Abril 23rd, 2007
Mi inglés, la ingeniería y la Marcha de Brian Boru.
Hay dos cantinelas contradictorias repetidas a menudo entre mis amistades, gente premonitoriamente vengativa (es decir, aficionados a lanzar cuchilladas para vengar las afrentas que tú aún no has cometido, pero con las que sin duda les agraviarás) y que son, a saber, las siguientes: que no tengo ni puñetera idea de inglés, lo cual es motivo de chanza y divertimiento (son así) y, al mismo tiempo, que lo domino secretamente, aunque, por supuesto, yo no he conseguido engañarles (son de un listo…), de modo que me han pillado más de una vez, aunque yo no quiero admitirlo. Y se supone que yo soy una persona contradictoria. Hay que joderse…
Mi postura personal, repetida hasta la saciedad, es que me niego a saber inglés. No sólo que no lo hablo, sino que, aún en el caso de que esto no fuera del todo cierto y pudiera hablarlo, yo elijo no hacerlo. Es algo consciente, un esfuerzo nacido de la determinación y la voluntad. Y digo que me niego porque los idiomas me “entran” con una desesperante facilidad, o al menos aquellos que he tenido ocasión de conocer. No soy muy inteligente, pero sí tengo una memoria que probablemente no me merezco, y que funciona especialmente bien para las cosas del lenguaje, quiera yo o no.
La cuestión es sencilla: para combatir la continua colonización lingüística a la que somos sometidos a través de los medios, yo me niego de un modo consciente a aprender -o usar- toda información recibida a través de ese bombardeo sistemático y sobre todo no solicitado. Por supuesto a menudo no lo consigo -pues retengo términos, frases y expresiones aunque yo no quiera- pero allí donde falla la ocasión triunfa la voluntad, y aunque al final lo acabe pillando, me niego a usarlo.
¿Y a qué viene esta obcecación, me dirán algunos? Pues sencillamente, a que yo no lo he pedido. A que si tienes una cierta culturilla todo el mundo asume automáticamente que dominas el inglés. A que todo el mundo lee libros de Martin antes de que hayan salido en España, o ve series bajadas en la mulita antes de que se hayan estrenado aquí, o usa expresiones, hasta frases completas en sus blogs, en las listas de correo, en sus ensayos y artículos, en el messenger y hasta en la vida diaria -¿qué coño hace usando spanglish una estudiante de Albacete, con lo lejos que le queda la frontera del Rio Grande?- y cuando afirmas que tú no hablas, entiendes o lees la lengua de Shakespeare (espera, espera, esta mención no te interesa en este momento), todo el mundo se te queda mirando como si estuvieras loco o fueras subnormal. Como si no se pudiera vivir sin el inglés.
Por si esto fuera poco, están los angloparlantes. Porque basta con hacer un poco de vida social con algunos de los invitados al Salón del Cómic o de la AsturCon (es decir, de la Semana Negra) para darse cuenta de que ellos esperan que todo el mundo sepa hablar inglés, y de hecho es que ya ni lo preguntan. Todo lo más, te repiten las cosas despacito, no vaya a ser que lo que te despiste sea el acento. Y no sé muy bien por qué -sospecho que es un defecto de carácter- basta que alguien asuma que no has tenido más remedio que avenirte a algo para que sea que nones. Ya ves.
Hablando en plata, que a lo mejor podría -que no digo que pueda, sólo que tal vez podría-, pero que no me sale de los Hiperimpulsores…
Hay algunas cosas, sin embargo, que a veces sostengo en el calor de las discusiones, que no son completamente ciertas. Por ejemplo, que no lo haya estudiado nunca.
En realidad soy uno de los últimos alumnos de este país que tuvo como opción de idioma el francés, y ése fue el idioma que me acompañó toda mi vida desde Básica hasta COU, donde un grupo pequeño de supervivientes acabamos prácticamente con su enseñanza cuando nos fuimos.
Al llegar a la universidad aquello se acabó, sobre todo porque, por tradición familiar y otras gilipolleces, acabé matriculado en una ingeniería donde el único idioma -y aquí si admito que cualquier otra cosa hubiera sido ridícula, excepto, tal vez el alemán o el ruso -era el inglés. Así que sí estudié inglés. De hecho incluso tuve varios libros de texto: English for Computers, English for Sciencies & Technologies, English for Engineering Applications y otras bazofias por el estilo. Lo que siempre deseé, vamos.
