Noviembre 18th, 2008
Casi siempre es culpa de Rudy
Y conste, para ser justos, que no diré que siempre, porque el índice de cosas raras que me ocurren supera con mucho las capacidades humanas e invocatorias del acusado. Pero sí a menudo. Bueno, de vez en cuando.
Pero dejaré que sea el amable lector, en todo caso, quien lo juzgue.
Todo comenzó en la fiesta de Halloween de este año. Había sido un día agitado por los preparativos y las prisas, y no conseguí salir de la ducha hasta unos minutos después de que todo el mundo hubiera llegado. La música estaba sonando, y la multitud competía con toda clase de objetos afilados por dar cortes asesinos a las pobres castañas destinadas al horno.
- Tengo algo para tí, puntu -me dijo el interfecto, al tiempo que me alargaba un CD. El nombre del grupo, o el título, aún no lo sabía, parecía un pseudo-latinajo, y no me sonó de nada.
- ¿E Nomine…?- un tipo enorme vestido de la Muerte intentaba infructuosamente engancharme por el cuello con su guadaña, y acertaba una y otra vez en mis piños, haciendo dificil la conversación. -¿De qué va?.
- No sé, son una cosa muy rara. Un grupo medio medieval, medio gótico, medio oscuro… no sé, los encontró Felicidad. Son alemanes -terminó, como si eso lo explicara todo.
Alguien había puesto ya música -de hecho, siempre que pregunto últimamente quién ha puesto la música que suena en mi casa en una farra, se me responde que ha sido Gorin, y lo advierto: si alguien pone siquiera un atisbo de perplejidad, juro que le partimos las piernas- y decidí no cambiarla de momento. La noche iba a ser larga, y mi intriga podía esperar, cosa que hizo durante un par de horas sin mayores problemas.
Cuando alguien puso el disco yo estaba ya a otra cosa. De hecho, me jugaba los cuartos con una baraja de póker frente a una reunión de ratas traidoras y sibilinas, mercaderes fenicios, viejos zorros, troleros, fulleros, megalómanos y traidores capaces de sacarte hasta el alma por ganar una mano de treinta céntimos. Tengo que decir, no obstante, que fué una buena banda sonora, y que acompañó dignamente al hecho de que el único hombre honrado de la mesa se alzara triunfante, y pagara parte del alcohol consumido esa noche con los frutos de su esfuerzo.
Atención, lo que se dice atención, no le presté mucha, o al menos no la misma que si la hubiera escuchado solo, en silencio y sin distracciones. Lo cual hizo, supongo, que no acabara de medir muy bien las consecuencias de lo ocurrido más tarde.
Y ahora vamos a ello. El viernes pasado me hallaba de viaje a altas horas de la noche, rumbo a cierta ciudad del Norte -el norte para casi todos vosotros, ya que para mí está más bien al Este- bostezando como un cenutrio y dandome cuenta de que los años no pasan en balde. Conducir de noche me cansa, y más si es al final de una semana particularmente estresante, y llega un momento en que ni siquiera una dieta de Red Bull sostenida durante horas es suficiente para mantenerme tan atento y despejado como debiera. Lo cual significa que hay que empezar a parar, y odio que los viajes se eternicen de gasolinera en gasolinera a base de cafés solitarios.
Por otra parte, tengo un problema con el calor. Hay algo en mi refrigeración natural que no acaba de funcionar como es debido, y el calor me mata. El otoño y el invierno me alivian un poquito, pero no lo suficiente, de resultas de lo cual voy por el mundo arremangado y bufando todo el maldito día. Además, el calor me adormila, y eso, cuando uno conduce de noche, puede ser un problema mortal.
De modo que iba, a pesar del relente polar y húmedo de la noche, con la ventanilla completamente abierta. En todo caso, y si está muy frío, siempre puedo poner también la calefacción. Pies calientes y cabeza fría, he ahí el secreto de una vida larga y provechosa.
El problema son las manos. Curiosamente, a pesar de tener casi siempre calor, las manos se me enfrían enseguida. Las tengo delicadas, además -como todo yo, en realidad- y llegan a dolerme de frío. No obstante, el hombre prudente que conozca sus carencias no sufrirá en vano los embates del destino, y tengo unos guantes cojonudos, de esos con pelillo por dentro, negros, desgastados, cómodos y dados de sí hasta la exquisitez.
Además, me quedan de puta madre. Me favorecen. Me dan un toque. Que demonios, a veces pienso que merecería la pena sufrir una pequeña glaciación sólo para que yo pudiera ponérmelos en verano…
De modo que si alguna vez os dejáis caer por las carreteras comarcales del norte y veis un 4×4 dando tumbos con un tipo al volante que conduce arremangado y con guantes, es probable que sea yo, y no será ningún anuncio agorero de esos de la DGT que te impiden tragar la sopa porque estás a punto de llorar. He de decir, en descargo de mis vecinos y habituales, que pocas veces llevan su opinión más allá de un levantamiento de cejas en los semáforos…
No en vano somos una región de particular tolerancia.
