone “asiste todo el mundo”, y en la que, sin embargo, habrá una ausencia. Alguien no podrá asistir por poco. Exactamente por tres años, dos meses y veintisiete días. Los que median entra la muerte de una mujer [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img width="500" src="http://www.skalagrim.com/Contenidos/2009/Alabama/Capitolio.jpg" height="367" style="width: 500px; height: 367px" /></p>
<p>    Hoy, supongo, habrá una gran fiesta en <strong>Washington</strong>. Una de esas fiestas a las que se supone “asiste todo el mundo”, y en la que, sin embargo, habrá una ausencia. Alguien no podrá asistir por poco. Exactamente por tres años, dos meses y veintisiete días. Los que median entra la muerte de una mujer llamada <strong>Rosa Parks</strong> y la proclamación de <strong>Barack Hussein Obama</strong> como cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América.<br />
   La verdad, sin embargo, es que sufría demencia senil desde 2002, y probablemente no se hubiera enterado. Lo cual habría sido una lástima, pues pocas personas vivas o en el mundo habrían detentado jamás de un modo tan claro el derecho a estar presentes en una ceremonia como la de hoy.</p>
<p>   Rosa Parks se ganó ese derecho el 1 de diciembre de 1955 al subir al autobús -concebido según las leyes <strong>John Crow</strong> de segregación- que la llevaba de vuelta a casa desde su trabajo en <strong>Montgomery</strong>, <strong>Alabama</strong>. Según esas leyes, Rosa debía subir al vehículo por la puerta delantera para pagar su billete al conductor, volver a bajar para no pasar por el pasillo de la parte delantera (reservada a los blancos), entrar por la puerta de atrás y sentarse en los asientos reservados a la <em><strong>gente de color</strong></em>. Las cuatro primeras filas de asientos estaban destinadas a los viajeros blancos, y las diez últimas a los usuarios negros que, curiosamente, eran quienes sostenían con su uso masivo el transporte público. Los asientos intermedios podían ser ocupados por los negros si ningún blanco los ocupaba, pero debían ser cedidos por sus ocupantes -toda la línea- <em>si un solo viajero blanco deseaba sentarse</em>. Rosa estaba en esa simbólica frontera de la segregación cuando el conductor pidió a los ocupantes de su alineación que se levantaran para cederla a un único viajero blanco que ni siquiera lo había pedido.<br />
   Según escribió más tarde en un libro que contaba su vida, aquél día había dejado pasar un autobús anterior porque estaba demasiado lleno. Tenía 42 años, y en sus palabras, no estaba demasiado cansada.<br />
   Solo estaba cansada de ceder.<br />
   Cuando el conductor amenazó con hacerla detener, Rosa le dio una respuesta extraña: <em>&#8220;¿Por qué todos ustedes están empujándonos por todos lados?&#8221;</em>. El conductor probablemente no supo qué decir a eso, y decidió llamar a la policía.</p>
<p style="text-align: center"><img src="http://www.skalagrim.com/Contenidos/2009/Alabama/RosaDetenida.jpg" /></p>
<p>    Por supuesto, ninguno de ellos –Rosa, el conductor, el pasajero blanco que no había dicho nada, la propia policia- era consciente de lo que se estaba iniciando. Y sin embargo, estaba en marcha desde el mismo instante en que algo estalló en el interior de la mujer y dijo &#8220;no&#8221;. Rosa pasó la noche en el calabozo y pagó una multa de catorce dólares para volver a casa. Un joven pastor bautista de Alabama llamado <strong>Martin Luther King</strong> inició entonces una serie de actos y protestas, convocando reuniones y comités y extendiendo la indignación a toda la nación. Los negros dejaron de utilizar los autobuses públicos durante más de un año, llevando a la compañía a la bancarrota. Y cuando el <strong>Caso Parks</strong> llegó al <strong>Tribunal Supremo</strong> <strong>de los Estados Unidos</strong>, <em>el principio establecido en una antigua Declaración, más antigua que la propia nación</em> (un texto escrito por el <em>dueño de una plantación de esclavos</em> de <strong>Virginia)</strong> hizo que el Tribunal se pronunciara en la única dirección posible, estableciendo claramente la <strong>inconstitucionalidad de la segregación</strong>, y haciendo que el gobierno la prohibiera en todos los lugares públicos de la nación. Y ya nada pudo detener el proceso que, en cierto modo, culmina hoy.</p>
<p>    ¿Y a que viene todo esto, se preguntará alguno?<br />
   Aunque nunca he compartido ese sentimiento de antiamericanismo militante que tan popular se hizo en los setenta y que aún hoy resulta imprescindible para que te den el carnet de <em>Auténtico Progre Presentable en Sociedad (APPS)</em>, los norteamericanos a menudo me crispan, lo reconozco. Tienen un montón de cosas que me sacan de quicio, algunas de las cuales son en buena medida fruto de su propio empeño en ser como son, y otras que nacen, me temo, como consecuencia de aquellos rasgos de su carácter que también los constituyen en sus virtudes.<br />
   Por otra parte, supongo que a menudo los contemplo, como muchos de los europeos que se consideran poseedores de cierta culturilla, con una mal disimulada suficiencia, con esa extraña condescendencia que otorga ser y saberse parte de un algo más reposado y antiguo, como si el hecho de pertenecer a una nación de más de 500 años de historia proporcionara automáticamente a sus habitantes la clase y distinción que la realidad nos niega en cuanto nos damos una vuelta por un centro comercial o encendemos la televisión. Y supongo que aún así sigo convencido de que somos distintos, un poco más sofisticados, un poco más pacientes, con un poco más de estilo, menos prepotentes y un tanto más concienciados. Un poquito más cerca, sólo un poquito, de un supuesto punto de equilibrio social deseable al que aspiran los pueblos civilizados.<br />
   Y si lo pensamos, hasta es posible que alguna vez hayamos hablado en público -y nos hayamos comportado- como si de verdad pudiéramos mirar a toda una nación -un nación enorme en todos los sentidos- un poquito por encima del hombro.<br />
