Enero 21st, 2009
El día de la Mujer de Alabama.

Hoy, supongo, habrá una gran fiesta en Washington. Una de esas fiestas a las que se supone “asiste todo el mundo”, y en la que, sin embargo, habrá una ausencia. Alguien no podrá asistir por poco. Exactamente por tres años, dos meses y veintisiete días. Los que median entra la muerte de una mujer llamada Rosa Parks y la proclamación de Barack Hussein Obama como cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América.
La verdad, sin embargo, es que sufría demencia senil desde 2002, y probablemente no se hubiera enterado. Lo cual habría sido una lástima, pues pocas personas vivas o en el mundo habrían detentado jamás de un modo tan claro el derecho a estar presentes en una ceremonia como la de hoy.
Rosa Parks se ganó ese derecho el 1 de diciembre de 1955 al subir al autobús -concebido según las leyes John Crow de segregación- que la llevaba de vuelta a casa desde su trabajo en Montgomery, Alabama. Según esas leyes, Rosa debía subir al vehículo por la puerta delantera para pagar su billete al conductor, volver a bajar para no pasar por el pasillo de la parte delantera (reservada a los blancos), entrar por la puerta de atrás y sentarse en los asientos reservados a la gente de color. Las cuatro primeras filas de asientos estaban destinadas a los viajeros blancos, y las diez últimas a los usuarios negros que, curiosamente, eran quienes sostenían con su uso masivo el transporte público. Los asientos intermedios podían ser ocupados por los negros si ningún blanco los ocupaba, pero debían ser cedidos por sus ocupantes -toda la línea- si un solo viajero blanco deseaba sentarse. Rosa estaba en esa simbólica frontera de la segregación cuando el conductor pidió a los ocupantes de su alineación que se levantaran para cederla a un único viajero blanco que ni siquiera lo había pedido.
Según escribió más tarde en un libro que contaba su vida, aquél día había dejado pasar un autobús anterior porque estaba demasiado lleno. Tenía 42 años, y en sus palabras, no estaba demasiado cansada.
Solo estaba cansada de ceder.
Cuando el conductor amenazó con hacerla detener, Rosa le dio una respuesta extraña: “¿Por qué todos ustedes están empujándonos por todos lados?”. El conductor probablemente no supo qué decir a eso, y decidió llamar a la policía.