Pero no estamos aquí para hablar de Geografía Humana. Estaba recorriendo pues autopistas en una noche más invernal que otoñal cuando, poco antes de llegar a mi destino, recordé el CD famoso de los alemanes raros, y un poco harto de escuchar el mismo tipo de música todo el camino, decidí cambiar el disco y probar con ellos en medio de una noche tormentosa (me gustan las tormentas, a veces salgo de casa sólo para verlas en todo su esplendor). Y unos minutos más tarde, el nuevo disco sonaba en la autopista solitaria, objeto de toda mi atención.
Tengo que decir que el cambio me vino bien. La música era extraña. Tenía marchilla, una cierta cadencia. Provocaba una extraña euforia. No diré que uno se imaginara a la cabeza de una larga y veloz columna blindada penetrando en un país distinto como una espada de acero silenciosa en las sombras de la noche, pero casi. Crucé la divisoria de autonomías pensando en enseñarles el verdadero significado de la palabra anexión cuando, al llegar a un cartel de señalización, me dí cuenta de que a) estaba invadiendo ya el casco urbano de la ciudad y b) me había perdido con mis tanques…
Odio los GPS, todo el mundo lo sabe. Hasta el nombre comercial que se ha hecho genérico de Ton-Ton me parece insultante. ¿Que ha sido del trato humano, de la pregunta fortuita, del encuentro casual, de la incertidumbre del viajero…?¿Cuando nos hemos convertido en sirvientes obedientes de la última bazofia tecnológica que, huy, que cosas, no sabía que aquí había comenzado una obra? Puagh.
Estaba pensando en todo eso precisamente cuando, a mi lado en el semáforo, solitario bajo la lluvia y sin un alma recorriendo las calles, se detuvo el BMW plateado.
Veamos, era un pijo, sí, pero no tenía cara de mala persona. Más o menos mi edad, menos canas, más entradas, gafitas de montura plateada, traje y corbata, expresión plácida. En el colegio todo el mundo le zurraba de pequeño, pero había logrado resarcirse merced a su inteligencia, y ahora exterminaba poblados de cazadores-recolectores chulescos desde su alto despacho de alguna multinacional petrolera.
“Bueno, pero seguro que sabe como llegar a la Plaza de la Diputación”, me dije. Bajé la ventanilla. El eco poderoso de la música germano-invasora debió ser lo primero que le llegó, vibrando brutal, ligeramente maquinera, sobre los cristales de su ventanilla.
- ¡¡Oiga, joven…!! -grité. Quizá hubiera sido buena idea bajar la música, porque yo mismo no me oía bien, y supongo que al subir el volumen de mi voz mi rostro debió parecer de todo menos conciliador. Decidí pasar a un cierto grado de familiaridad, para darle confianza al hombre, sin apartar los ojos de su cara y buscando a tientas el mando de bajar la puta música- ¡¡Atiende…!! ¡¡Ehhhhhh…!!
Entonces me fijo en su rostro por primera vez, iluminado por las farolas, la sumbra de cuya luz me mantiene a mí en penumbra.
El hombre me mira con los ojos abiertos como platos. Puedo ver como le tiembla el labio inferior, y en ese detalle atisbo por un segundo lo que él está viendo. De pronto parece tomar una decisión desesperada, y no solo no abre la ventanilla, sino que acelera, derrapando sobre el asfalto mojado, los chorropocientos caballos de su obra de arte de la ingeniería alemana huyendo a toda leche.
Yo al menos esperé a que el semáforo acabara de ponerse en verde. Luego, lo reconozco, aceleré detrás suyo con muchísimos menos caballos, una ingeniería alemana de andar por casa y una ominosa confusión entre la que iba abriendose paso lentamente una cierta sensación de otredad, la posibilidad, por un instante, de contemplar los hechos y apariencias, con toda su cruel evidencia, desde los ojos del otro.
Vas tranquilamente en tu coche por la ciudad. Llueve. Hace una noche de mil demonios, hay truenos y relámpagos en el cielo y no se ve un alma por las calles, probablemente porque tira un viruje húmedo que pela. Mala noche para no ser un rey de la creación, un tipo al que le van bien las cosas y que no tiene ya calefacción en la maravilla mecánica que conduce… No, tú tienes climatizador, qué cojones. Eres el puto amo. Seguro que el zoquete aquél que te curraba en los recreos cada vez que su única neurona cortocircuitaba vende ahora seguros de hogar por una comisión de mierda en una oficina de mala muerte del extrarradio, y tiene una placa eléctrica vieja por todo solaz en las noches de invierno. Sonríes satisfecho a pesar de la hora y el clima. Y entonces lo oyes.
