Noviembre 13th, 2009
La Sabiduría del Recuerdo: la UE, el Muro, la SGAE y Dalton Trumbo.
Hace tan sólo unos días -tú también lo habrás leído en la prensa, estimado y abandonado lector- el parlamento de la Unión Europea aprobaba el marco legal que permitirá a los gobiernos que lo deseen autorizar el corte de la conexión a internet de aquellos usuarios que usen dicha conexión para enviar o recibir “contenidos protegidos”. Sin necesidad de orden judicial, aunque “mediante procedimientos justos y equitativos” que el parlamento, por cierto, se guardó mucho de detallar.

Probablemente los lectores inteligentes de este blog no necesiten que yo les explique qué oscuras puertas y que aterradoras posibilidades se abren para los ciudadanos de la Unión con esta “inocente” medida. Probablemente los intelectuales y artistas -y las asociaciones que en su nombre se han atribuido la gestión de esos derechos- que hoy respaldan y aplauden con entusiasmo esa posibilidad normativa, provocada, buscada y forzada por ellos, no sean conscientes de la Caja de Pandora que han abierto, y que probablemente termine por devorarles algún día. Dudo que, al retintín del dinero cayendo en sus bolsillos, se hayan parado a pensar en las implicaciones y posibilidades de esa herramienta de censura y control que acaban de crear, y me pregunto si alguno de ellos ha oído hablar de cierta historia que comenzaba con unos derechos y un plato de lentejas (probablemente no).
Casualmente, hace sólo unos días se celebraba también, siempre con el correspondiente boato y alegría, el aniversario de la Caída del Muro de Berlín. Las cosas que hemos podido oír y ver estos días han sido cuando menos curiosas. Ha habido documentales, entrevistas, tertulias y comentarios a porrillo. Se han podido oír y ver cosas hilarantes (las tertulias de “expertos en todo” de este país parecen un permanente Festival del Humor), aterradoras por la ignorancia subyacente o directamente hirientes. Desde una celebración casi obscena del triunfo del capitalismo, donde se decía a las claras que ya no hacía falta mantener a los trabajadores medio contentos a causa de la Tentación del Este, hasta un lamento por la desaparición de la estabilidad que había significado la Guerra Fría.

Al parecer, que las mejoras sociales en el oeste mientras existía el Telón de Acero fueran obtenidas al precio de la desesperanza y la pérdida de libertad en la otra mitad de Europa no parecían un precio excesivamente alto para algunos comentaristas “ de izquierdas” del mundo occidental, que atribuían la desaparición de los trabajos sindicados y las mejoras salariales continuas en USA y en algunos países occidentales a la desaparición de la amenaza comunista. Casi en la misma onda, aunque esta vez desde una perspectiva de satisfacción imposible de disimular, algunos comentaristas del nuevo conservadurismo duro celebraban la posibilidad de acabar con tantas contemplaciones sociales y la posibilidad de volver a la senda del capitalismo manchesteriano, convertido en Vía Única e Incontestable una vez demostrada la “imposibilidad de los modelos socialistas”. La satisfacción desbocada de algunos de estos comentarios les hacía olvidar, por un momento, la que está cayendo sobre el mundo en estos momentos, precisamente a causa de las recetas liberales sin control de las que se mostraban tan satisfechos. Que esa prosperidad se levante con mano de obra infantil y en condiciones que rozan la esclavitud extrema en algunos países de las llamadas Economías Emergentes tampoco parecía preocuparles demasiado. Lo cierto es que, si nunca les ha preocupado en absoluto, menos lo va a hacer precisamente cuando están de fiesta.
Y sin embargo hubo gente al otro lado de ese Telón de Acero que resistió. Si no en la calle, sí en su mente. Sí en pequeños actos. Sí en ideas transmitidas a pesar del miedo, de las perseciones, de la desconfianza y de la delación. Lo que nadie dice, lo que nadie recuerda, lo que nadie destaca, es que no fueron los ciudadanos de la parte occidental quienes lo derribaron, sino aquellos a los que el muro encerraba. Lo que nadie destaca, a pesar de que las imágenes son claras, es que hubo gente al otro lado del Muro que nunca se rindió. Y que fueron ellos quienes lo derribaron.
Curiosamente, hace tan solo unas horas saltaba a los medios la polémica despertada por la supresión en Youtube del canal de la revista satírica El Jueves. Un equipo de abogados especializado en tales lides, contratado por autoproclamado aunque indefinido artista Ramoncín (pocas veces ha sido tan dignamente usado un diminutivo) se encargaba de dicha supresión. Al parecer, las plataformas de contenidos de internet son de una endeblez pasmosa, y basta con hacer un ¡¡Bhuu!! Para que supriman de inmediato el contenido que sea, sin entrar en averiguaciones de si tal contenido merece ser suprimido o no. Es una circunstancia que vemos a diario en otros entornos, como Facebook, y que parece responden a la política del pragmatismo sin disimulos de “no te comprometas, no te busques líos, no te impliques, lo que sobran son usuarios, si quieren derechos que se compren un poste…”. La red se está convirtiendo, tanto en el aspecto comercial como en el del uso, en un gigantesco monumento a la expresión “Es lo que hay”. Vamos, que si no te gusta, te jodes.
