Cosas Vikingas

   Últimamente he estado un poco liado (siempre que toca temporada de impuestos alcanzo una clara y súbita comprensión de por qué demonios cayó el Imperio Romano) pero no puedo dejar pasar más tiempo sin comentar –y mostrar orgulloso- mi último regalo del Amigo Invisible, recibido el cinco de enero de este año en una nueva edición de lo que ya es un acto clásico entre la gente de Avalon.

   Como se puede ver, es una figura de un guerrero nórdico, probablemente danés, caminando sobre un suelo de escarcha hacia ninguna parte en compañía de su perro.
   Hay algo triste, otoñal en la figura. Me gusta. Aprecio, además,  el cuidado de los detalles –el scramasax de empuñadura de cuerno que lleva al cinto, los motivos dorados que adornan el hacha al final del mango, los pantalones ceñidos con correas para el combate…- y hasta me emociona la casualidad de que tengo, precisamente, dos hachas como esa.

   Pero, sobre todo, agradezco el regalo auténtico: el tiempo. Y es que regalar no es, o no debería de ser, tanto un acto económico como un acto de aprecio, algo que te hace recorrer tiendas y bazares, devanarte los sesos y dudar hasta encontrar esa cosa adecuada para quien esté destinada. O, en este caso, tomar tú mismo los pinceles y pasarte un buen montón de horas que nadie te devolverá jamás pintando una figura hasta dejar una parte de ti en ella.

   Qué menos, pues, que mostrarla aquí.

   Vuestro, afectuosamente

   Postdata: conste que no me quejo, pero sigo preguntándome qué impulsa a la gente a regalarme cosas medievales, preferentemente vikingas…

El día de la Mujer de Alabama.

    Hoy, supongo, habrá una gran fiesta en Washington. Una de esas fiestas a las que se supone “asiste todo el mundo”, y en la que, sin embargo, habrá una ausencia. Alguien no podrá asistir por poco. Exactamente por tres años, dos meses y veintisiete días. Los que median entra la muerte de una mujer llamada Rosa Parks y la proclamación de Barack Hussein Obama como cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América.
   La verdad, sin embargo, es que sufría demencia senil desde 2002, y probablemente no se hubiera enterado. Lo cual habría sido una lástima, pues pocas personas vivas o en el mundo habrían detentado jamás de un modo tan claro el derecho a estar presentes en una ceremonia como la de hoy.

   Rosa Parks se ganó ese derecho el 1 de diciembre de 1955 al subir al autobús -concebido según las leyes John Crow de segregación- que la llevaba de vuelta a casa desde su trabajo en Montgomery, Alabama. Según esas leyes, Rosa debía subir al vehículo por la puerta delantera para pagar su billete al conductor, volver a bajar para no pasar por el pasillo de la parte delantera (reservada a los blancos), entrar por la puerta de atrás y sentarse en los asientos reservados a la gente de color. Las cuatro primeras filas de asientos estaban destinadas a los viajeros blancos, y las diez últimas a los usuarios negros que, curiosamente, eran quienes sostenían con su uso masivo el transporte público. Los asientos intermedios podían ser ocupados por los negros si ningún blanco los ocupaba, pero debían ser cedidos por sus ocupantes -toda la línea- si un solo viajero blanco deseaba sentarse. Rosa estaba en esa simbólica frontera de la segregación cuando el conductor pidió a los ocupantes de su alineación que se levantaran para cederla a un único viajero blanco que ni siquiera lo había pedido.
   Según escribió más tarde en un libro que contaba su vida, aquél día había dejado pasar un autobús anterior porque estaba demasiado lleno. Tenía 42 años, y en sus palabras, no estaba demasiado cansada.
   Solo estaba cansada de ceder.
   Cuando el conductor amenazó con hacerla detener, Rosa le dio una respuesta extraña: “¿Por qué todos ustedes están empujándonos por todos lados?”. El conductor probablemente no supo qué decir a eso, y decidió llamar a la policía.

    Por supuesto, ninguno de ellos –Rosa, el conductor, el pasajero blanco que no había dicho nada, la propia policia- era consciente de lo que se estaba iniciando. Y sin embargo, estaba en marcha desde el mismo instante en que algo estalló en el interior de la mujer y dijo “no”. Rosa pasó la noche en el calabozo y pagó una multa de catorce dólares para volver a casa. Un joven pastor bautista de Alabama llamado Martin Luther King inició entonces una serie de actos y protestas, convocando reuniones y comités y extendiendo la indignación a toda la nación. Los negros dejaron de utilizar los autobuses públicos durante más de un año, llevando a la compañía a la bancarrota. Y cuando el Caso Parks llegó al Tribunal Supremo de los Estados Unidos, el principio establecido en una antigua Declaración, más antigua que la propia nación (un texto escrito por el dueño de una plantación de esclavos de Virginia) hizo que el Tribunal se pronunciara en la única dirección posible, estableciendo claramente la inconstitucionalidad de la segregación, y haciendo que el gobierno la prohibiera en todos los lugares públicos de la nación. Y ya nada pudo detener el proceso que, en cierto modo, culmina hoy.