   Pero hoy no. Hoy creo que no.<br />
   Hoy, 233 años después de que el hombre de <strong>Monticello</strong> que tenía una esclava negra llamada <strong>Sally Hemmings</strong> escribiera <em>“que todos los hombres son creados iguales, y que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables”</em>; 144 años después de la <strong>Decimotercera Enmienda</strong>; 54 años después de que Rosa Parks se negara a levantarse de su asiento en el autobús… las cosas han cambiado un poco.</p>
<p>   Hoy, la verdad, no me siento con narices para mirar por encima del hombro a un país que hace apenas ocho años era atacada en su corazón por hombres procedentes de una cultura y una religión características y fácilmente identificables, y que sin embargo es capaz de elegir como su presidente a un hombre que se llama <em>Barack Hussein</em>. Para ser una nación supuestamente llena de prejuicios, no puedo por menos que admirar su capacidad de ver más allá y desprenderse de ellos en extraños instantes de grandeza. Son la misma nación protagonista de las abominaciones de <strong>Abu Ghraib</strong> y <strong>Guantánamo</strong>, me recuerdo a mí mismo. Y de la más feroz oposición a ambas monstruosidades, me digo a continuación. Y entonces me asombran aún más.<br />
   Porque tengo que confesar que, muy a mi pesar (y probablemente muchos APPS habrán pensado lo mismo alguna vez, aunque se hayan guardado muy mucho de decirlo) a veces me alucinan. Sobre todo cuando te plantan delante de la cara, de un modo casi ofensivo, la evidencia de que su viejo ideario, ése que dice que la vida allí no será fácil, ni justa, ni cómoda, ni segura, <em><strong>pero que tendrás una oportunidad</strong></em>, se cumple de forma tan evidente.</p>
<p style="text-align: center"><img width="500" src="http://www.skalagrim.com/Contenidos/2009/Alabama/Juramento.jpg" height="367" style="width: 500px; height: 367px" /></p>
<p>    De modo que así están las cosas. Puede que algún día veamos a un gitano en la <strong>Moncloa</strong> o al hijo de un inmigrante argelino en el <strong>Elíseo</strong>, pero de momento me parece difícil. Entre tanto, me temo, tendremos que buscarnos otra excusa más convincente para considerarnos estupendos, y hallar en alguna parte el consuelo que nos permita pasar cuanto antes esta amarga pildorilla de humildad.<br />
   Pero que nadie se preocupe. Somos demasiado europeos para que el efecto nos dure mucho.</p>
<p>   Vuestro, afectuosamente.</p>
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		<title>Y con ustedes, Charles Dickens.</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Dec 2008 18:25:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Skalagrim</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[   “He intentado en este librito fantasmal, levantar una idea fantasmal, que no les quitará a los lectores de su estado mental, del trato el uno con el otro o de las fiestas navideñas&#8230;” escribía Charles Dickens en diciembre de 1843 como preámbulo a su A Christmas Carol, a veces traducido como Cuento de Navidad [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="Section1">   <em>“He intentado en este librito fantasmal, levantar una idea fantasmal, que no les quitará a los lectores de su estado mental, del trato el uno con el otro o de las fiestas navideñas&#8230;”</em> escribía Charles Dickens en diciembre de 1843 como preámbulo a su <strong>A Christmas Carol</strong>, a veces traducido como <strong>Cuento de Navidad</strong> y otras como <strong>Canción de Navidad</strong> al castellano.</p>
<p class="Section1">&nbsp;</p>
<p class="Section1">   Tengo que reconocer que, de un modo casi automático, todos los años por estas fechas le echo un vistazo al relato, y casi siempre acabo leyéndolo entero de nuevo, a pesar de que la historia ha sido llevada al cine, a la televisión, al cómic e incluso reescrita tantas veces (recomiendo la versión “políticamente correcta” de James Finn Garner) que dudo que haya nadie, aún entre aquellos que en su vida hayan oído hablar de un tal Charles Dickens, que no la conozcan. La historia de los tres espíritus, precedidos del espectro de su socio, que se le aparecen al viejo Scrooge y acaban por hacerle recapacitar acerca de su vida miserable se ha incorporado, como tantas otras, al imaginario popular de la cultura occidental, y probablemente también al de unas cuantas buenas antiguas culturas ajenas debidamente colonizadas. ¿Por qué? No tengo ni idea en el caso de los demás habitantes del planeta, pero sí puedo, humildemente, intentar desentrañar por qué yo mismo vuelvo, cada Navidad, a perderme gustoso en los avatares de Scrooge.</p>
<p class="Section1">   Para empezar, creo que en buena medida lo hago como pequeña revancha, ya que el texto es al fin y al cabo un buen ejemplo de literatura fantástica. No creo que pueda definirse como una historia aterradora -aunque algunas de las imágenes que evoca sin duda pudieron poner los pelos de punta a algún lector de su tiempo- pero desde luego el elemento fantástico es fundamental, con aparecidos pululando por casas oscuras y silenciosas, espíritus llevándose al pobre Scrooge entre vientos helados para atisbar por las ventanas las vidas de otros seres más felices, visiones de los tiempos pasados y futuros&#8230;<br />
   De modo que tal vez sea éste detalle -el hecho de que el elemento fantástico sea predominante y natural en una de las obras literarias más conocidas de todos los tiempos, creada por la mano de uno de los grandes autores de la literatura universal- lo que provoca en mí una sonrisa de satisfacción. Satisfacción retorcida y espíritu vengativo hacia esa corriente de pensamiento realista, tan despectiva con el fantástico, que ha dominado y domina hoy todavía a la literatura española, y que la ha convertido en un banco de tres patas. Y así, mientras en nuestro país crítica y entendidos contemplan con desprecio o como un “ejercicio menor” cualquier intento de aproximación al fantástico por parte de autores pasados o presentes, la literatura de nuestros vecinos, y sobre todo la anglosajona, sigue recurriendo a su rica tradición fantástica en busca de ideas y argumentos con los que construir nuevas obras, y también adaptando a otros medios las antiguas basadas en sus cuentos y leyendas.<br />
