“He intentado en este librito fantasmal, levantar una idea fantasmal, que no les quitará a los lectores de su estado mental, del trato el uno con el otro o de las fiestas navideñas…” escribía Charles Dickens en diciembre de 1843 como preámbulo a su A Christmas Carol, a veces traducido como Cuento de Navidad y otras como Canción de Navidad al castellano.
Tengo que reconocer que, de un modo casi automático, todos los años por estas fechas le echo un vistazo al relato, y casi siempre acabo leyéndolo entero de nuevo, a pesar de que la historia ha sido llevada al cine, a la televisión, al cómic e incluso reescrita tantas veces (recomiendo la versión “políticamente correcta” de James Finn Garner) que dudo que haya nadie, aún entre aquellos que en su vida hayan oído hablar de un tal Charles Dickens, que no la conozcan. La historia de los tres espíritus, precedidos del espectro de su socio, que se le aparecen al viejo Scrooge y acaban por hacerle recapacitar acerca de su vida miserable se ha incorporado, como tantas otras, al imaginario popular de la cultura occidental, y probablemente también al de unas cuantas buenas antiguas culturas ajenas debidamente colonizadas. ¿Por qué? No tengo ni idea en el caso de los demás habitantes del planeta, pero sí puedo, humildemente, intentar desentrañar por qué yo mismo vuelvo, cada Navidad, a perderme gustoso en los avatares de Scrooge.
Para empezar, creo que en buena medida lo hago como pequeña revancha, ya que el texto es al fin y al cabo un buen ejemplo de literatura fantástica. No creo que pueda definirse como una historia aterradora -aunque algunas de las imágenes que evoca sin duda pudieron poner los pelos de punta a algún lector de su tiempo- pero desde luego el elemento fantástico es fundamental, con aparecidos pululando por casas oscuras y silenciosas, espíritus llevándose al pobre Scrooge entre vientos helados para atisbar por las ventanas las vidas de otros seres más felices, visiones de los tiempos pasados y futuros…
De modo que tal vez sea éste detalle -el hecho de que el elemento fantástico sea predominante y natural en una de las obras literarias más conocidas de todos los tiempos, creada por la mano de uno de los grandes autores de la literatura universal- lo que provoca en mí una sonrisa de satisfacción. Satisfacción retorcida y espíritu vengativo hacia esa corriente de pensamiento realista, tan despectiva con el fantástico, que ha dominado y domina hoy todavía a la literatura española, y que la ha convertido en un banco de tres patas. Y así, mientras en nuestro país crítica y entendidos contemplan con desprecio o como un “ejercicio menor” cualquier intento de aproximación al fantástico por parte de autores pasados o presentes, la literatura de nuestros vecinos, y sobre todo la anglosajona, sigue recurriendo a su rica tradición fantástica en busca de ideas y argumentos con los que construir nuevas obras, y también adaptando a otros medios las antiguas basadas en sus cuentos y leyendas.
Sospecho que ésta es, más allá de problemas industriales, de marketing o de potencia cultural aplicada a los medios, una de las razones por las que su cultura se impone a nivel de masas sin grandes problemas en países en los que la cultura popular no encuentra reflejadas esas mismas raíces fantásticas o míticas –que posee, pero que sus directores y escritores ignoran sistemáticamente con cierto desdén- alejando a la gente de sus obras. Y si esto ha venido ocurriendo sistemáticamente en la literatura, el fenómeno es ya imparable y mayoritario cuando acudimos al cine, a la televisión, al cómic o a la cada vez más poderosa y sorprendente Red de Redes. Dicho lo cual, y si tenemos en cuenta que los gustos adquiridos en la infancia suelen acompañarnos durante toda nuestra vida, y que es mucho más lógico que a un niño le resulten más interesantes las aventuras de Merlín el Mago o Peter Pan que los avatares marujiles de una película de Almodovar, a nadie debería extrañarle que ese público, una vez adulto, rechace el hiperrealismo mal contado de nuestra literatura y nuestro cine “de calidad” -que aburre a las piedras- y busque en estanterías y salas, bajo nombres extranjeros, lo que su propia tradición cultural es incapaz de ofrecerle al haber sido mutilada a hace siglos por sus propios intelectuales (la otra opción es entregarse en cuerpo y alma a las viviencias de Chonis y Churris en Aída y a algunas, pocas excepciones interesantes de nuestro cine costumbrista de toda la vida).