    ¿Y a que viene todo esto, se preguntará alguno?
   Aunque nunca he compartido ese sentimiento de antiamericanismo militante que tan popular se hizo en los setenta y que aún hoy resulta imprescindible para que te den el carnet de Auténtico Progre Presentable en Sociedad (APPS), los norteamericanos a menudo me crispan, lo reconozco. Tienen un montón de cosas que me sacan de quicio, algunas de las cuales son en buena medida fruto de su propio empeño en ser como son, y otras que nacen, me temo, como consecuencia de aquellos rasgos de su carácter que también los constituyen en sus virtudes.
   Por otra parte, supongo que a menudo los contemplo, como muchos de los europeos que se consideran poseedores de cierta culturilla, con una mal disimulada suficiencia, con esa extraña condescendencia que otorga ser y saberse parte de un algo más reposado y antiguo, como si el hecho de pertenecer a una nación de más de 500 años de historia proporcionara automáticamente a sus habitantes la clase y distinción que la realidad nos niega en cuanto nos damos una vuelta por un centro comercial o encendemos la televisión. Y supongo que aún así sigo convencido de que somos distintos, un poco más sofisticados, un poco más pacientes, con un poco más de estilo, menos prepotentes y un tanto más concienciados. Un poquito más cerca, sólo un poquito, de un supuesto punto de equilibrio social deseable al que aspiran los pueblos civilizados.
   Y si lo pensamos, hasta es posible que alguna vez hayamos hablado en público -y nos hayamos comportado- como si de verdad pudiéramos mirar a toda una nación -un nación enorme en todos los sentidos- un poquito por encima del hombro.
   Pero hoy no. Hoy creo que no.
   Hoy, 233 años después de que el hombre de Monticello que tenía una esclava negra llamada Sally Hemmings escribiera “que todos los hombres son creados iguales, y que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables”; 144 años después de la Decimotercera Enmienda; 54 años después de que Rosa Parks se negara a levantarse de su asiento en el autobús… las cosas han cambiado un poco.

   Hoy, la verdad, no me siento con narices para mirar por encima del hombro a un país que hace apenas ocho años era atacada en su corazón por hombres procedentes de una cultura y una religión características y fácilmente identificables, y que sin embargo es capaz de elegir como su presidente a un hombre que se llama Barack Hussein. Para ser una nación supuestamente llena de prejuicios, no puedo por menos que admirar su capacidad de ver más allá y desprenderse de ellos en extraños instantes de grandeza. Son la misma nación protagonista de las abominaciones de Abu Ghraib y Guantánamo, me recuerdo a mí mismo. Y de la más feroz oposición a ambas monstruosidades, me digo a continuación. Y entonces me asombran aún más.
   Porque tengo que confesar que, muy a mi pesar (y probablemente muchos APPS habrán pensado lo mismo alguna vez, aunque se hayan guardado muy mucho de decirlo) a veces me alucinan. Sobre todo cuando te plantan delante de la cara, de un modo casi ofensivo, la evidencia de que su viejo ideario, ése que dice que la vida allí no será fácil, ni justa, ni cómoda, ni segura, pero que tendrás una oportunidad, se cumple de forma tan evidente.

    De modo que así están las cosas. Puede que algún día veamos a un gitano en la Moncloa o al hijo de un inmigrante argelino en el Elíseo, pero de momento me parece difícil. Entre tanto, me temo, tendremos que buscarnos otra excusa más convincente para considerarnos estupendos, y hallar en alguna parte el consuelo que nos permita pasar cuanto antes esta amarga pildorilla de humildad.
   Pero que nadie se preocupe. Somos demasiado europeos para que el efecto nos dure mucho.

   Vuestro, afectuosamente.

Y con ustedes, Charles Dickens.

   “He intentado en este librito fantasmal, levantar una idea fantasmal, que no les quitará a los lectores de su estado mental, del trato el uno con el otro o de las fiestas navideñas…” escribía Charles Dickens en diciembre de 1843 como preámbulo a su A Christmas Carol, a veces traducido como Cuento de Navidad y otras como Canción de Navidad al castellano.

 

   Tengo que reconocer que, de un modo casi automático, todos los años por estas fechas le echo un vistazo al relato, y casi siempre acabo leyéndolo entero de nuevo, a pesar de que la historia ha sido llevada al cine, a la televisión, al cómic e incluso reescrita tantas veces (recomiendo la versión “políticamente correcta” de James Finn Garner) que dudo que haya nadie, aún entre aquellos que en su vida hayan oído hablar de un tal Charles Dickens, que no la conozcan. La historia de los tres espíritus, precedidos del espectro de su socio, que se le aparecen al viejo Scrooge y acaban por hacerle recapacitar acerca de su vida miserable se ha incorporado, como tantas otras, al imaginario popular de la cultura occidental, y probablemente también al de unas cuantas buenas antiguas culturas ajenas debidamente colonizadas. ¿Por qué? No tengo ni idea en el caso de los demás habitantes del planeta, pero sí puedo, humildemente, intentar desentrañar por qué yo mismo vuelvo, cada Navidad, a perderme gustoso en los avatares de Scrooge.