Todo esto resulta preocupante por varias razones. Algunas tienen que ver con la naturaleza de la red, contradictoria y extraña donde las haya, en ciertos aspectos una amenaza creciente para el capitalismo clásico y en otros uno de los campos libres de normativa donde éste puede desarrollarse como en los viejos buenos tiempos de la desregulación total. Por otra parte, el intento regulativo, en lugar de luchar por frenar estos excesos que atentan contra los intereses de los ciudadanos (consumidores) y sus libertades básicas –expresión, información, asociación, etc- lo que intenta desesperadamente es asegurarles a los propietarios su dinero –y el que no es suyo- por encima de todo, aplicando la máxima de prohibir y cobrar primero y preguntar y averiguar después. El Artista Anterior y Justamente Llamado Ramoncín es uno de los representantes menos afortunados de una entidad privada que gestiona derechos a troche y moche, sean suyos o no (en Asturias está intentando cobrar a los ayuntamientos por las interpretaciones tradicionales de los pasacalles, y la SGAE anima a artistas y compositores a hacer pequeñas variaciones sobre esas composiciones tradicionales para así poder registrarlas como propias y que ella pueda cobrar derechos por la música tradicional). Para lograrlo, estos antiguos representantes de la progresía y la transgresión recurren a cualquier recurso, incluidos la intimidación y el espionaje, y los sucesivos gobiernos de este país, lejos de frenarles, han apoyado con la carga legislativa que fuera necesaria lo que no deja de ser una intervención descarada en lo público de un grupo privado que defiende los intereses de apenas un 1,5% de la población. Es de suponer que a los gobiernos tal conducta les está resultando rentable, como mínimo en cómplices silencios, y de lo que caben pocas dudas es de que a los responsables de la SGAE, antiguos artistas con una trayectoria como mínimo breve y poco lucida, también.

¿Y como ha sido posible esto, en una sociedad libre y supuestamente democrática? Pues es bastante sencillo. Con dinero. Con poder. Con la capacidad de convocar a los medios y hacerte oír (esta misma mañana El Artista Anterior y Justamente Llamado Ramoncín estaba invitado en un programa de máxima audiencia de una de las grandes cadenas de televisión nacionales, recurso al que El Jueves, a pesar de ser una revista de tirada nacional, no tiene acceso para explicarse en igualdad de condiciones, por ejemplo). Y porque si eres un particular y te resistes, los abogados de la SGAE se echarán sobre ti, patrullando los juzgados y llevando a pequeños bares y comercios a gastos legales de defensa que no pueden asumir. Si eres un pequeño ayuntamiento, estarás en lo mismo. Y si eres un artista que no está de acuerdo y está empezando, o alguien que no genera grandes taquillas ni tiene una gran fama… Bueno, la SGAE ha sido dotada de la facultad legal de intervenir, por ejemplo, en la confección y legalización de las entradas en cualquier evento del país, de modo que si se te ocurre protestar, o manifestarte en contra de su política, igual te encuentras con que no puedes actuar. No puedes dar conciertos. No obtienes los permisos correspondientes. Se fijarán en ti.
Y puede que te cierren un canal en Youtube. O que te apunten en una lista.
Hace algún tiempo me vi en la extraña tesitura de tener que explicarle a un grupo de gente más joven e inteligente que yo (si, ya sé, lo tanto lo primero como lo segundo son circunstancias cada vez más comunes) en qué había consistido la Guerra Fría. Empezando por la caída del Muro de Berlín tuve que retroceder hasta la crisis de Cuba, Vietnam, Corea, La II Guerra Mundial… cuando me di cuenta, estaba en el Tratado de Versalles. Supongo que me enrollo, me lio, me pierdo y me explico muy mal.
Creo que me encontraría en una tesitura muy parecida si tuviera que explicarle a alguien qué es una lista negra. Que fue la Lista Negra. Como funcionaba, a quien afectó, como modificó la vida de mucha gente, y la cultura, la historia, las costumbres y los sueños de buena parte del mundo occidental. Sus consecuencias, de hecho, se arrastran hasta hoy. Y supongo que en buena medida pueden repetirse, en menor o mayor grado.