Y esto, que me viene a la cabeza el resto del año cada vez que leo la Iliada o Hamlet, me lo recuerda en Navidad el cuento de Dickens.
En segundo lugar, hay en la novelita de Dickens un montón de complejidades sociales, históricas y hasta climatológicas detrás de la historia que resultan sumamente interesantes, y que han acabado por colarse en nuestra memoria y nuestros gustos sin que nunca hayan sido debidamente explicadas. Por ejemplo, la imagen de unas Navidades Blancas, de frío extremo, que a pesar de ser reiteradamente mostradas en cine y televisión como una realidad universal e indiscutible, pocas veces tiene que ver con la realidad. Son una convención estética que en buena medida debemos a Dickens y a las representaciones y adaptaciones visuales de su relato que nos han acompañado desde entonces puntualmente en estas fechas.
La explicación es sencilla. Dickens firma su prefacio en 1843, durante los últimos coletazos de lo que los meteorólogos llaman la Pequeña Edad Glaciar, un paréntesis de temperaturas extremadamente bajas que se inició en 1350 y duró hasta finales del siglo XIX. Esta perturbación climática probablemente acabó -por ejemplo- con las colonias escandinavas de Groenlandia, y tuvo algunos otros efectos importantes en la historia. Lo cierto es que modificó las costumbres y hábitos de poblaciones enteras -para los londinenses era habitual en los siglos XVI y XVII patinar en el Támesis helado- e hizo de los inviernos un trago verdaderamente crudo para los habitantes de la europa occidental de entonces.
De modo que el frío descrito en la obra:
“Más niebla aún y más frío. Frío agudo, penetrante, mordiente. Sí el buen San Dunstan hubiera sólo rasguñado la nariz del espíritu maligno con un tiempo como aquél, en vez de usar sus armas habituales, en verdad que el diablo habría rugido.”
Junto con la niebla helada, la nieve y el cielo oscurecido por las nubes que sumen a Londres en la penumbra, el frío no es sólo un efecto de ambientación recurrente a lo largo del relato, sino que es al mismo tiempo la plasmación de una realidad diaria que intenta comunicar algunas cosas que, para nosotros, habitantes de la cultura de la electricidad y la calefacción central, han perdido su significado: la reconfortante sensación del fuego del hogar, la relación casi mágica entre luz y calor. Hay muchas otras imágenes de increíble fuerza en el relato, como las pesadas cadenas arrastradas por el espectro de Marley, las calles iluminadas por farolas de gas, los hogares de carbón y sus ascuas entrevistas a través de las rejillas de hierro, las chimeneas lanzando su hollín a los cielos de Londres… Uno tiene la sensación de que, con esta historia, Dickens enlaza de alguna manera la literatura gótica con nuevas imágenes y tópicos, los de la avalancha cultural de la Era Victoriana, que nos ha dejado marcados con su herencia, y cuyos iconos forman parte, desde entonces, de nuestras propias vidas.
Hay, sin embargo, una tercera razón por la que considero especial la historia de Dickens. Es la razón más poderosa de todas, y probablemente también la más personal.
Tengo un amigo que afirma categóricamente que prefiere, con mucho, al Ebenezer Scrooge del principio del relato - el Ebenizer insensible para el que todo son patrañas y paparruchas - que al llorica quejumbroso que acompaña a los espíritus en su difícil periplo.