Por supuesto, ninguno de ellos –Rosa, el conductor, el pasajero blanco que no había dicho nada, la propia policia- era consciente de lo que se estaba iniciando. Y sin embargo, estaba en marcha desde el mismo instante en que algo estalló en el interior de la mujer y dijo “no”. Rosa pasó la noche en el calabozo y pagó una multa de catorce dólares para volver a casa. Un joven pastor bautista de Alabama llamado Martin Luther King inició entonces una serie de actos y protestas, convocando reuniones y comités y extendiendo la indignación a toda la nación. Los negros dejaron de utilizar los autobuses públicos durante más de un año, llevando a la compañía a la bancarrota. Y cuando el Caso Parks llegó al Tribunal Supremo de los Estados Unidos, el principio establecido en una antigua Declaración, más antigua que la propia nación (un texto escrito por el dueño de una plantación de esclavos de Virginia) hizo que el Tribunal se pronunciara en la única dirección posible, estableciendo claramente la inconstitucionalidad de la segregación, y haciendo que el gobierno la prohibiera en todos los lugares públicos de la nación. Y ya nada pudo detener el proceso que, en cierto modo, culmina hoy.
¿Y a que viene todo esto, se preguntará alguno?
Aunque nunca he compartido ese sentimiento de antiamericanismo militante que tan popular se hizo en los setenta y que aún hoy resulta imprescindible para que te den el carnet de Auténtico Progre Presentable en Sociedad (APPS), los norteamericanos a menudo me crispan, lo reconozco. Tienen un montón de cosas que me sacan de quicio, algunas de las cuales son en buena medida fruto de su propio empeño en ser como son, y otras que nacen, me temo, como consecuencia de aquellos rasgos de su carácter que también los constituyen en sus virtudes.
Por otra parte, supongo que a menudo los contemplo, como muchos de los europeos que se consideran poseedores de cierta culturilla, con una mal disimulada suficiencia, con esa extraña condescendencia que otorga ser y saberse parte de un algo más reposado y antiguo, como si el hecho de pertenecer a una nación de más de 500 años de historia proporcionara automáticamente a sus habitantes la clase y distinción que la realidad nos niega en cuanto nos damos una vuelta por un centro comercial o encendemos la televisión. Y supongo que aún así sigo convencido de que somos distintos, un poco más sofisticados, un poco más pacientes, con un poco más de estilo, menos prepotentes y un tanto más concienciados. Un poquito más cerca, sólo un poquito, de un supuesto punto de equilibrio social deseable al que aspiran los pueblos civilizados.
Y si lo pensamos, hasta es posible que alguna vez hayamos hablado en público -y nos hayamos comportado- como si de verdad pudiéramos mirar a toda una nación -un nación enorme en todos los sentidos- un poquito por encima del hombro.
Pero hoy no. Hoy creo que no.
Hoy, 233 años después de que el hombre de Monticello que tenía una esclava negra llamada Sally Hemmings escribiera “que todos los hombres son creados iguales, y que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables”; 144 años después de la Decimotercera Enmienda; 54 años después de que Rosa Parks se negara a levantarse de su asiento en el autobús… las cosas han cambiado un poco.
Hoy, la verdad, no me siento con narices para mirar por encima del hombro a un país que hace apenas ocho años era atacada en su corazón por hombres procedentes de una cultura y una religión características y fácilmente identificables, y que sin embargo es capaz de elegir como su presidente a un hombre que se llama Barack Hussein. Para ser una nación supuestamente llena de prejuicios, no puedo por menos que admirar su capacidad de ver más allá y desprenderse de ellos en extraños instantes de grandeza. Son la misma nación protagonista de las abominaciones de Abu Ghraib y Guantánamo, me recuerdo a mí mismo. Y de la más feroz oposición a ambas monstruosidades, me digo a continuación. Y entonces me asombran aún más.
Porque tengo que confesar que, muy a mi pesar (y probablemente muchos APPS habrán pensado lo mismo alguna vez, aunque se hayan guardado muy mucho de decirlo) a veces me alucinan. Sobre todo cuando te plantan delante de la cara, de un modo casi ofensivo, la evidencia de que su viejo ideario, ése que dice que la vida allí no será fácil, ni justa, ni cómoda, ni segura, pero que tendrás una oportunidad, se cumple de forma tan evidente.

De modo que así están las cosas. Puede que algún día veamos a un gitano en la Moncloa o al hijo de un inmigrante argelino en el Elíseo, pero de momento me parece difícil. Entre tanto, me temo, tendremos que buscarnos otra excusa más convincente para considerarnos estupendos, y hallar en alguna parte el consuelo que nos permita pasar cuanto antes esta amarga pildorilla de humildad.
Pero que nadie se preocupe. Somos demasiado europeos para que el efecto nos dure mucho.
Vuestro, afectuosamente.
Enero 21st, 2009 at 7:54
Una gran entrada, tío. De las mejores que te he leído.
Enero 21st, 2009 at 8:04
Totalmente de acuerdo con todo, muy bueno.
Enero 21st, 2009 at 11:11
Cuando te pones, te pones, sí señor.
Enero 24th, 2009 at 14:01
Estoy en completo desacuerdo. Tendrás una oportunidad si no eres ateo , si lo declaras públicamente y estás orgulloso se ello. Si algún candidato hiciese una declaración así jamás ganaría unas elecciones, en cualquier circunstancia concebible.
Esto se extiende a madres solteras, divorciados, etc. Y es que Los Estados Unidos de América son la mayor teocracia del mundo.
Enero 24th, 2009 at 21:58
Cuando dije “tendrás una oportunidad” no me estaba limitando a la política en absoluto.
Y en el aspecto político, si la mayoría del país es religiosa, tiene todo el derecho del mundo a pedir y elegir líderes con creencias religiosas. La democracia tiene esas cosas, cuando la mayoría piensa o siente de un modo distinto a uno, sigue siendo el menos malo de los sistemas, aunque el resultado no nos guste.
Enero 26th, 2009 at 9:50
Porque sabemos que nuestra herencia multiétnica es una fortaleza, no una debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes - y de no creyentes. Estamos formados por todas las lenguas y culturas
Creo que es significativo que el nuevo presidente de Estados Unidos hable precisamente de los no creyentes como una de las cosas que le dan fortaleza a su país.
Enero 27th, 2009 at 20:35
Lo es, de hecho fue lo único del discurso de Obama que me llamó realmente la atención.