   Sospecho que ésta es, más allá de problemas industriales, de marketing o de potencia cultural aplicada a los medios, una de las razones por las que su  cultura se impone a nivel de masas sin grandes problemas en países en los que la cultura popular no encuentra reflejadas esas mismas raíces fantásticas o míticas –que posee, pero que sus directores y  escritores ignoran sistemáticamente con cierto desdén- alejando a la gente de sus obras. Y si esto ha venido ocurriendo sistemáticamente en la literatura, el fenómeno es ya imparable y mayoritario cuando acudimos al cine, a la televisión, al cómic o a la cada vez más poderosa y sorprendente Red de Redes. Dicho lo cual, y si tenemos en cuenta que los gustos adquiridos en la infancia suelen acompañarnos durante toda nuestra vida, y que es mucho más lógico que a un niño le resulten más interesantes las aventuras de Merlín el Mago o Peter Pan que los avatares marujiles de una película de Almodovar, a nadie debería extrañarle que ese público, una vez adulto, rechace el hiperrealismo mal contado de nuestra literatura y nuestro cine “de calidad” -que aburre a las piedras- y busque en estanterías y salas, bajo nombres extranjeros, lo que su propia tradición cultural es incapaz de ofrecerle al haber sido mutilada a hace siglos por sus propios intelectuales (la otra opción es entregarse en cuerpo y alma a las viviencias de Chonis y Churris en Aída y a algunas, pocas excepciones interesantes de nuestro cine costumbrista de toda la vida).<br />
   Y esto, que me viene a la cabeza el resto del año cada vez que leo la Iliada o Hamlet, me lo recuerda en Navidad el cuento de Dickens.</p>
<p class="Section1">&nbsp;</p>
<p class="Section1">   En segundo lugar, hay en la novelita de Dickens un montón de complejidades sociales, históricas y hasta climatológicas detrás de la historia que resultan sumamente interesantes, y que han acabado por colarse en nuestra memoria y nuestros gustos sin que nunca hayan sido debidamente explicadas. Por ejemplo, la imagen de unas Navidades Blancas, de frío extremo, que a pesar de ser reiteradamente mostradas en cine y televisión como una realidad universal e indiscutible, pocas veces tiene que ver con la realidad. Son una convención estética que en buena medida debemos a Dickens y a las representaciones y adaptaciones visuales de su relato que nos han acompañado desde entonces puntualmente en estas fechas.<br />
   La explicación es sencilla. Dickens firma su prefacio en 1843, durante los últimos coletazos de lo que los meteorólogos llaman la Pequeña Edad Glaciar, un paréntesis de temperaturas extremadamente bajas que se inició en 1350 y duró hasta finales del siglo XIX. Esta perturbación climática probablemente acabó -por ejemplo- con las colonias escandinavas de Groenlandia, y tuvo algunos otros efectos importantes en la historia. Lo cierto es que modificó las costumbres y hábitos de poblaciones enteras -para los londinenses era habitual en los siglos XVI y XVII patinar en el Támesis helado- e hizo de los inviernos un trago verdaderamente crudo para los habitantes de la europa occidental de entonces.<br />
   De modo que el frío descrito en la obra:</p>
<blockquote>
<p class="Section1"> <em>   “Más niebla aún y más frío. Frío agudo, penetrante, mordiente. Sí el buen San Dunstan hubiera sólo rasguñado la nariz del espíritu maligno con un tiempo como aquél, en vez de usar sus armas habituales, en verdad que el diablo habría rugido.”</em></p>
</blockquote>
<p class="Section1">   Junto con la niebla helada, la nieve y el cielo oscurecido por las nubes que sumen a Londres en la penumbra, el frío no es sólo un efecto de ambientación recurrente a lo largo del relato, sino que es al mismo tiempo la plasmación de una realidad diaria que intenta comunicar algunas cosas que, para nosotros, habitantes de la cultura de la electricidad y la calefacción central, han perdido su significado: la reconfortante sensación del fuego del hogar, la relación casi mágica entre luz y calor. Hay muchas otras imágenes de increíble fuerza en el relato, como las pesadas cadenas arrastradas por el espectro de Marley, las calles iluminadas por farolas de gas, los hogares de carbón y sus ascuas entrevistas a través de las rejillas de hierro, las chimeneas lanzando su hollín a los cielos de Londres&#8230; Uno tiene la sensación de que, con esta historia, Dickens enlaza de alguna manera la literatura gótica con nuevas imágenes y tópicos, los de la avalancha cultural de la Era Victoriana, que nos ha dejado marcados con su herencia, y cuyos iconos forman parte, desde entonces, de nuestras propias vidas.</p>
<p class="Section1">&nbsp;</p>
<p class="Section1">   Hay, sin embargo, una tercera razón por la que considero especial la historia de Dickens. Es la razón más poderosa de todas, y probablemente también la más personal.<br />
   Tengo un amigo que afirma categóricamente que prefiere, con mucho, al Ebenezer Scrooge del principio del relato - el Ebenizer insensible para el que todo son patrañas y paparruchas - que al llorica quejumbroso que acompaña a los espíritus en su difícil periplo.<br />
   En cierto modo le entiendo porque a mí me pasa lo mismo. Uno de mis personajes favoritos del cine de los últimos años es el Eduardo I de “Braveheart”, un auténtico cabrón que no cree necesario tener que pedir perdón por su hijoputez intrínseca, y que acaba haciéndosele a uno simpático&#8230; siempre y cuando se le contemple en una pantalla, desde una cómoda butaca y a ocho siglos de distancia.<br />