En cierto modo le entiendo porque a mí me pasa lo mismo. Uno de mis personajes favoritos del cine de los últimos años es el Eduardo I de “Braveheart”, un auténtico cabrón que no cree necesario tener que pedir perdón por su hijoputez intrínseca, y que acaba haciéndosele a uno simpático… siempre y cuando se le contemple en una pantalla, desde una cómoda butaca y a ocho siglos de distancia.
Por desgracia no todo el mundo tiene la misma suerte, y es fácil confratenirzar con los cabrones cuando se los tiene lejos y convenientemente limitados a la literatura o al cine que disfrutamos en nuestro ocio. Supongo que debe ser muy distinto cuando no has tenido suerte y no has nacido en el siglo XX y formas parte de ese restringido 15% de habitantes del planeta que tiene una vida relativamente decente. Incluso aunque trabajes para una moderna y renovada versión de Scrooge, las condiciones habrán cambiado ligeramente desde el siglo XIX (insisto: siempre y cuando seas uno de los afortunados por nacimiento y no parte del 80% restante que aún siguen en las minas del Imperio Romano…).
Hay quien opina que todo esto no es más que sentimentalismo, y que Dickens es precisamente uno de sus representantes más significativos, con sus intentos de conmover al lector y hacerle sentirse más humano “en lugar de hacer sencillamente literatura” (me pregunto, entonces, en qué coño consiste la literatura) como afirmaban Henry James o Virginia Wolf. Con el progresivo endurecimiento del modelo de pensamiento social en occidente (pues, a diferencia de los viejos victorianos, cada vez somos más blandos, cobardes, egositas y mindundis en nuestros actos, mientras nos imaginamos a nosotros mismos férreos, duros e inconmovibles en nuestros pensamientos), mucha gente ha llegado a señalar a Dickens como el representante de una cierta ñoñería social, un ideólogo ingenuo e incapaz de asimilar y aceptar que la vida es como es, que cada uno se labra su destino, que siempre hay oportunidades y la gente no sabe aprovecharlas, etc, etc. De hecho, nos hallamos al fin y al cabo en plena era de los tiburones del darwinismo social, fielmente representado por el Fraser Institute, una entidad ideológica con sede en Canadá y en los Estados Unidos que considera que el trabajo infantil en el tercer mundo es una cosa estupenda (al fin y al cabo es lo único que tienen para ofrecer, dice su director), que las ayudas sociales son un impedimento para el progreso de los más aptos y que ayudar a los demás cuando tienen dificultades no hace más que empeorar el curso natural de la evolución de las sociedades.
Quienes sostienen estas ideas a menudo olvidan –o dejan discretamente a un lado, más bien, porque no son gente precisamente olvidadiza- que han disfrutado de ciertas ventajas en las posiciones de salida de la carrera de la vida sin las cuales tal vez no tuvieran las ideas tan claras o fueran tan radicales en sus afirmaciones. De hecho, algo me dice que si los patrocinadores del Frasier Institute, se hubieran encontrado entre los revolucionarios rusos de 1917, hambrientos y a veinte grados bajo cero en las calles de San Petersburgo, no sólo hubieran asaltado los primeros el Palacio de Invierno, sino que se habrían comido vivos a los guardias con bayoneta y todo.
Puede que Dickens sea ñoño, no lo sé. Puede que se ganara a pulso el derecho a serlo en aquella fabrica de betún para calzado en la que ingresó siendo un niño, trabajando doce horas diarias por un miserable salario de seis chelines semanales mientras el resto de su familia vivía en la cárcel de Marshalea, donde su padre cumplía condena por impago de deudas. Y puede que se ganara el derecho a contarlo como le viniera en gana siendo un niño sin escolarizar que tuvo que adquirir su cultura -después de esas jornadas de trabajo maratonianas- en un mundo en el que una novela costaba el salario mensual completo de un trabajador de clase media y en el que casi no había bibliotecas. No esta nada mal para alguien a quien Chesterton calificó como “uno de los más grandes, si no el que más, en el dominio de la lengua inglesa”. Hay por ahí mucha gente implacable que, a pesar de sus muchas ventajas de partida, no se han acercado ni de lejos a la altura de Dickens.