Sin embargo guardo algunos recuerdos entrañables de aquellas clases. Eran sobriamente impartidas por un sujeto que parecía sacado de una novela de Joyce, un irlandés estirado y pelirrojo, con traje, chaleco y corbata extrañamente conjuntados, como a medio camino entre lo pintoresco y lo eduardiano. Tenía un nombre poético y sonoro, como el de un intérprete de música celta, y me parece que, convencido por la costumbre española, usaba dos apellidos, aunque no estoy seguro de que no fuera un largo nombre compuesto.
El hombre era, se notaba mucho, uno de esos irlandeses divido en dos, partido en el alma entre la algarabía céltica del espíritu y la influencia anglosajona de las formas. Contenido siempre, supongo que por educación, alimentaba ya de buena mañana con unos lingotazos de JB (Etiqueta Negra) el fuego interno que bullía en su sangre irlandesa. Tenía un despacho pequeño, con un gran ventanal y poca pared para sus enormes posters con colinas verdes, pequeñas casitas y vacas peludas que supongo había arrastrado consigo desde su verde Erin para combatir la melancolía cuando le dijeron -o decidió -que iba a vivir en España. A mí siempre me resultaron aquellas imágenes desconcertantemente idénticas a las de las verdes colinas, pequeñas casitas y vacas remolonas -eso sí, no tan peludas- que se podían ver desde su ventana, en el paisaje que rodeaba la escuela técnica por aquél entonces. Nunca supe si él también se había quedado desconcertado por la semejanza, o si en su percepción los verdes, las colinas y las casitas eran completamente diferentes.
Yo no tenía ni puñetera idea de inglés, por supuesto, y el nivel lo marcaban mis compañeros, que después de muchos años de estudio de lenguas bárbaras tenían asumidos como naturales el vocabulario y la gramática que, por supuesto, a mí me faltaban. De modo que yo me pasaba las clases más perdido que otra cosa, intentando pillar algo, lo que fuera, para justificar aquella pérdida de tiempo.
Y al fin un día llegó el día. Estábamos con los sistemas numéricos y las fechas, que eran más o menos otro misterio para mí, cuando aquel hombre, con la cara singularmente ruborizada ese día -lo estaba muy a menudo, pero no creo que fuera tímido- escribió en la pizarra en grandes números una fecha, la de aquel día y la de hoy: 1014, April 23rd.
- Supongo que nadie sabe lo que significa esta fecha… -murmuró, casi para sí, mientras caminaba hacia su mesa para consultar el libro y pasar a otra cosa.
Y entonces levanté la mano. Fue automático. Fue una especie de golpe del destino. Fue una señal enviada por Dios, más alta que una trompeta, menos casual que un trueno, que me decía que mi estancia allí tenía tanto sentido como que me hubiera encaminado hacia la vida monacal ignorando mi naturaleza.
Aquellas vacaciones de semana santa yo había dedicado mi tiempo no a repasar la mecánica de fluidos, las tablas de resistencia de materiales, o la química orgánica, sino a la lectura ávida de una Histoire de l´Ecosse et l´Irlande de Pirenne que había caído en mis manos casi de casualidad, durante un saqueo de libros en casa de un pariente. Prácticamente me lo había bebido, aún estando en francés -en aquella época aún lo hablaba más o menos bien, pero leerlo era otro asunto- y había disfrutado como un enano. Y recordaba, además, que había nada menos que un relato de Robert E. Howard sobre aquello.
El hombre se detuvo al ver el brazo levantado. La clase, que hasta entonces me había ignorado como si fuera una de las taquillas del fondo se volvió en pleno. Y yo, seguro de mí mismo por primera vez desde que pisara aquella Escuela de Arcanas Artes, levanté la voz con Orgullo.
- ¡La Batalla de Clontarf…! -grité, como si hubiera peleado en ella -¡Y la muerte de Brian Boruma!

Toda la clase abrió unos ojos como platos. Alguien cuchicheó “¿esto entra para el examen…?” sin atreverse a romper el silencio. Y mientras tanto, sobre la tarima, el hombre abría los brazos lentamente, levantándolos como si estuviera a punto de volar, como un Supermán de bata blanca y camisa amarilla con corbata de topos y chaleco gris.
- ¡¡Siiiiiiiiiiiiiiiii…!! -gritó, desaforado- ¡Sí, my friend, my brother…! ¡¡The Good Friday!!
Algo se había vuelto salvaje en su mirada. Ya no teníamos delante nuestro a un hombre dividido que, calmadamente, nos aleccionaba sobre la pureza del inglés hablado en Irlanda, preservado de los cambios por la ausencia de invasiones bajo dominio británico. Ya no había compromisos, ya no había imitación, el disfraz anglosajón había caído. Ante nosotros había un celta, con media docena de buenos lingotazos de agua de fuego calentando su alma, que gritaba su triunfo sin importarle quien lo oyera.