Por suerte la casualidad acudió en mi ayuda, y hace unos días tuve ocasión de ver en Canal + un magnífico documental sobre Dalton Trumbo y la Lista Negra. Cualquier cosa que yo pudiera decir respecto al hilo de esta entrada sobre las relaciones Este-Oeste, el mundo que se fue con el Muro, la libertad de expresión y pensamiento, las maniobras de los poderes fácticos para intentar privar al hombre de esas libertades, la importancia de conocer la historia para verlos venir e impedir que esas maniobras se repitan tan fácilmente… se queda corta ante el documental, que es magnífico, y las circunstancias que en él se relatan superan con mucho la breve e imperfecta exposición que yo pudiera hacer aquí. Y está, además, lleno de textos que Trumbo escribió en esas circunstancias, tanto pequeñas piceladas de guión como sus menos conocidas Cartas, y de los que dejo un pequeño ejemplo a continuación:
[…] He repartido periódicos, vendido verduras, he sido dependiente, camarero, he lavado coches, he recogido fruta, he remojado cadáveres infectados, he apaleado remolacha, cargado de hielo camiones, he tendido raíles de ferrocarril, he sido reportero en periódicos, he trabajado ocho años en el turno de noche de una gran fábrica.
He mirado a muchos rostros estadounidenses. Los he visto mientras el fuego antiaéreo estallaba en torno a ellos a 9.000 pies sobre Japón, en una trinchera de Okinawa observando el cielo nocturno para ver dónde caería la próxima bomba, en una lancha de desembarco mientras avanzaban hacia una playa que se sacudía más violentamente que las aguas por las que navegaban.
He aconsejado a una prostituta en libertad provisional cómo podía escapar de un policía que la había trincado y le estaba robando la mitad de sus ganancias y la enviaba a sus amigos con tarjetas de cortesía que les daban derecho a acostarse con ella gratis.
Luis B. Meyer me ha preguntado que por qué no tengo religión, y un alto cargo del Departamento de Estado cómo es que trabajaba con “esos judios de Hollywood”.
He visto rostros estadounidenses en una iglesia congregacionista de New Hampshire, donde un colega y yo viajamos con una escolta de estudiantes. He visto sus caras en un sindicato de mineros de Duluth una noche en la que el viento que venía del lago traía la nieve de una forma tan furiosa y en tal cantidad que los coches no se podían usar. Todos fueron andando a la reunión.
He visto sus caras en el salón de banquetes de un hotel de Nueva York cuando la Asociación de Libreros Estadounidenses me dio el Premio Nacional del Libro. Y he vuelto a verlos en el jurado cuando todos decían “culpable”, mientras una de ellas lloraba al decirlo.
Los estadounidenses me han desnudado, y he desfilado desnudo con ellos, y ante ellos me he inclinado al mandarme mostrar el ano para que me registraran por si llevaba contrabando. He vivido, y he confiado en ellos, y ellos en mí, con ladrones de coches, abortistas, contrabandistas de alcohol, malversadores y rateros, Testigos de Jehová y cuáqueros.
He estado en un día gris en el cementerio de Iwo Jima de la Quinta División de Marina y he visto las tumbas de 2.198 estadounidenses. Y en el centro de las sepulturas, en un delgado mástil blanco sobre un pedestal de cemento, ondeaba la bandera de los Estados Unidos. Y juro que no era la bandera de los delatores. […]
Cualquier persona interesada en temas como la libertad de expresión, la dignidad personal y la capacidad de resistir a las peores presiones en tiempos oscuros encontrará este documental -sí, es un enlace claramente perseguible- de su interés. No tiene desperdicio. Disfrutadlo. Y si es posible, si es humanamente posible resistir, y al parecer así es, no os rindais.
Vuestro, afectuosamente.
Skalagrim
Noviembre 13th, 2009 at 21:26
No podrán controlarlo todo si sigues hablando alto y claro aunque te pierdas.
La libertad asusta y es fácil de encerrar bajo un manto de ignorancia, fácilmente dirigible con tanto ruido mediatico. El episodio protagonizado por Trumbo y los diez de Hollywood es desconocido para muchos, habrá que divulgar más y mejor.A ello nos pondremos
Diciembre 25th, 2009 at 5:36
Como siempre que leo tus post, suelen ser extraña y lujuriosamente inspiradores(en terminos exentos de cualquier banalidad fisica, sino mas bien, propia de impulsos como la esperanza y la justicia), por todo puedo comprender en que discrepo en si en conceptos propios oídos de tu voz, cuanto te conocí.
Pero noto, detras de todo esto y ciertamente de comprender el tapiz de colorido de tus opiniones, que, como todo hombre sujeto a un grupo que tiende a unificar una sola voz, cualquier opinión disidente suele ser considerada reprobable, y ciertamente, a poco, punible, o directamente echada a un estercolero.
Pero tengo fe, y creo, ciertamente, que tu también.
nadie es un santo, y algunos viajamos entre los finos hilos del McCarthysmo y la larga lista negra de nuestros desafios al mundo.
Disculpas