Sea como fuere, a mí me basta. Leo las vivencias de Scrooge y su noche aterradora y veo en ellas, como en casi toda la obra de Dickens, pero de un modo concentrado y claro, a dónde nos pueden llevar ciertas corrientes si nos dejamos convencer, y qué cosas deberíamos apreciar y conservar a pesar de los reiterados intentos de los sucesores de Scrooge de enfriar nuestras almas hasta congelarlas. Como afirma el segundo espíritu:
“En esta tierra tuya hay algunos”, replicó el espíritu; “que pretenden conocernos y que cometen sus actos de pasión, orgullo, mala voluntad, odio, envidia, beatería y egoísmo en nuestro nombre; pero son tan ajenos a nosotros y nuestro género como si nunca hubieran vivido.”
Porque el texto está lleno de frases memorables, premonitorias, aplicables de un modo casi increíble a nuestro propio tiempo y que son en realidad, un rosario de advertencias a las que no deberíamos ser sordos ni ciegos por nuestra propia conveniencia. Como -por ejemplo- que si nuestros hijos no están en las minas o en las fábricas por un salario de miseria no es porque no haya quien desearía que las cosas volvieran a ser así, como de hecho son en la mayor parte del planeta para nuestra eterna vergüenza; o que, si tenemos calefacción, sanidad, agua caliente y un poco de comodidad es sólo porque nuestros abuelos fueron capaces de arrancarla con sangre de las manos de los de siempre, que siguen ahí, pendientes de la más minima oportunidad de arrebatarnos lo poco que tenemos, enfermos de un ansia insaciable; y que los amigos, la gente que nos quiere, el trato de los seres humanos con otros seres humanos no debería ser sustituido, ni postpuesto, ni relegado a un segundo plano como si careciera de importancia, porque ese calor y esos recuerdos son lo único de valor que nos llevaremos de este mundo, si es que hemos de llevarnos algo, cuando llegue la hora.
Pero hay un párrafo, sobre todo, que literalmente me apabulla cada Navidad, cuando releo el cuento.
- “Espíritu”, dijo Scrooge con un interés que nunca antes había sentido, “dime si Tiny Tim vivirá.”
- “Veo un sitio vacante”, contestó el fantasma, “en ese pobre rincón de la chimenea, y una muleta sin dueño amorosamente conservada. Si esas sombras permanecen sin cambios en el futuro, el niño morirá”.
- “No, no”, dijo Scrooge. “¡Oh, no, amable espíritu! Dime que se salvará!”.
- “Si esas sombras permanecen inalteradas por el futuro, ningún otro de mi especie”, replicó el fantasma, “le encontrara aquí. ¿Y qué más da? Si se tiene que morir, lo mejor es que así lo haga y disminuya el exceso de población”.
Scrooge hundió su cabeza al oír al espíritu citar sus propias palabras, y se sintió brumado por el arrepentimiento y la pena.
“Hombre”, dijo el fantasma, “si tienes corazón humano, no de piedra dura, olvida esa malvada jerga hasta que hayas descubierto qué es el exceso y dónde está el exceso. ¿Quién eres tú para decidir qué hombres deben morir y qué hombres deben vivir? Es posible que a los ojos del cielo tú seas menos valioso y menos merecedor de vivir que millones, como el hijo de ese pobre hombre. ¡Oh Dios, tener que escuchar al insecto en la hoja disertando sobre lo demasiado que viven sus hambrientos hermanos en el suelo!”