   Para empezar, creo que en buena medida lo hago como pequeña revancha, ya que el texto es al fin y al cabo un buen ejemplo de literatura fantástica. No creo que pueda definirse como una historia aterradora -aunque algunas de las imágenes que evoca sin duda pudieron poner los pelos de punta a algún lector de su tiempo- pero desde luego el elemento fantástico es fundamental, con aparecidos pululando por casas oscuras y silenciosas, espíritus llevándose al pobre Scrooge entre vientos helados para atisbar por las ventanas las vidas de otros seres más felices, visiones de los tiempos pasados y futuros…
   De modo que tal vez sea éste detalle -el hecho de que el elemento fantástico sea predominante y natural en una de las obras literarias más conocidas de todos los tiempos, creada por la mano de uno de los grandes autores de la literatura universal- lo que provoca en mí una sonrisa de satisfacción. Satisfacción retorcida y espíritu vengativo hacia esa corriente de pensamiento realista, tan despectiva con el fantástico, que ha dominado y domina hoy todavía a la literatura española, y que la ha convertido en un banco de tres patas. Y así, mientras en nuestro país crítica y entendidos contemplan con desprecio o como un “ejercicio menor” cualquier intento de aproximación al fantástico por parte de autores pasados o presentes, la literatura de nuestros vecinos, y sobre todo la anglosajona, sigue recurriendo a su rica tradición fantástica en busca de ideas y argumentos con los que construir nuevas obras, y también adaptando a otros medios las antiguas basadas en sus cuentos y leyendas.
   Sospecho que ésta es, más allá de problemas industriales, de marketing o de potencia cultural aplicada a los medios, una de las razones por las que su  cultura se impone a nivel de masas sin grandes problemas en países en los que la cultura popular no encuentra reflejadas esas mismas raíces fantásticas o míticas –que posee, pero que sus directores y  escritores ignoran sistemáticamente con cierto desdén- alejando a la gente de sus obras. Y si esto ha venido ocurriendo sistemáticamente en la literatura, el fenómeno es ya imparable y mayoritario cuando acudimos al cine, a la televisión, al cómic o a la cada vez más poderosa y sorprendente Red de Redes. Dicho lo cual, y si tenemos en cuenta que los gustos adquiridos en la infancia suelen acompañarnos durante toda nuestra vida, y que es mucho más lógico que a un niño le resulten más interesantes las aventuras de Merlín el Mago o Peter Pan que los avatares marujiles de una película de Almodovar, a nadie debería extrañarle que ese público, una vez adulto, rechace el hiperrealismo mal contado de nuestra literatura y nuestro cine “de calidad” -que aburre a las piedras- y busque en estanterías y salas, bajo nombres extranjeros, lo que su propia tradición cultural es incapaz de ofrecerle al haber sido mutilada a hace siglos por sus propios intelectuales (la otra opción es entregarse en cuerpo y alma a las viviencias de Chonis y Churris en Aída y a algunas, pocas excepciones interesantes de nuestro cine costumbrista de toda la vida).
   Y esto, que me viene a la cabeza el resto del año cada vez que leo la Iliada o Hamlet, me lo recuerda en Navidad el cuento de Dickens.

 

   En segundo lugar, hay en la novelita de Dickens un montón de complejidades sociales, históricas y hasta climatológicas detrás de la historia que resultan sumamente interesantes, y que han acabado por colarse en nuestra memoria y nuestros gustos sin que nunca hayan sido debidamente explicadas. Por ejemplo, la imagen de unas Navidades Blancas, de frío extremo, que a pesar de ser reiteradamente mostradas en cine y televisión como una realidad universal e indiscutible, pocas veces tiene que ver con la realidad. Son una convención estética que en buena medida debemos a Dickens y a las representaciones y adaptaciones visuales de su relato que nos han acompañado desde entonces puntualmente en estas fechas.
   La explicación es sencilla. Dickens firma su prefacio en 1843, durante los últimos coletazos de lo que los meteorólogos llaman la Pequeña Edad Glaciar, un paréntesis de temperaturas extremadamente bajas que se inició en 1350 y duró hasta finales del siglo XIX. Esta perturbación climática probablemente acabó -por ejemplo- con las colonias escandinavas de Groenlandia, y tuvo algunos otros efectos importantes en la historia. Lo cierto es que modificó las costumbres y hábitos de poblaciones enteras -para los londinenses era habitual en los siglos XVI y XVII patinar en el Támesis helado- e hizo de los inviernos un trago verdaderamente crudo para los habitantes de la europa occidental de entonces.
   De modo que el frío descrito en la obra:

    “Más niebla aún y más frío. Frío agudo, penetrante, mordiente. Sí el buen San Dunstan hubiera sólo rasguñado la nariz del espíritu maligno con un tiempo como aquél, en vez de usar sus armas habituales, en verdad que el diablo habría rugido.”

   Junto con la niebla helada, la nieve y el cielo oscurecido por las nubes que sumen a Londres en la penumbra, el frío no es sólo un efecto de ambientación recurrente a lo largo del relato, sino que es al mismo tiempo la plasmación de una realidad diaria que intenta comunicar algunas cosas que, para nosotros, habitantes de la cultura de la electricidad y la calefacción central, han perdido su significado: la reconfortante sensación del fuego del hogar, la relación casi mágica entre luz y calor. Hay muchas otras imágenes de increíble fuerza en el relato, como las pesadas cadenas arrastradas por el espectro de Marley, las calles iluminadas por farolas de gas, los hogares de carbón y sus ascuas entrevistas a través de las rejillas de hierro, las chimeneas lanzando su hollín a los cielos de Londres… Uno tiene la sensación de que, con esta historia, Dickens enlaza de alguna manera la literatura gótica con nuevas imágenes y tópicos, los de la avalancha cultural de la Era Victoriana, que nos ha dejado marcados con su herencia, y cuyos iconos forman parte, desde entonces, de nuestras propias vidas.