   Por desgracia no todo el mundo tiene la misma suerte, y es fácil confratenirzar con los cabrones cuando se los tiene lejos y convenientemente limitados a la literatura o al cine que disfrutamos en nuestro ocio. Supongo que debe ser muy distinto cuando no has tenido suerte y no has nacido en el siglo XX y formas parte de ese restringido 15% de habitantes del planeta que tiene una vida relativamente decente. Incluso aunque trabajes para una moderna y renovada versión de Scrooge, las condiciones habrán cambiado ligeramente desde el siglo XIX (insisto: siempre y cuando seas uno de los afortunados por nacimiento y no parte del 80% restante que aún siguen en las minas del Imperio Romano…).<br />
   Hay quien opina que todo esto no es más que sentimentalismo, y que Dickens es precisamente uno de sus representantes más significativos, con sus intentos de conmover al lector y hacerle sentirse más humano <em>“en lugar de hacer sencillamente literatura”</em> (me pregunto, entonces, en qué coño consiste la literatura) como afirmaban <strong>Henry James</strong> o <strong>Virginia Wolf</strong>. Con el progresivo endurecimiento del modelo de pensamiento social en occidente (pues, a diferencia de los viejos victorianos, cada vez somos más blandos, cobardes, egositas y mindundis en nuestros actos, mientras nos imaginamos a nosotros mismos férreos, duros e inconmovibles en nuestros pensamientos), mucha gente ha llegado a señalar a Dickens como el representante de una cierta <em>ñoñería </em>social<em>,</em> un ideólogo ingenuo e incapaz de asimilar y aceptar que la vida es como es, que cada uno se labra su destino, que siempre hay oportunidades y la gente no sabe aprovecharlas, etc, etc. De hecho, nos hallamos al fin y al cabo en plena era de los tiburones del darwinismo social, fielmente representado por el <strong>Fraser Institute</strong>, una entidad ideológica con sede en Canadá y en los Estados Unidos que considera que el trabajo infantil en el tercer mundo es una cosa estupenda (al fin y al cabo <em>es lo único que tienen para ofrecer</em>, dice su director), que las ayudas sociales son un impedimento para el progreso de los más aptos y que ayudar a los demás cuando tienen dificultades no hace más que empeorar el curso natural de la evolución de las sociedades.<br />
   Quienes sostienen estas ideas a menudo olvidan –o dejan discretamente a un lado, más bien, porque no son gente precisamente olvidadiza- que han disfrutado de ciertas ventajas en las posiciones de salida de la carrera de la vida sin las cuales tal vez no tuvieran las ideas tan claras o fueran tan radicales en sus afirmaciones. De hecho, algo me dice que si los patrocinadores del <strong>Frasier Institute</strong>, se hubieran encontrado entre los revolucionarios rusos de 1917, hambrientos y a veinte grados bajo cero en las calles de San Petersburgo, no sólo hubieran asaltado los primeros el Palacio de Invierno, sino que se habrían comido vivos a los guardias con bayoneta y todo.<br />
   Puede que Dickens sea ñoño, no lo sé. Puede que se ganara a pulso el derecho a serlo en aquella fabrica de betún para calzado en la que ingresó siendo un niño, trabajando doce horas diarias por un miserable salario de seis chelines semanales mientras el resto de su familia vivía en la cárcel de Marshalea, donde su padre cumplía condena por impago de deudas. Y puede que se ganara el derecho a contarlo como le viniera en gana siendo un niño sin escolarizar que tuvo que adquirir su cultura -después de esas jornadas de trabajo maratonianas- en un mundo en el que una novela costaba el salario mensual completo de un trabajador de clase media y en el que casi no había bibliotecas. No esta nada mal para alguien a quien <strong>Chesterton</strong> calificó como “<em>uno de los más grandes, si no el que más, en el dominio de la lengua inglesa</em>”. Hay por ahí mucha gente implacable que, a pesar de sus muchas ventajas de partida, no se han acercado ni de lejos a la altura de Dickens.<br />
   Sea como fuere, a mí me basta. Leo las vivencias de Scrooge y su noche aterradora y veo en ellas, como en casi toda la obra de Dickens, pero de un modo concentrado y claro, a dónde nos pueden llevar ciertas corrientes si nos dejamos convencer, y qué cosas deberíamos apreciar y conservar a pesar de los reiterados intentos de los sucesores de Scrooge de enfriar nuestras almas hasta congelarlas. Como afirma el segundo espíritu:</p>
<blockquote>
<p class="Section1"><em>   &#8220;En esta tierra tuya hay algunos&#8221;, replicó el espíritu; &#8220;que pretenden conocernos y que cometen sus actos de pasión, orgullo, mala voluntad, odio, envidia, beatería y egoísmo en nuestro nombre; pero son tan ajenos a nosotros y nuestro género como si nunca hubieran vivido.&#8221;</em></p>
</blockquote>
<p class="Section1">   Porque el texto está lleno de frases memorables, premonitorias, aplicables de un modo casi increíble a nuestro propio tiempo y que son en realidad, un rosario de advertencias a las que no deberíamos ser sordos ni ciegos por nuestra propia conveniencia. Como -por ejemplo- que si nuestros hijos no están en las minas o en las fábricas por un salario de miseria no es porque no haya quien desearía que las cosas volvieran a ser así, como de hecho son en la mayor parte del planeta para nuestra eterna vergüenza; o que, si tenemos calefacción, sanidad, agua caliente y un poco de comodidad es sólo porque nuestros abuelos fueron capaces de arrancarla con sangre de las manos de los de siempre, que siguen ahí, pendientes de la más minima oportunidad de arrebatarnos lo poco que tenemos, enfermos de un ansia insaciable; y que los amigos, la gente que nos quiere, el trato de los seres humanos con otros seres humanos no debería ser sustituido, ni postpuesto, ni relegado a un segundo plano como si careciera de importancia, porque ese calor y esos recuerdos son lo único de valor que nos llevaremos de este mundo, si es que hemos de llevarnos algo, cuando llegue la hora.<br />
   Pero hay un párrafo, sobre todo, que literalmente me apabulla cada Navidad, cuando releo el cuento.</p>
<blockquote>