No lo has visto venir, pero ahí está. Probablemente no has reparado en el coche por viejo y porque no brilla, y ese ha sido tu error, como en las películas de adolescentes y asesinos en serie que echan en tu tele por cable. Lo has oído demasiado tarde, o hubieras girado en otra calle, o te hubieras colocado detrás, fuera de la trayectoria directa de sus ojos.
Pero ahora está ahí. El motor echa humo. Resuena, como si rugiera, conteniendo con su estrépito mecánico una extraña música que parece esperar agazapada. Y tiene además esas ruedas enormes, gigantescas, amenazadoras, unas ruedas que no pueden ser legales en este país, y cuya mera existencia parece indicar claramente lo poco que le importan a sus conductor las reglas que conciernen al resto de los mortales.
Entonces se abre la ventanilla del lado del acompañante, y la música llega con más claridad. Es una especie de rock satánico mezclado con música de sacristía, y hay un tipo que grita cosas que parecen terribles en alemán. Sospechas que se trata de algún extraño grupo satanista nazi que solo un alienado podría encontrar estimulante en una noche semejante.
Te grita otra vez. No distingues lo que dice entre los bramidos en latín y alemán de la música pero está claro que te ha señalado. Entonces abre más la boca, enseña los dientes, grita de nuevo. Distingues algunas sílabas, algo así como “vveennn…” y “endeeeee…”. Ende. Es alemán. Te está diciendo que estás acabado.
A tomar por el culo el semáforo, piensas, y aceleras como si el diablo te arañara la espalda.
Y entonces ves, aterrado, como la bestia arranca, y las gigantescas ruedas chirrían como si fueran de hierro sobre la calle mojada, llevando a la mole granate detrás tuyo.
No sé en ese momento qué es lo que me incita a ir detrás suyo -obsérvese con qué tiento evito utilizar la palabra “perseguir”- y aclararle que no soy ningún loco neonazi pirado, que sólo quiero saber el nombre de una calle. Sé que es raro, extraño, inoportuno y probablemente imprudente, pero mi sentido del Orden Adecuado de la Creación me impide dejar las cosas así. De modo que lo sigo unos metros con la correa del ventilador floja soltando unos aullidos estremecedores por las calles solitarias mientras maldigo al mecánico, que se supone la apretó para salir de viaje.
Es evidente, sin embargo, que no voy alcanzarlo. El BMW se pierde ya al final de la avenida, girando en una calle por la que sospecho, por su colocación inicial en el semáforo, no tenía inicialmente ninguna intención de meterse.
Veo entonces un cartel que no podía ver desde donde estaba detenido antes que me indica la dirección de la Ría, y eso me da ya alguna idea de dónde estoy. Giro siguiendo sus indicaciones, hago una rotonda, cruzo una ancha avenida y veo ya a lo lejos los familiares edificios de la plaza a la que me dirijo, y reconozco las calles por las que suelo llegar cuando voy otras veces.
La calle es ancha, dos carriles en cada sentido. Llego a un cruce, me encuentro un coche esperando en un semáforo solitario, me asombro ante las casualidades de la vida y dejo que el mío se deslice suavemente, sin acelerar, deslumbrando al otro con los focos hasta situarme a la altura del conductor, que habla por el móvil, nervioso, con la ventanilla abierta.
Cuando me reconoce parado a su lado abre los ojos como en un espasmo, y se pone blanco como una sábana, asi que me apresuro a decirle algo antes de que le dé un ataque.
- Pero hombre de dios, que sólo le preguntaba cómo se llegaba a la Plaza de la Diputación…
Vuestro, afectuosamente…
Noviembre 19th, 2008 at 0:32
Lo tuyo cada vez es más épico, chavalote.
Noviembre 19th, 2008 at 0:49
Homérico, incluso.
Noviembre 19th, 2008 at 9:41
A la par que cuodibético. (Al próximo le toca la terminación -évico. Mucha suerte.)
Noviembre 19th, 2008 at 9:43
Perdón, cuodiblético.
Noviembre 19th, 2008 at 9:43
Cuo-dli-bé-ti-co. A la tercera…
Noviembre 19th, 2008 at 10:33
Si lo pronunciaras en correcto latín te equivocarías menos. Esto es la decadencia de Roma…
Noviembre 20th, 2008 at 7:39
Eso, decaigamos, decaigamos.
Quede claro, que declino toda responsabilidad sobre lo ocurrido.
Lo que no tengo muy claro es cómo la declino, por seguir con el latín.
Noviembre 20th, 2008 at 13:53
Yo sí que me declino. En el wordpress, en la inserción de enlaces, en los vídeos de youtube, en las entradas que desaparecen… Me declino mucho en Su Puta Madre. Harto me tiene esta bazofia.
Y luego, si hay que decaer, se decae. Pero eso sí, que sea la Caídita de Roma, porque decaer por decaer, para nada, es tontería.
Noviembre 28th, 2008 at 23:48
Plas, plas, plas. Qué ritmo, qué intriga, qué suspense…