 

   Hay, sin embargo, una tercera razón por la que considero especial la historia de Dickens. Es la razón más poderosa de todas, y probablemente también la más personal.
   Tengo un amigo que afirma categóricamente que prefiere, con mucho, al Ebenezer Scrooge del principio del relato - el Ebenizer insensible para el que todo son patrañas y paparruchas - que al llorica quejumbroso que acompaña a los espíritus en su difícil periplo.
   En cierto modo le entiendo porque a mí me pasa lo mismo. Uno de mis personajes favoritos del cine de los últimos años es el Eduardo I de “Braveheart”, un auténtico cabrón que no cree necesario tener que pedir perdón por su hijoputez intrínseca, y que acaba haciéndosele a uno simpático… siempre y cuando se le contemple en una pantalla, desde una cómoda butaca y a ocho siglos de distancia.
   Por desgracia no todo el mundo tiene la misma suerte, y es fácil confratenirzar con los cabrones cuando se los tiene lejos y convenientemente limitados a la literatura o al cine que disfrutamos en nuestro ocio. Supongo que debe ser muy distinto cuando no has tenido suerte y no has nacido en el siglo XX y formas parte de ese restringido 15% de habitantes del planeta que tiene una vida relativamente decente. Incluso aunque trabajes para una moderna y renovada versión de Scrooge, las condiciones habrán cambiado ligeramente desde el siglo XIX (insisto: siempre y cuando seas uno de los afortunados por nacimiento y no parte del 80% restante que aún siguen en las minas del Imperio Romano…).
   Hay quien opina que todo esto no es más que sentimentalismo, y que Dickens es precisamente uno de sus representantes más significativos, con sus intentos de conmover al lector y hacerle sentirse más humano “en lugar de hacer sencillamente literatura” (me pregunto, entonces, en qué coño consiste la literatura) como afirmaban Henry James o Virginia Wolf. Con el progresivo endurecimiento del modelo de pensamiento social en occidente (pues, a diferencia de los viejos victorianos, cada vez somos más blandos, cobardes, egositas y mindundis en nuestros actos, mientras nos imaginamos a nosotros mismos férreos, duros e inconmovibles en nuestros pensamientos), mucha gente ha llegado a señalar a Dickens como el representante de una cierta ñoñería social, un ideólogo ingenuo e incapaz de asimilar y aceptar que la vida es como es, que cada uno se labra su destino, que siempre hay oportunidades y la gente no sabe aprovecharlas, etc, etc. De hecho, nos hallamos al fin y al cabo en plena era de los tiburones del darwinismo social, fielmente representado por el Fraser Institute, una entidad ideológica con sede en Canadá y en los Estados Unidos que considera que el trabajo infantil en el tercer mundo es una cosa estupenda (al fin y al cabo es lo único que tienen para ofrecer, dice su director), que las ayudas sociales son un impedimento para el progreso de los más aptos y que ayudar a los demás cuando tienen dificultades no hace más que empeorar el curso natural de la evolución de las sociedades.
   Quienes sostienen estas ideas a menudo olvidan –o dejan discretamente a un lado, más bien, porque no son gente precisamente olvidadiza- que han disfrutado de ciertas ventajas en las posiciones de salida de la carrera de la vida sin las cuales tal vez no tuvieran las ideas tan claras o fueran tan radicales en sus afirmaciones. De hecho, algo me dice que si los patrocinadores del Frasier Institute, se hubieran encontrado entre los revolucionarios rusos de 1917, hambrientos y a veinte grados bajo cero en las calles de San Petersburgo, no sólo hubieran asaltado los primeros el Palacio de Invierno, sino que se habrían comido vivos a los guardias con bayoneta y todo.
   Puede que Dickens sea ñoño, no lo sé. Puede que se ganara a pulso el derecho a serlo en aquella fabrica de betún para calzado en la que ingresó siendo un niño, trabajando doce horas diarias por un miserable salario de seis chelines semanales mientras el resto de su familia vivía en la cárcel de Marshalea, donde su padre cumplía condena por impago de deudas. Y puede que se ganara el derecho a contarlo como le viniera en gana siendo un niño sin escolarizar que tuvo que adquirir su cultura -después de esas jornadas de trabajo maratonianas- en un mundo en el que una novela costaba el salario mensual completo de un trabajador de clase media y en el que casi no había bibliotecas. No esta nada mal para alguien a quien Chesterton calificó como “uno de los más grandes, si no el que más, en el dominio de la lengua inglesa”. Hay por ahí mucha gente implacable que, a pesar de sus muchas ventajas de partida, no se han acercado ni de lejos a la altura de Dickens.
   Sea como fuere, a mí me basta. Leo las vivencias de Scrooge y su noche aterradora y veo en ellas, como en casi toda la obra de Dickens, pero de un modo concentrado y claro, a dónde nos pueden llevar ciertas corrientes si nos dejamos convencer, y qué cosas deberíamos apreciar y conservar a pesar de los reiterados intentos de los sucesores de Scrooge de enfriar nuestras almas hasta congelarlas. Como afirma el segundo espíritu:

   “En esta tierra tuya hay algunos”, replicó el espíritu; “que pretenden conocernos y que cometen sus actos de pasión, orgullo, mala voluntad, odio, envidia, beatería y egoísmo en nuestro nombre; pero son tan ajenos a nosotros y nuestro género como si nunca hubieran vivido.”