- ¡¡La Batalla de Clontarf…!! ¡¡¡EL DÍA QUE ECHAMOS A LOS VIKINGOS DE IRLANDA!!! - gritó, como si él mismo hubiera pateado sus culos daneses fuera de la isla. Y felicitándose a sí mismo, levantó los puños sobre su cabeza, henchido de gozo, en un gesto triunfal.
El efecto de mi destello de erudición se apagó en unos segundos, y todo volvió a la normalidad, pero después de clase el hombre me hizo una señal para que le siguiera, y en su despacho levantamos unos vasos pequeñitos de algún liquido infernal que me hizo lagrimear, y que supongo que no era Té de Brezo ni nada parecido. Tuve que contarle lo que sabía, que brevemente se resume en lo siguiente: desde principios del IX, quizá antes, los vikingos daneses habían caído como una plaga sobre Irlanda, sumiéndola en el saqueo, destruyendo la rica cultura de las comunidades monásticas y asentándose en numerosos puntos fuertes y puertos -los nórdicos fundaron Dublín -desde los que ejercían un dominio creciente que amenaba con sojuzgar toda la isla. Y que así habría sido de no ser por algunos guerreros y jefes, el mayor de los cuales, Boroimhe, luchando con ellos desde su juventud, se hizo con el reino de Munster (uno de los cuatro antiguos reinos irlandeses) hasta ser coronado en 1001 como Brian Boruma, Alto Rey en la Colina de Tara. Y que desde allí, en 1014, partió el ejército que expulsaría de Irlanda a los daneses al derrotarles en Clontarf, aunque ello le costaría la vida al ser asesinado por unos fugitivos nórdicos que escapaban de la batalla. Por supuesto, en la cultura irlandesa es una figura mítica, como podéis comprobar en esta marcha tradicional del siglo XI. En cuanto a la ilustración, pertenece a otro regalo llegado desde Irlanda, un magnífico libro de ilustraciones de Jim Fitzpatrick, Erinsaga. Disfrutadlas.
Mi estancia en la escuela fue más divertida de lo que los inicios habían permitido suponer. Con el tiempo desarrollé en ella algunas actividades de provecho y enjundia, que abarcaron desde un humilde inicio en ciertas prácticas pseudomafiosas hasta la construcción de poderosas máquinas de asalto medievales que fueron causa de gran consternación y gozo (consternación de los vecinos y la dirección, gozo del que suscribe), además de aprender algunas cosas útiles gracias a las cuales hoy me gano razonablemente la vida.
Y en cuanto al tema inicialmente propuesto, lo cierto es que no sólo es verdad que al menos una vez sí que estudié inglés, sino que, para mi propio pasmo (y el de mis compañeros) incluso aprobé.
Vuestro, afectuosamente
Skalagrim.
Abril 24th, 2007 at 11:08
Un par de apuntillos:
Siento, en primer lugar, llevarte la contraria, pero no fuiste la última persona en este país que tuvo como opción estudiar francés. Durante la época del colegio no había más remedio que estudiar francés y cuando llegué al instituto, aunque podría haber elegido inglés, me decanté por el francés y no me arrepiento en absoluto. Los diez que éramos en clase aprendimos mucho más (era algo más personalizado) que los 35 que daban inglés apelotonados en la clase de al lado. Y al llegar a la universidad también opté por el francés. El inglés que sé lo aprendí por mi cuenta. La gramática con libros que me dejaron y la pronunciación escuchando canciones de Madona y Michael Jackson, entre otros, con la letra delante. A muchos entrevistadores he conseguido engañarlos con una más que decente pronunciación, pero en realidad no sé tanto, por mucho que cierta personita insista en lo contrario y me haga ver películas y series en inglés.
Por otro lado, conozco a mucha gente que aprendió inglés por cojones, gracias a los manuales de juegos de rol. A España llegaban escasos traducidos y los que llegaban tenían en general una traducción más que dudosa. Así que a veces las condiciones imperan que tengas que aprender. En tu caso, me supongo, das gracias de vivir en España donde películas y series se doblan. No como en otros países donde desde pequeños se tragan la programación en el idioma original de procedencia.
Abril 24th, 2007 at 13:29
Lo de ser “uno de los último alumnos de este país” no era literal (no hubo una cruzada anti-francés) sino más bien una impresión: la de que éramos la última generación que siquiera lo dudaría. De hecho, al irnos nosotros creo que el francés desapareció del colegio (pero no de todo el país, en eso tienes razón).