<p class="Section1"><em>   - “Espíritu”, dijo Scrooge con un interés que nunca antes había sentido, “dime si Tiny Tim vivirá.”<br />
   - “Veo un sitio vacante”, contestó el fantasma, “en ese pobre rincón de la chimenea, y una muleta sin dueño amorosamente conservada. Si esas sombras permanecen sin cambios en el futuro, el niño morirá”.<br />
   - “No, no”, dijo Scrooge. “¡Oh, no, amable espíritu! Dime que se salvará!”.<br />
   - “Si esas sombras permanecen inalteradas por el futuro, ningún otro de mi especie”, replicó el fantasma, “le encontrara aquí. ¿Y qué más da? Si se tiene que morir, lo mejor es que así lo haga y disminuya el exceso de población”.<br />
   Scrooge hundió su cabeza al oír al espíritu citar sus propias palabras, y se sintió brumado por el arrepentimiento y la pena.<br />
   “Hombre”, dijo el fantasma, “si tienes corazón humano, no de piedra dura, olvida esa malvada jerga hasta que hayas descubierto qué es el exceso y dónde está el exceso. <strong>¿Quién eres tú para decidir qué hombres deben morir y qué hombres deben vivir?</strong> Es posible que a los ojos del cielo tú seas menos valioso y menos merecedor de vivir que millones, como el hijo de ese pobre hombre. <strong>¡Oh Dios, tener que escuchar al insecto en la hoja disertando sobre lo demasiado que viven sus hambrientos hermanos en el suelo!</strong>”</em></p></blockquote>
<p class="Section1">   Cada vez que oigo a un hombre poderoso –un Botín, un Bush, un gobernador de algún importante Banco Central o algún consejero de alguna autonomía- hablar de flexibilizar las condiciones laborales, de condicionar y cortar ayudas, de “mantener los valores”, de abaratar los despidos, de privatizar para “mejorar la gestión”… ése párrafo vuelve a mi cabeza, y la imagen del insecto en la hoja se convierte en una visión tan clara, tan capaz de definir la situacióna la perfección, que tengo que llegar forzosamente a la conclusión de que ninguna de esas importantísimas y formadísimas personas ha tenido nunca libre la apenas media hora necesaria para leer y recordar la novelita de Dickens.<br />
   Recomiendo encarecidamente a todo el mundo que no cometa el mismo error, y que deje, en palabras de su autor, <em>“…qué el relato frecuente sus casas con alegría y que nadie lo exorcice…”</em></p>
<p class="Section1">   Feliz Solsticio.</p>
<p class="Section1">   Vuestro, afectuosamente.</p>
<p class="Section1">&nbsp;</p>
<p class="Section1">&nbsp;</p>
<p class="Section1"><em>   Postdata: escribí este texto, con algunos cambios, hace tres años. En su momento no fui capaz de terminarlo antes de la fecha correcta, es decir, para subirlo en Navidad.<br />
   El año pasado Rudy se me adelantó con una entrada sobre Scrooge, y puesto que inevitablemente compartimos lectores de blog, consideré que era demasiado Dickens para un solo año, y que tendría que esperar.<br />
   Curiosamente, los acontecimientos han puesto en su lugar, de nuevo, a la obra de Dickens.</em></p>
<p class="Section1"><em>   Por una parte, nuestros políticos nos han hecho volver a ella con la estupenda propuesta de las 65 horas semanales, idea magistral con la que los encantadores ministros de trabajo de la Unión Europea intentaban llevarnos de nuevo al siglo XIX y poner a la chusma trabajadora que les paga el sueldo donde de verdad les corresponde, es decir, en la piel del <strong>Cratchit</strong> de <strong>Canción de Navidad</strong>, que apenas se atreve a pedir a su jefe que le deje libre el día 25 de diciembre, y que calienta sus dedos helados en la llama de la vela a cuya luz trabaja sin atreverse a levantar la cabeza de sus cuentas.</em></p>
<p class="Section1"><em>   Por otra, Scrooge se ha asomado de nuevo a nuestras vidas con la recurrente crisis que ha hecho que nuestros banqueros se conviertan en pedigueños a cargo del estado, y que de pronto ha llenado la boca de empresarios y representantes de la patronal de palabras hasta hace poco malditas como “intervención del estado”, “subvención”, “vivienda protegida” y “crecimiento del sector público”, <strong>olvidando lo mucho que simpatizaban hasta agosto de este año con las ideas del Fraser Institute y el intervencionismo cero que hasta entonces defendían</strong>. Y he de decir al respecto que estos últimos meses, pensando en la cuestión, yo también he echado mucho, muchísimo de menos al Ebenizer Scrooge del principio del cuento, el Scrooge implacable, frio, individualista y defensor a ultranza de que cada uno se las arregle como pueda, y con él a todos esos viejos capitalistas manchesterianos, viejos bribones avaros, partidarios del darwinismo social y económico que,  ahora (supongo), se irían, en coherencia con sus sólidos principios, en silencio y con dignidad, a morirse de hambre en una esquina.<br />
   Sí, añoro al Viejo Scrooge. Veo a todos estos Príncipes del Morro que se han llenado los bolsillos durante las últimas décadas lloriqueando por las esquinas y pidiendo un plan de rescate para los usuarios de jets privados y siento literalmente ganas de vomitar. Escucho a los banqueros que se están metiendo en el bolsillo los miles de millones de ayudas públicas después de décadas de crecimiento escandaloso de los beneficios mientras exigen además que no se sepa a quién y cuanto dinero se le entrega y me apetece empezar a mezclar glicerina y lejía en mi viejo Quimicefa. Siempre me habían parecido sanguijuelas despreciables, pero en comparación con ellos la de Dickens era una sanguijuela despreciable con cierta dignidad, y la transformación posterior tenía al menos una cierta justificiación moral y estética.<br />
   La realidad, una vez más, ha superado a la literatura. Y eso que se trataba de un cuento de fantasmas…</em></p>
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		<title>Como lágrimas en la lluvia&#8230; (3)</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Dec 2008 15:18:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Skalagrim</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Entrada suprimida por falta de literalidad.