   Porque el texto está lleno de frases memorables, premonitorias, aplicables de un modo casi increíble a nuestro propio tiempo y que son en realidad, un rosario de advertencias a las que no deberíamos ser sordos ni ciegos por nuestra propia conveniencia. Como -por ejemplo- que si nuestros hijos no están en las minas o en las fábricas por un salario de miseria no es porque no haya quien desearía que las cosas volvieran a ser así, como de hecho son en la mayor parte del planeta para nuestra eterna vergüenza; o que, si tenemos calefacción, sanidad, agua caliente y un poco de comodidad es sólo porque nuestros abuelos fueron capaces de arrancarla con sangre de las manos de los de siempre, que siguen ahí, pendientes de la más minima oportunidad de arrebatarnos lo poco que tenemos, enfermos de un ansia insaciable; y que los amigos, la gente que nos quiere, el trato de los seres humanos con otros seres humanos no debería ser sustituido, ni postpuesto, ni relegado a un segundo plano como si careciera de importancia, porque ese calor y esos recuerdos son lo único de valor que nos llevaremos de este mundo, si es que hemos de llevarnos algo, cuando llegue la hora.
   Pero hay un párrafo, sobre todo, que literalmente me apabulla cada Navidad, cuando releo el cuento.

   - “Espíritu”, dijo Scrooge con un interés que nunca antes había sentido, “dime si Tiny Tim vivirá.”
   - “Veo un sitio vacante”, contestó el fantasma, “en ese pobre rincón de la chimenea, y una muleta sin dueño amorosamente conservada. Si esas sombras permanecen sin cambios en el futuro, el niño morirá”.
   - “No, no”, dijo Scrooge. “¡Oh, no, amable espíritu! Dime que se salvará!”.
   - “Si esas sombras permanecen inalteradas por el futuro, ningún otro de mi especie”, replicó el fantasma, “le encontrara aquí. ¿Y qué más da? Si se tiene que morir, lo mejor es que así lo haga y disminuya el exceso de población”.
   Scrooge hundió su cabeza al oír al espíritu citar sus propias palabras, y se sintió brumado por el arrepentimiento y la pena.
   “Hombre”, dijo el fantasma, “si tienes corazón humano, no de piedra dura, olvida esa malvada jerga hasta que hayas descubierto qué es el exceso y dónde está el exceso. ¿Quién eres tú para decidir qué hombres deben morir y qué hombres deben vivir? Es posible que a los ojos del cielo tú seas menos valioso y menos merecedor de vivir que millones, como el hijo de ese pobre hombre. ¡Oh Dios, tener que escuchar al insecto en la hoja disertando sobre lo demasiado que viven sus hambrientos hermanos en el suelo!

   Cada vez que oigo a un hombre poderoso –un Botín, un Bush, un gobernador de algún importante Banco Central o algún consejero de alguna autonomía- hablar de flexibilizar las condiciones laborales, de condicionar y cortar ayudas, de “mantener los valores”, de abaratar los despidos, de privatizar para “mejorar la gestión”… ése párrafo vuelve a mi cabeza, y la imagen del insecto en la hoja se convierte en una visión tan clara, tan capaz de definir la situacióna la perfección, que tengo que llegar forzosamente a la conclusión de que ninguna de esas importantísimas y formadísimas personas ha tenido nunca libre la apenas media hora necesaria para leer y recordar la novelita de Dickens.
   Recomiendo encarecidamente a todo el mundo que no cometa el mismo error, y que deje, en palabras de su autor, “…qué el relato frecuente sus casas con alegría y que nadie lo exorcice…”

   Feliz Solsticio.

   Vuestro, afectuosamente.

 

 

   Postdata: escribí este texto, con algunos cambios, hace tres años. En su momento no fui capaz de terminarlo antes de la fecha correcta, es decir, para subirlo en Navidad.
   El año pasado Rudy se me adelantó con una entrada sobre Scrooge, y puesto que inevitablemente compartimos lectores de blog, consideré que era demasiado Dickens para un solo año, y que tendría que esperar.
   Curiosamente, los acontecimientos han puesto en su lugar, de nuevo, a la obra de Dickens.

   Por una parte, nuestros políticos nos han hecho volver a ella con la estupenda propuesta de las 65 horas semanales, idea magistral con la que los encantadores ministros de trabajo de la Unión Europea intentaban llevarnos de nuevo al siglo XIX y poner a la chusma trabajadora que les paga el sueldo donde de verdad les corresponde, es decir, en la piel del Cratchit de Canción de Navidad, que apenas se atreve a pedir a su jefe que le deje libre el día 25 de diciembre, y que calienta sus dedos helados en la llama de la vela a cuya luz trabaja sin atreverse a levantar la cabeza de sus cuentas.