Cada vez que oigo a un hombre poderoso –un Botín, un Bush, un gobernador de algún importante Banco Central o algún consejero de alguna autonomía- hablar de flexibilizar las condiciones laborales, de condicionar y cortar ayudas, de “mantener los valores”, de abaratar los despidos, de privatizar para “mejorar la gestión”… ése párrafo vuelve a mi cabeza, y la imagen del insecto en la hoja se convierte en una visión tan clara, tan capaz de definir la situacióna la perfección, que tengo que llegar forzosamente a la conclusión de que ninguna de esas importantísimas y formadísimas personas ha tenido nunca libre la apenas media hora necesaria para leer y recordar la novelita de Dickens.
Recomiendo encarecidamente a todo el mundo que no cometa el mismo error, y que deje, en palabras de su autor, “…qué el relato frecuente sus casas con alegría y que nadie lo exorcice…”
Feliz Solsticio.
Vuestro, afectuosamente.
Postdata: escribí este texto, con algunos cambios, hace tres años. En su momento no fui capaz de terminarlo antes de la fecha correcta, es decir, para subirlo en Navidad.
El año pasado Rudy se me adelantó con una entrada sobre Scrooge, y puesto que inevitablemente compartimos lectores de blog, consideré que era demasiado Dickens para un solo año, y que tendría que esperar.
Curiosamente, los acontecimientos han puesto en su lugar, de nuevo, a la obra de Dickens.
Por una parte, nuestros políticos nos han hecho volver a ella con la estupenda propuesta de las 65 horas semanales, idea magistral con la que los encantadores ministros de trabajo de la Unión Europea intentaban llevarnos de nuevo al siglo XIX y poner a la chusma trabajadora que les paga el sueldo donde de verdad les corresponde, es decir, en la piel del Cratchit de Canción de Navidad, que apenas se atreve a pedir a su jefe que le deje libre el día 25 de diciembre, y que calienta sus dedos helados en la llama de la vela a cuya luz trabaja sin atreverse a levantar la cabeza de sus cuentas.
Por otra, Scrooge se ha asomado de nuevo a nuestras vidas con la recurrente crisis que ha hecho que nuestros banqueros se conviertan en pedigueños a cargo del estado, y que de pronto ha llenado la boca de empresarios y representantes de la patronal de palabras hasta hace poco malditas como “intervención del estado”, “subvención”, “vivienda protegida” y “crecimiento del sector público”, olvidando lo mucho que simpatizaban hasta agosto de este año con las ideas del Fraser Institute y el intervencionismo cero que hasta entonces defendían. Y he de decir al respecto que estos últimos meses, pensando en la cuestión, yo también he echado mucho, muchísimo de menos al Ebenizer Scrooge del principio del cuento, el Scrooge implacable, frio, individualista y defensor a ultranza de que cada uno se las arregle como pueda, y con él a todos esos viejos capitalistas manchesterianos, viejos bribones avaros, partidarios del darwinismo social y económico que, ahora (supongo), se irían, en coherencia con sus sólidos principios, en silencio y con dignidad, a morirse de hambre en una esquina.
Sí, añoro al Viejo Scrooge. Veo a todos estos Príncipes del Morro que se han llenado los bolsillos durante las últimas décadas lloriqueando por las esquinas y pidiendo un plan de rescate para los usuarios de jets privados y siento literalmente ganas de vomitar. Escucho a los banqueros que se están metiendo en el bolsillo los miles de millones de ayudas públicas después de décadas de crecimiento escandaloso de los beneficios mientras exigen además que no se sepa a quién y cuanto dinero se le entrega y me apetece empezar a mezclar glicerina y lejía en mi viejo Quimicefa. Siempre me habían parecido sanguijuelas despreciables, pero en comparación con ellos la de Dickens era una sanguijuela despreciable con cierta dignidad, y la transformación posterior tenía al menos una cierta justificiación moral y estética.
La realidad, una vez más, ha superado a la literatura. Y eso que se trataba de un cuento de fantasmas…