Ustedes disculpen&#8230;
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Entrada suprimida por falta de literalidad.</p>
<p>Ustedes disculpen&#8230;</p>
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		<title>Casi siempre es culpa de Rudy</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Nov 2008 11:18:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Skalagrim</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[   Y conste, para ser justos, que no diré que siempre, porque el índice de cosas raras que me ocurren supera con mucho las capacidades humanas e invocatorias del acusado. Pero sí a menudo. Bueno, de vez en cuando.
Pero dejaré que sea el amable lector, en todo caso, quien lo juzgue.
Todo comenzó en la fiesta de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>   Y conste, para ser justos, que no diré que siempre, porque el índice de cosas raras que me ocurren supera con mucho las capacidades humanas e invocatorias del acusado. Pero sí a menudo. Bueno, de vez en cuando.<br />
Pero dejaré que sea el amable lector, en todo caso, quien lo juzgue.<br />
Todo comenzó en la fiesta de <strong>Halloween</strong> de este año. Había sido un día agitado por los preparativos y las prisas, y no conseguí salir de la ducha hasta unos minutos después de que todo el mundo hubiera llegado. La música estaba sonando, y la multitud competía con toda clase de objetos afilados por dar cortes asesinos a las pobres castañas destinadas al horno.<br />
- Tengo algo para tí, puntu -me dijo el interfecto, al tiempo que me alargaba un CD. El nombre del grupo, o el título, aún no lo sabía, parecía un pseudo-latinajo, y no me sonó de nada.<br />
- ¿<strong><em>E Nomine…</em></strong>?- un tipo enorme vestido de <strong>la Muerte</strong> intentaba infructuosamente engancharme por el cuello con su guadaña, y acertaba una y otra vez en mis piños, haciendo dificil la conversación. -¿De qué va?.</p>
<p style="text-align: center"><img src="http://skalagrim.com/Contenidos/CulpaRudy/Muerte.JPG" /></p>
<p>   - No sé, son una cosa muy rara. Un grupo <em>medio medieval</em>, <em>medio gótico</em>, <em>medio oscuro</em>&#8230; no sé, los encontró <strong><a href="http://www.kundalah.com/">Felicidad</a></strong>. Son alemanes -terminó, como si eso lo explicara todo.<br />
Alguien había puesto ya música -de hecho, siempre que pregunto últimamente quién ha puesto la música que suena en mi casa en una farra, se me responde que ha sido <strong><a href="http://gorinkai.wordpress.com/">Gorin</a></strong>, y lo advierto: si alguien pone siquiera un atisbo de perplejidad, juro que le partimos las piernas- y decidí no cambiarla de momento. La noche iba a ser larga, y mi intriga podía esperar, cosa que hizo durante un par de horas sin mayores problemas.<br />
Cuando alguien puso el disco yo estaba ya a otra cosa. De hecho, me jugaba los cuartos con una baraja de póker frente a una reunión de ratas traidoras y sibilinas, mercaderes fenicios, viejos zorros, troleros, fulleros, megalómanos y traidores capaces de sacarte hasta el alma por ganar una mano de treinta céntimos. Tengo que decir, no obstante, que fué una buena banda sonora, y que acompañó dignamente al hecho de que el único hombre honrado de la mesa se alzara triunfante, y pagara parte del alcohol consumido esa noche con los frutos de su esfuerzo.<br />
Atención, lo que se dice atención, no le presté mucha, o al menos no la misma que si la hubiera escuchado solo, en silencio y sin distracciones. Lo cual hizo, supongo, que no acabara de medir muy bien las consecuencias de lo ocurrido más tarde.</p>
<p>Y ahora vamos a ello. El viernes pasado me hallaba de viaje a altas horas de la noche, rumbo a cierta ciudad del Norte -el norte para casi todos vosotros, ya que para mí está más bien al Este- bostezando como un cenutrio y dandome cuenta de que los años no pasan en balde. Conducir de noche me cansa, y más si es al final de una semana particularmente estresante, y llega un momento en que ni siquiera una dieta de Red Bull sostenida durante horas es suficiente para mantenerme tan atento y despejado como debiera. Lo cual significa que hay que empezar a parar, y odio que los viajes se eternicen de gasolinera en gasolinera a base de cafés solitarios.<br />
Por otra parte, tengo un problema con el calor. Hay algo en mi refrigeración natural que no acaba de funcionar como es debido, y el calor me mata. El otoño y el invierno me alivian un poquito, pero no lo suficiente, de resultas de lo cual voy por el mundo arremangado y bufando todo el maldito día. Además, el calor me adormila, y eso, cuando uno conduce de noche, puede ser un problema mortal.<br />
De modo que iba, a pesar del relente polar y húmedo de la noche, con la ventanilla completamente abierta. En todo caso, y si está muy frío, siempre puedo poner también la calefacción. Pies calientes y cabeza fría, he ahí el secreto de una vida larga y provechosa.<br />
El problema son las manos. Curiosamente, a pesar de tener casi siempre calor, las manos se me enfrían enseguida. Las tengo delicadas, además -como todo yo, en realidad- y llegan a dolerme de frío. No obstante, el hombre prudente que conozca sus carencias no sufrirá en vano los embates del destino, y tengo unos guantes cojonudos, de esos con pelillo por dentro, negros, desgastados, cómodos y dados de sí hasta la exquisitez.</p>