   Por otra, Scrooge se ha asomado de nuevo a nuestras vidas con la recurrente crisis que ha hecho que nuestros banqueros se conviertan en pedigueños a cargo del estado, y que de pronto ha llenado la boca de empresarios y representantes de la patronal de palabras hasta hace poco malditas como “intervención del estado”, “subvención”, “vivienda protegida” y “crecimiento del sector público”, olvidando lo mucho que simpatizaban hasta agosto de este año con las ideas del Fraser Institute y el intervencionismo cero que hasta entonces defendían. Y he de decir al respecto que estos últimos meses, pensando en la cuestión, yo también he echado mucho, muchísimo de menos al Ebenizer Scrooge del principio del cuento, el Scrooge implacable, frio, individualista y defensor a ultranza de que cada uno se las arregle como pueda, y con él a todos esos viejos capitalistas manchesterianos, viejos bribones avaros, partidarios del darwinismo social y económico que,  ahora (supongo), se irían, en coherencia con sus sólidos principios, en silencio y con dignidad, a morirse de hambre en una esquina.
   Sí, añoro al Viejo Scrooge. Veo a todos estos Príncipes del Morro que se han llenado los bolsillos durante las últimas décadas lloriqueando por las esquinas y pidiendo un plan de rescate para los usuarios de jets privados y siento literalmente ganas de vomitar. Escucho a los banqueros que se están metiendo en el bolsillo los miles de millones de ayudas públicas después de décadas de crecimiento escandaloso de los beneficios mientras exigen además que no se sepa a quién y cuanto dinero se le entrega y me apetece empezar a mezclar glicerina y lejía en mi viejo Quimicefa. Siempre me habían parecido sanguijuelas despreciables, pero en comparación con ellos la de Dickens era una sanguijuela despreciable con cierta dignidad, y la transformación posterior tenía al menos una cierta justificiación moral y estética.
   La realidad, una vez más, ha superado a la literatura. Y eso que se trataba de un cuento de fantasmas…

Como lágrimas en la lluvia… (3)

Entrada suprimida por falta de literalidad.

Ustedes disculpen…

Casi siempre es culpa de Rudy

   Y conste, para ser justos, que no diré que siempre, porque el índice de cosas raras que me ocurren supera con mucho las capacidades humanas e invocatorias del acusado. Pero sí a menudo. Bueno, de vez en cuando.
Pero dejaré que sea el amable lector, en todo caso, quien lo juzgue.
Todo comenzó en la fiesta de Halloween de este año. Había sido un día agitado por los preparativos y las prisas, y no conseguí salir de la ducha hasta unos minutos después de que todo el mundo hubiera llegado. La música estaba sonando, y la multitud competía con toda clase de objetos afilados por dar cortes asesinos a las pobres castañas destinadas al horno.
- Tengo algo para tí, puntu -me dijo el interfecto, al tiempo que me alargaba un CD. El nombre del grupo, o el título, aún no lo sabía, parecía un pseudo-latinajo, y no me sonó de nada.
- ¿E Nomine…?- un tipo enorme vestido de la Muerte intentaba infructuosamente engancharme por el cuello con su guadaña, y acertaba una y otra vez en mis piños, haciendo dificil la conversación. -¿De qué va?.

   - No sé, son una cosa muy rara. Un grupo medio medieval, medio gótico, medio oscuro… no sé, los encontró Felicidad. Son alemanes -terminó, como si eso lo explicara todo.
Alguien había puesto ya música -de hecho, siempre que pregunto últimamente quién ha puesto la música que suena en mi casa en una farra, se me responde que ha sido Gorin, y lo advierto: si alguien pone siquiera un atisbo de perplejidad, juro que le partimos las piernas- y decidí no cambiarla de momento. La noche iba a ser larga, y mi intriga podía esperar, cosa que hizo durante un par de horas sin mayores problemas.
Cuando alguien puso el disco yo estaba ya a otra cosa. De hecho, me jugaba los cuartos con una baraja de póker frente a una reunión de ratas traidoras y sibilinas, mercaderes fenicios, viejos zorros, troleros, fulleros, megalómanos y traidores capaces de sacarte hasta el alma por ganar una mano de treinta céntimos. Tengo que decir, no obstante, que fué una buena banda sonora, y que acompañó dignamente al hecho de que el único hombre honrado de la mesa se alzara triunfante, y pagara parte del alcohol consumido esa noche con los frutos de su esfuerzo.
Atención, lo que se dice atención, no le presté mucha, o al menos no la misma que si la hubiera escuchado solo, en silencio y sin distracciones. Lo cual hizo, supongo, que no acabara de medir muy bien las consecuencias de lo ocurrido más tarde.