Por lo demás es cierto que a menudo no hay más remedio que aprender, quieras o no. La clave está en que al parecer puedes elegir -y con ello sí, vivirás mejor o peor, trabajarás más feliz o tendrás un curro horroroso- aprender Griego Clásico o Mandarín, Ingeniería o Medicina, Fontanería o Corte y Confección, pero se supone que no puedes elegir saber inglés o no. Y eso es lo que me jode, esa convicción universal de que en eso no hay elección.
Obviamente, si hubiera querido jugar al rol cuando no había manuales traducidos desde otros idiomas o en castellano hubiera tenido que aprender inglés. O si hubiera querido ganarme unos durillos con la informática. O si hubiera querido acceder a información técnica, o manuales, o tratados que no están disponibles en castellano, de cualquier rama del saber. Pero eso habría sido elección mía, no una imposición del medio. El puto medio ya se impone bastante con sus tonterías de dormir ocho horas y no poder respirar bajo el agua..
Por lo demás sí es cierto que doy las gracias a vivir donde vivo y a que las series se doblen (al menos en la medida en la que “necesito” ver la televisión). Entre otras cosas porque sospecho que, de no ser así, el castellano ya habría desaparecido, o casi (es terrible imaginarlo, pero sólo habría sobrevivido gracias a los programas del corazón).
Pero es que no sólo doy las gracias a los doblajes por eso. También doy las gracias a los copistas medievales que tradujeron el texto árabe que traducía el texto latino que a su vez tradujo el texto griego que traducía el texto persa que unos traductores babilónicos volcaron de la Epopeya de Gilgamés, porque si no, teniendo en cuenta las posibilidades que tengo de aprender Sumerio o Acadio en nuestros días, me habría perdido una historia de lo más interesante.
Es decir, que no comparto tampoco esa fascinación -que no digo que sea tu caso, o que no entienda que sí haya una cierta preferencia por las versiones originales-por la idea de leer en inglés original o ver las pelis en el inglés original. Si sólo tuviéramos la cultura que nos permitieran las fuentes originales, nuestra vida sería un yermo, y perderíamos el 99% de la información que manejamos. Y sí, a menudo se pierden cosas en la traducción. Pero también se ganan.
En fin, que hemos abierto un montón de frentes interesantes que sin duda dan para un par de entradas más…
Abril 24th, 2007 at 14:34
Por supuesto que aprender inglés es (o al menos debería ser) una opción. Tu elección sobre si quieres restringir o ampliar tu acceso a otra información. Yo tampoco comparto esa fascinación por ver y leer en el idioma original, pero cierto es que en algunos casos me puede la curiosidad. En otros es por necesidad. Porque como digo, a España no llegan.
Que te obliguen en la escuela a aprender un idioma me parece estupendo. Antes era el francés, ahora el inglés. En tu mano está luego si con las bases adquiridas te interesa hacer uso de él o aparcarlo. Pero la posibilidad de acceder más adelante te la han dado.
Nadie me obligó a aprender ingles, ni holandés, ni japonés. Lo hice porque quise. Y porque mantengo (tal vez) la absurda idea de que cuantos más idiomas conoces más consciente eres de que en su estructura queda reflejada la base para entender su forma de ser, su forma de pensar en aquellos que lo tienen como lengua materna.
Pero no me voy a enrollar más. Que te interese o no aprender y utilizar el inglés es una elección, por supuesto. Es una autoafirmación de tus convicciones. Me parece muy loable. En mi caso, aunque no lo domine, prefiero saber a no saber. Es, para mí, una forma de no restringir mi acceso. Ahora bien, que lo tomen a uno por un bicho raro porque elige una opción y no la otra, eso ya es harina de otro costal.
Abril 24th, 2007 at 15:29
En realidad creo que tiene mucho que ver con mi naturaleza. Basta que algo parezca incontestable para que… En fin. Ahora no recuerdo por qué me decanté por el francés cuando era pequeño, o si alguien lo hizo por mí. En cambio me encantó el Latín, aunque al principio choqué con él (bueno, más bien con el jesuita que nos lo daba) y aún hoy le echo una miradita al diccionario y compruebo si recuerdo las declinaciones. Supongo que la idea generalmente aceptada de que era una lengua muerta me hizo reaccionar en contra.
Sospecho que en tiempos futuros habrá un Skalagrim clamando contra la idea preconcebida de que todo el mundo haya de hablar chino (en un universo como el de Firefly, por ejemplo).