<p style="text-align: center"><img src="http://skalagrim.com/Contenidos/CulpaRudy/Guantes.JPG" style="width: 500px; height: 375px" width="500" height="375" /></p>
<p>      Además, me quedan de puta madre. Me favorecen. Me dan un toque. Que demonios, a veces pienso que merecería la pena sufrir una pequeña glaciación sólo para que yo pudiera ponérmelos en verano&#8230;<br />
De modo que si alguna vez os dejáis caer por las carreteras comarcales del norte y veis un 4&#215;4 dando tumbos con un tipo al volante que conduce arremangado y con guantes, es probable que sea yo, y no será ningún anuncio agorero de esos de la DGT que te impiden tragar la sopa porque estás a punto de llorar. He de decir, en descargo de mis vecinos y habituales, que pocas veces llevan su opinión más allá de un levantamiento de cejas en los semáforos&#8230;<br />
No en vano somos una región de particular tolerancia.</p>
<p>Pero no estamos aquí para hablar de Geografía Humana. Estaba recorriendo pues autopistas en una noche más invernal que otoñal cuando, poco antes de llegar a mi destino, recordé el CD famoso de los alemanes raros, y un poco harto de escuchar el mismo tipo de música todo el camino, decidí cambiar el disco y probar con ellos en medio de una noche tormentosa (me gustan las tormentas, a veces salgo de casa sólo para verlas en todo su esplendor). Y unos minutos más tarde, el nuevo disco sonaba en la autopista solitaria, objeto de toda mi atención.</p>
<p align="center"><object width="425" height="349"></object></p>
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<p>   Tengo que decir que el cambio me vino bien. La música era extraña. Tenía marchilla, una cierta cadencia. Provocaba una extraña euforia. No diré que uno se imaginara a la cabeza de una larga y veloz columna blindada penetrando en un país distinto como una espada de acero silenciosa en las sombras de la noche, pero casi. Crucé la divisoria de autonomías pensando en enseñarles el verdadero significado de la palabra anexión cuando, al llegar a un cartel de señalización, me dí cuenta de que a) estaba invadiendo ya el casco urbano de la ciudad y b) me había perdido con mis tanques…<br />
Odio los GPS, todo el mundo lo sabe. Hasta el nombre comercial que se ha hecho genérico de Ton-Ton me parece insultante. ¿Que ha sido del trato humano, de la pregunta fortuita, del encuentro casual, de la incertidumbre del viajero…?¿Cuando nos hemos convertido en sirvientes obedientes de la última bazofia tecnológica que, huy, que cosas, no sabía que aquí había comenzado una obra? Puagh.<br />
Estaba pensando en todo eso precisamente cuando, a mi lado en el semáforo, solitario bajo la lluvia y sin un alma recorriendo las calles, se detuvo el BMW plateado.<br />
Veamos, era un pijo, sí, pero no tenía cara de mala persona. Más o menos mi edad, menos canas, más entradas, gafitas de montura plateada, traje y corbata, expresión plácida. En el colegio todo el mundo le zurraba de pequeño, pero había logrado resarcirse merced a su inteligencia, y ahora exterminaba poblados de cazadores-recolectores chulescos desde su alto despacho de alguna multinacional petrolera.<br />
“Bueno, pero seguro que sabe como llegar a la Plaza de la Diputación”, me dije. Bajé la ventanilla. El eco poderoso de la música germano-invasora debió ser lo primero que le llegó, vibrando brutal, ligeramente maquinera, sobre los cristales de su ventanilla.<br />
- ¡¡Oiga, joven…!! -grité. Quizá hubiera sido buena idea bajar la música, porque yo mismo no me oía bien, y supongo que al subir el volumen de mi voz mi rostro debió parecer de todo menos conciliador. Decidí pasar a un cierto grado de familiaridad, para darle confianza al hombre, sin apartar los ojos de su cara y buscando a tientas el mando de bajar la puta música- ¡¡Atiende…!! ¡¡Ehhhhhh&#8230;!!<br />
Entonces me fijo en su rostro por primera vez, iluminado por las farolas, la sumbra de cuya luz me mantiene a mí en penumbra.<br />
El hombre me mira con los ojos abiertos como platos. Puedo ver como le tiembla el labio inferior, y en ese detalle atisbo por un segundo lo que <em>él está viendo.</em> De pronto parece tomar una decisión desesperada, y no solo no abre la ventanilla, sino que acelera, derrapando sobre el asfalto mojado, los chorropocientos caballos de su obra de arte de la ingeniería alemana huyendo a toda leche.<br />
Yo al menos esperé a que el semáforo acabara de ponerse en verde. Luego, lo reconozco, aceleré detrás suyo con muchísimos menos caballos, una ingeniería alemana de andar por casa y una ominosa confusión entre la que iba abriendose paso lentamente una cierta sensación de otredad, la posibilidad, por un instante, de contemplar los hechos y apariencias, con toda su cruel evidencia, desde los ojos del <em>otro</em>.</p>