Y ahora vamos a ello. El viernes pasado me hallaba de viaje a altas horas de la noche, rumbo a cierta ciudad del Norte -el norte para casi todos vosotros, ya que para mí está más bien al Este- bostezando como un cenutrio y dandome cuenta de que los años no pasan en balde. Conducir de noche me cansa, y más si es al final de una semana particularmente estresante, y llega un momento en que ni siquiera una dieta de Red Bull sostenida durante horas es suficiente para mantenerme tan atento y despejado como debiera. Lo cual significa que hay que empezar a parar, y odio que los viajes se eternicen de gasolinera en gasolinera a base de cafés solitarios.
Por otra parte, tengo un problema con el calor. Hay algo en mi refrigeración natural que no acaba de funcionar como es debido, y el calor me mata. El otoño y el invierno me alivian un poquito, pero no lo suficiente, de resultas de lo cual voy por el mundo arremangado y bufando todo el maldito día. Además, el calor me adormila, y eso, cuando uno conduce de noche, puede ser un problema mortal.
De modo que iba, a pesar del relente polar y húmedo de la noche, con la ventanilla completamente abierta. En todo caso, y si está muy frío, siempre puedo poner también la calefacción. Pies calientes y cabeza fría, he ahí el secreto de una vida larga y provechosa.
El problema son las manos. Curiosamente, a pesar de tener casi siempre calor, las manos se me enfrían enseguida. Las tengo delicadas, además -como todo yo, en realidad- y llegan a dolerme de frío. No obstante, el hombre prudente que conozca sus carencias no sufrirá en vano los embates del destino, y tengo unos guantes cojonudos, de esos con pelillo por dentro, negros, desgastados, cómodos y dados de sí hasta la exquisitez.

    Además, me quedan de puta madre. Me favorecen. Me dan un toque. Que demonios, a veces pienso que merecería la pena sufrir una pequeña glaciación sólo para que yo pudiera ponérmelos en verano…
De modo que si alguna vez os dejáis caer por las carreteras comarcales del norte y veis un 4×4 dando tumbos con un tipo al volante que conduce arremangado y con guantes, es probable que sea yo, y no será ningún anuncio agorero de esos de la DGT que te impiden tragar la sopa porque estás a punto de llorar. He de decir, en descargo de mis vecinos y habituales, que pocas veces llevan su opinión más allá de un levantamiento de cejas en los semáforos…
No en vano somos una región de particular tolerancia.

Pero no estamos aquí para hablar de Geografía Humana. Estaba recorriendo pues autopistas en una noche más invernal que otoñal cuando, poco antes de llegar a mi destino, recordé el CD famoso de los alemanes raros, y un poco harto de escuchar el mismo tipo de música todo el camino, decidí cambiar el disco y probar con ellos en medio de una noche tormentosa (me gustan las tormentas, a veces salgo de casa sólo para verlas en todo su esplendor). Y unos minutos más tarde, el nuevo disco sonaba en la autopista solitaria, objeto de toda mi atención.

Tengo que decir que el cambio me vino bien. La música era extraña. Tenía marchilla, una cierta cadencia. Provocaba una extraña euforia. No diré que uno se imaginara a la cabeza de una larga y veloz columna blindada penetrando en un país distinto como una espada de acero silenciosa en las sombras de la noche, pero casi. Crucé la divisoria de autonomías pensando en enseñarles el verdadero significado de la palabra anexión cuando, al llegar a un cartel de señalización, me dí cuenta de que a) estaba invadiendo ya el casco urbano de la ciudad y b) me había perdido con mis tanques…
Odio los GPS, todo el mundo lo sabe. Hasta el nombre comercial que se ha hecho genérico de Ton-Ton me parece insultante. ¿Que ha sido del trato humano, de la pregunta fortuita, del encuentro casual, de la incertidumbre del viajero…?¿Cuando nos hemos convertido en sirvientes obedientes de la última bazofia tecnológica que, huy, que cosas, no sabía que aquí había comenzado una obra? Puagh.
Estaba pensando en todo eso precisamente cuando, a mi lado en el semáforo, solitario bajo la lluvia y sin un alma recorriendo las calles, se detuvo el BMW plateado.
Veamos, era un pijo, sí, pero no tenía cara de mala persona. Más o menos mi edad, menos canas, más entradas, gafitas de montura plateada, traje y corbata, expresión plácida. En el colegio todo el mundo le zurraba de pequeño, pero había logrado resarcirse merced a su inteligencia, y ahora exterminaba poblados de cazadores-recolectores chulescos desde su alto despacho de alguna multinacional petrolera.
“Bueno, pero seguro que sabe como llegar a la Plaza de la Diputación”, me dije. Bajé la ventanilla. El eco poderoso de la música germano-invasora debió ser lo primero que le llegó, vibrando brutal, ligeramente maquinera, sobre los cristales de su ventanilla.
- ¡¡Oiga, joven…!! -grité. Quizá hubiera sido buena idea bajar la música, porque yo mismo no me oía bien, y supongo que al subir el volumen de mi voz mi rostro debió parecer de todo menos conciliador. Decidí pasar a un cierto grado de familiaridad, para darle confianza al hombre, sin apartar los ojos de su cara y buscando a tientas el mando de bajar la puta música- ¡¡Atiende…!! ¡¡Ehhhhhh…!!
Entonces me fijo en su rostro por primera vez, iluminado por las farolas, la sumbra de cuya luz me mantiene a mí en penumbra.
El hombre me mira con los ojos abiertos como platos. Puedo ver como le tiembla el labio inferior, y en ese detalle atisbo por un segundo lo que él está viendo. De pronto parece tomar una decisión desesperada, y no solo no abre la ventanilla, sino que acelera, derrapando sobre el asfalto mojado, los chorropocientos caballos de su obra de arte de la ingeniería alemana huyendo a toda leche.
Yo al menos esperé a que el semáforo acabara de ponerse en verde. Luego, lo reconozco, aceleré detrás suyo con muchísimos menos caballos, una ingeniería alemana de andar por casa y una ominosa confusión entre la que iba abriendose paso lentamente una cierta sensación de otredad, la posibilidad, por un instante, de contemplar los hechos y apariencias, con toda su cruel evidencia, desde los ojos del otro.