Tampoco soy el primero, claro. Catón el Censor no aprendió griego hasta los ochenta años. Pero él era un rompenarices y un conservador gruñón y testarudo, lo que demuestra que personas completamente diferentes pueden, puntualmente, mantener posturas parecidas…
Abril 24th, 2007 at 15:40
Me ha gustado mucho esta entrada, muchisimo…
como curiosidad, yo tambien tuve a un irlandes como profesor de ingles durante la universidad, y este tambien… ehmmm… “alimentaba el fuego de su sangre irlandesa” con unos buenos lingotazos de uisge beatha, varias casualidades, como que ambos eramos aficcionados a la mitologia celta y que el era de un pequeño pueblecito irlandes que yo habia visitado durante varios veranos en mi niñez, hizo que tuvieramos muy buena relacion
en fin, la batalla de Clontarf es una historia muy interesante, que ensenia como se las gastaban los antiguos celtas, ya que Brian Boruma habia avisado al rey vikingo de Dublin, Sigtrygg Silkbeard, y le habia dado un año para prepararse antes de la batalla, cuando esta tuvo lugar, Boruma tenia 80 años y se tuvo que enfrentar a los vikingos de la isla, los irlandeses afines a estos y a varios señores vikingos de escandinavia.
en cuanto a los idiomas, a mi me paso al contrario, yo estudie ingles desde mi mas tierna infancia, al llegar al instituto mi padre, uno de los que estudiaron frances en el colegio, se emperro en que aprendiera dicho idioma, pese a mis protestas, negativas y el no hacer el mas minimo esfuerzo, esa maldita lengua se me pego y, todavia hoy, no he conseguido olvidarla.
Un saludo desde Erin…
Abril 24th, 2007 at 17:54
Robert E. Howard tiene un relato “El Dios Gris Pasa” en el que narra la batalla de Clontarf (hay una segunda versión del relato, “Spears of Clontarf”, en la que predominan los elementos históricos sobre los fantásticos).
Howard relaciona en el relato la derrota vikinga con el triunfo del cristianismo sobre las antiguas religiones paganas, ya que el propio Odín comienza a desvanecerse tras la batalla. Lo cuenta con una cierta imparcialidad, pero también con esa extraña melancolía feroz y poética suya que nuestros amados críticos de género no parecen apreciar demasiado cuendo le clasifican, un tanto despectivamente, como escritor “menor” y “de pulp”.
Desde tal punto de vista, la verdad, no puedo evitar simpatizar con los daneses…
Abril 25th, 2007 at 6:42
“Pero él era un rompenarices y un conservador gruñón y testarudo, lo que demuestra que personas completamente diferentes pueden, puntualmente, mantener posturas parecidas…”
No me lo pongas tan fácil, te lo imploro.
Abril 25th, 2007 at 17:29
Es una pena lo poco respetado que es Robert E. Howard siendo practicamente conocido por Conan, Krull y pocos relatos más. Además me temo que más por las peliculas y los comic que por las novelas.
En fin, en cuanto idiomas no puedo decir mucho, todo lo que diga será usado en mi contra. Aprendí francés sólo por poder leer a Boris Vian y a Baudelaire en su idioma original. Leí a Pessoa con una gramática portuguesa. El inglés y el mandarin lo debo a clases más convencionales…
En fin, Skala, cuando quieres venirte a la Isla Esmeralda para ver lo poco que queda de los vikingos?
Abril 25th, 2007 at 19:38
Pues en cuanto tenga un momentito. Me lo pasaría en grande enderezando todas esas viejas piedras torcidas, pero… ¿soportaría el peso de mi presencia la antigua Hibernia?
Abril 26th, 2007 at 15:07
Me temo que hay pocas piedras torcidas por aqui pero creo que es un reto que la ciudad debe asumir. Así que cuando ates a la silla a tu jefe, te vienes para unos días. Aquí no me vale la excusa de que hace calor
Abril 26th, 2007 at 20:40
Con los idiomas a mi me paso casi al contrario, no pude elegir. En el colegio nos ensenyaron ingles (que de oidas ya conocia por haber estado de vacaciones en Canada) y cuando llegue al instituto quise ampliar mis conocimientos y me apunte a frances, pero por falta the alumnos cancelaron la clase.
A dia de hoy sigo pagando por ello, pq aun entendiendo gran parte del frances gracias al valenciano y por supuesto al castellano, aun me toca apuntarme a clases de frances para aprender los punyeteros verbos (tan odiosos de memorizar como en castellano), que por cierto hoy empiezo.
Me encanta tu manera de escribir.
Marzo 27th, 2008 at 16:43
A mi me paso como a ti Irensaga tampoco elegi pero lo agradezco, porque me obligaron a aprender ingles, pero si hubiera sido opcional uno por flojera no lo hubiera hecho o al menos no a la perfeccion…
En cuanto al frances si lo estoy aprendiendo y la verdad tambien se me ha hecho complicado! Suerte