<p>Vas tranquilamente en tu coche por la ciudad. Llueve. Hace una noche de mil demonios, hay truenos y relámpagos en el cielo y no se ve un alma por las calles, probablemente porque tira un viruje húmedo que pela. Mala noche para no ser un rey de la creación, un tipo al que le van bien las cosas y que no tiene ya calefacción en la maravilla mecánica que conduce&#8230; No, tú tienes climatizador, qué cojones. Eres el puto amo. Seguro que el zoquete aquél que te curraba en los recreos cada vez que su única neurona cortocircuitaba vende ahora seguros de hogar por una comisión de mierda en una oficina de mala muerte del extrarradio, y tiene una placa eléctrica vieja por todo solaz en las noches de invierno. Sonríes satisfecho a pesar de la hora y el clima. Y entonces lo oyes.<br />
No lo has visto venir, pero ahí está. Probablemente no has reparado en el coche por viejo y porque no brilla, y ese ha sido tu error, como en las películas de adolescentes y asesinos en serie que echan en tu tele por cable. Lo has oído demasiado tarde, o hubieras girado en otra calle, o te hubieras colocado detrás, fuera de la trayectoria directa de sus ojos.<br />
Pero ahora está ahí. El motor echa humo. Resuena, como si rugiera, conteniendo con su estrépito mecánico una extraña música que parece esperar agazapada. Y tiene además esas ruedas enormes, gigantescas, amenazadoras, unas ruedas que no pueden ser legales en este país, y cuya mera existencia parece indicar claramente lo poco que le importan a sus conductor las reglas que conciernen al resto de los mortales.<br />
Entonces se abre la ventanilla del lado del acompañante, y la música llega con más claridad. Es una especie de rock satánico mezclado con música de sacristía, y hay un tipo que grita cosas que parecen terribles en alemán. Sospechas que se trata de algún extraño grupo satanista nazi que solo un alienado podría encontrar estimulante en una noche semejante.</p>
<p align="center"><object width="425" height="349"></object></p>
<param value="http://www.youtube.com/v/iHahMGj657Q&amp;hl=es&amp;fs=1&amp;border=1" name="movie"></param>
<param value="true" name="allowFullScreen"></param>
<param value="always" name="allowscriptaccess"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/iHahMGj657Q&amp;hl=es&amp;fs=1&amp;border=1" allowfullscreen="true" allowscriptaccess="always" type="application/x-shockwave-flash" width="425" height="349"></embed>   Y de pronto lo ves. Está ahí, agazapado en las sombras. Ha soltado el volante, y sus manos te han parecido por un instante enormes garras negras, pero sabes que eso no es posible. Se mantiene cuidadosamente oculto en la sombra de los haces de luz de la calle, pero te habla, o te grita, más bien. Se inclina ligeramente. No puedes ver su rostro con claridad, sólo la perilla entrecana, las facciones cuadradas, la camisa azul, los brazos peludos… y la sangre se te hiela en las venas cuando ves los guantes negros, tensos, que se abren y se cierran, y te hacen lentas y extrañas señales.<br />
Te grita otra vez. No distingues lo que dice entre los bramidos en latín y alemán de la música pero está claro que te ha señalado. Entonces abre más la boca, enseña los dientes, grita de nuevo. Distingues algunas sílabas, algo así como “vveennn…” y “endeeeee…”. Ende. Es alemán. Te está diciendo que estás acabado.<br />
A tomar por el culo el semáforo, piensas, y aceleras como si el diablo te arañara la espalda.<br />
Y entonces ves, aterrado, como la bestia arranca, y las gigantescas ruedas chirrían como si fueran de hierro sobre la calle mojada, llevando a la mole granate detrás tuyo.</p>
<p>No sé en ese momento qué es lo que me incita a ir detrás suyo -obsérvese con qué tiento evito utilizar la palabra “perseguir”- y aclararle que no soy ningún loco neonazi pirado, que sólo quiero saber el nombre de una calle. Sé que es raro, extraño, inoportuno y probablemente imprudente, pero mi sentido del Orden Adecuado de la Creación me impide dejar las cosas así. De modo que lo sigo unos metros con la correa del ventilador floja soltando unos aullidos estremecedores por las calles solitarias mientras maldigo al mecánico, que se supone la apretó para salir de viaje.<br />
Es evidente, sin embargo, que no voy alcanzarlo. El BMW se pierde ya al final de la avenida, girando en una calle por la que sospecho, por su colocación inicial en el semáforo, no tenía inicialmente ninguna intención de meterse.<br />
Veo entonces un cartel que no podía ver desde donde estaba detenido antes que me indica la dirección de la Ría, y eso me da ya alguna idea de dónde estoy. Giro siguiendo sus indicaciones, hago una rotonda, cruzo una ancha avenida y veo ya a lo lejos los familiares edificios de la plaza a la que me dirijo, y reconozco las calles por las que suelo llegar cuando voy otras veces.<br />
La calle es ancha, dos carriles en cada sentido. Llego a un cruce, me encuentro un coche esperando en un semáforo solitario, me asombro ante las casualidades de la vida y dejo que el mío se deslice suavemente, sin acelerar, deslumbrando al otro con los focos hasta situarme a la altura del conductor, que habla por el móvil, nervioso, con la ventanilla abierta.<br />
Cuando me reconoce parado a su lado abre los ojos como en un espasmo, y se pone blanco como una sábana, asi que me apresuro a decirle algo antes de que le dé un ataque.<br />
- Pero hombre de dios, que sólo le preguntaba cómo se llegaba a la Plaza de la Diputación&#8230;</p>
<p>Vuestro, afectuosamente…</p>
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