Vas tranquilamente en tu coche por la ciudad. Llueve. Hace una noche de mil demonios, hay truenos y relámpagos en el cielo y no se ve un alma por las calles, probablemente porque tira un viruje húmedo que pela. Mala noche para no ser un rey de la creación, un tipo al que le van bien las cosas y que no tiene ya calefacción en la maravilla mecánica que conduce… No, tú tienes climatizador, qué cojones. Eres el puto amo. Seguro que el zoquete aquél que te curraba en los recreos cada vez que su única neurona cortocircuitaba vende ahora seguros de hogar por una comisión de mierda en una oficina de mala muerte del extrarradio, y tiene una placa eléctrica vieja por todo solaz en las noches de invierno. Sonríes satisfecho a pesar de la hora y el clima. Y entonces lo oyes.
No lo has visto venir, pero ahí está. Probablemente no has reparado en el coche por viejo y porque no brilla, y ese ha sido tu error, como en las películas de adolescentes y asesinos en serie que echan en tu tele por cable. Lo has oído demasiado tarde, o hubieras girado en otra calle, o te hubieras colocado detrás, fuera de la trayectoria directa de sus ojos.
Pero ahora está ahí. El motor echa humo. Resuena, como si rugiera, conteniendo con su estrépito mecánico una extraña música que parece esperar agazapada. Y tiene además esas ruedas enormes, gigantescas, amenazadoras, unas ruedas que no pueden ser legales en este país, y cuya mera existencia parece indicar claramente lo poco que le importan a sus conductor las reglas que conciernen al resto de los mortales.
Entonces se abre la ventanilla del lado del acompañante, y la música llega con más claridad. Es una especie de rock satánico mezclado con música de sacristía, y hay un tipo que grita cosas que parecen terribles en alemán. Sospechas que se trata de algún extraño grupo satanista nazi que solo un alienado podría encontrar estimulante en una noche semejante.

Y de pronto lo ves. Está ahí, agazapado en las sombras. Ha soltado el volante, y sus manos te han parecido por un instante enormes garras negras, pero sabes que eso no es posible. Se mantiene cuidadosamente oculto en la sombra de los haces de luz de la calle, pero te habla, o te grita, más bien. Se inclina ligeramente. No puedes ver su rostro con claridad, sólo la perilla entrecana, las facciones cuadradas, la camisa azul, los brazos peludos… y la sangre se te hiela en las venas cuando ves los guantes negros, tensos, que se abren y se cierran, y te hacen lentas y extrañas señales.
Te grita otra vez. No distingues lo que dice entre los bramidos en latín y alemán de la música pero está claro que te ha señalado. Entonces abre más la boca, enseña los dientes, grita de nuevo. Distingues algunas sílabas, algo así como “vveennn…” y “endeeeee…”. Ende. Es alemán. Te está diciendo que estás acabado.
A tomar por el culo el semáforo, piensas, y aceleras como si el diablo te arañara la espalda.
Y entonces ves, aterrado, como la bestia arranca, y las gigantescas ruedas chirrían como si fueran de hierro sobre la calle mojada, llevando a la mole granate detrás tuyo.

No sé en ese momento qué es lo que me incita a ir detrás suyo -obsérvese con qué tiento evito utilizar la palabra “perseguir”- y aclararle que no soy ningún loco neonazi pirado, que sólo quiero saber el nombre de una calle. Sé que es raro, extraño, inoportuno y probablemente imprudente, pero mi sentido del Orden Adecuado de la Creación me impide dejar las cosas así. De modo que lo sigo unos metros con la correa del ventilador floja soltando unos aullidos estremecedores por las calles solitarias mientras maldigo al mecánico, que se supone la apretó para salir de viaje.
Es evidente, sin embargo, que no voy alcanzarlo. El BMW se pierde ya al final de la avenida, girando en una calle por la que sospecho, por su colocación inicial en el semáforo, no tenía inicialmente ninguna intención de meterse.
Veo entonces un cartel que no podía ver desde donde estaba detenido antes que me indica la dirección de la Ría, y eso me da ya alguna idea de dónde estoy. Giro siguiendo sus indicaciones, hago una rotonda, cruzo una ancha avenida y veo ya a lo lejos los familiares edificios de la plaza a la que me dirijo, y reconozco las calles por las que suelo llegar cuando voy otras veces.
La calle es ancha, dos carriles en cada sentido. Llego a un cruce, me encuentro un coche esperando en un semáforo solitario, me asombro ante las casualidades de la vida y dejo que el mío se deslice suavemente, sin acelerar, deslumbrando al otro con los focos hasta situarme a la altura del conductor, que habla por el móvil, nervioso, con la ventanilla abierta.
Cuando me reconoce parado a su lado abre los ojos como en un espasmo, y se pone blanco como una sábana, asi que me apresuro a decirle algo antes de que le dé un ataque.
- Pero hombre de dios, que sólo le preguntaba cómo se llegaba a la Plaza de la Diputación…

Vuestro, afectuosamente…

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